Todo empezó en Shangai, o el súper gigante inesperado

En 1996, a iniciativa de Pekín, quedó constituido un discreto grupo integrado por cinco países eurasiáticos: Rusia, China, Kazajistán, Kirguistán y Tayikistán. Este “club de los cinco”, como se lo llamó entonces con cierta condescendencia parecía no tener otra función que la de lograr un espacio común de cooperación mutua y de negociación con potencias occidentales.

<p>A mediados de los a&ntilde;os 90 el panorama global estaba marcado por la presencia avasallante de Estados Unidos como &uacute;nica superpotencia: la Uni&oacute;n Sovi&eacute;tica hab&iacute;a implotado. La larga guerra fr&iacute;a concluy&oacute; a comienzos de esa d&eacute;cada con la victoria total de Occidente. <br />
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Rusia &ldquo;gobernada&rdquo; por Yeltsin mostraba una econom&iacute;a que no dejaba de desmoronarse, lo mismo ocurr&iacute;a en las ex rep&uacute;blicas sovi&eacute;ticas de Asia y en los ex pa&iacute;ses socialistas de la Europa del este. La desintegraci&oacute;n de la URSS anunciaba una probable desintegraci&oacute;n rusa; Checoslovaquia se divid&iacute;a en dos; y la unidad yugoslava hab&iacute;a sido triturada por una guerra &eacute;tnica interminable. <br />
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China sobreviv&iacute;a a los disturbios de 1989 cuyo centro medi&aacute;tico hab&iacute;a sido la Plaza Tienanmen, en Pek&iacute;n, protagonizados por estudiantes, pero que en otras ciudades como Shangai hab&iacute;a tenido bases populares m&aacute;s profundas. Pese al r&aacute;pido crecimiento de su econom&iacute;a, numerosos analistas vaticinaban nuevas turbulencias en un futuro no demasiado lejano a lo que algunos sol&iacute;an agregar escenarios de implosi&oacute;n a la sovi&eacute;tica. <br />
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La hegemon&iacute;a mundial de Estados Unidos se extend&iacute;a y consolidaba, la utop&iacute;a de un siglo 21 marcado por la victoria imperial estadounidense comenzaba a ganar espacio en los c&iacute;rculos de poder de la superpotencia. Todos estos acontecimientos aparec&iacute;an recubiertos por un manto ideol&oacute;gico novedoso: el neoliberalismo. <br />
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Sus pretensiones eran desmesuradas: combinar la cultura del capitalismo liberal del siglo 19 con ret&oacute;ricas hipermodernas centradas en la virtualidad comunicacional y desde all&iacute; pasarle por encima, como una suerte de aplanadora global, a todas las experiencias keynesianas, socialistas, nacionalistas, desarrollistas del siglo 20. <br />
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Fue en ese per&iacute;odo, en 1996, cuando a iniciativa de Pek&iacute;n qued&oacute; constituido un discreto grupo integrado por cinco pa&iacute;ses eurasi&aacute;ticos: Rusia, China, Kazajist&aacute;n, Kirguist&aacute;n y Tayikist&aacute;n. La diplomacia estadounidense no prest&oacute; mayor atenci&oacute;n al evento y los acontecimientos posteriores parecieron darle la raz&oacute;n a ese desinter&eacute;s. Cuando algunos a&ntilde;os despu&eacute;s la OTAN lanz&oacute; su ofensiva en Kosovo los rusos se limitaron a mostrar su disgusto al igual que los chinos, que recibieron un golpe de misil a manera de reprimenda en su embajada de Belgrado. Por su parte, los tres socios menores del grupo, se dedicaban a sobrevivir alentando inversiones occidentales y negociando implantaciones militares de Estados Unidos en sus territorios. Pero China prosegu&iacute;a su expansi&oacute;n y en Rusia conclu&iacute;a la &ldquo;<em>era Yeltsin</em>&rdquo; y se instalaba en torno de Vladimir Putin un poder fuerte basado en los restos del aparato estatal ex sovi&eacute;tico y en la naciente emergencia petrolera. <br />
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<strong>La estrategia del perfil bajo</strong><br />
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En junio de 2001 el club eurasi&aacute;tico produjo un nuevo hecho que al igual que su fundaci&oacute;n un lustro atr&aacute;s apareci&oacute; como una decisi&oacute;n a contracorriente de la evoluci&oacute;n del mundo. La reuni&oacute;n de amigos decidi&oacute; convertirse en una organizaci&oacute;n regional: la Organizaci&oacute;n de Cooperaci&oacute;n de Shangai (de paso incorpor&oacute; a un sexto miembro, Uzbekist&aacute;n). <br />
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En esos meses los gastos militares estadounidenses prosegu&iacute;an un ascenso vertiginoso iniciado a fines de la d&eacute;cada de 1990 (Kosovo) presagiando futuras demostraciones de fuerza de la superpotencia donde los discursos con acento imperial sub&iacute;an de tono. Poco tiempo despu&eacute;s, el 11 de septiembre, se produjo un punto de inflexi&oacute;n en esa marcha ascendente que precisamente se abalanz&oacute; sobre Asia (primero Afganist&aacute;n y dos a&ntilde;os m&aacute;s tarde Irak). La constituci&oacute;n formal de la Organizaci&oacute;n de Cooperaci&oacute;n de Shangai no fue un acontecimiento destacado por los medios internacionales de comunicaci&oacute;n. Sus primeros pasos aparecieron en la superficie bajo apariencia modesta y poco innovadora; los objetivos iniciales hac&iacute;an referencia a las habituales metas de &ldquo;seguridad, desarrollo y cooperaci&oacute;n&rdquo; a las que agregaban la &ldquo;lucha contra el terrorismo&rdquo;, con lo que al parecer se sumaban a la nueva moda internacional impuesta por Washington instalando un peque&ntilde;o centro antiterrorista en Tashkent, capital de Uzbekist&aacute;n. <br />
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Tres a&ntilde;os despu&eacute;s de su fundaci&oacute;n el presupuesto anual total del organismo era de apenas US$ 3,5 millones: 2,1 millones consagrados al secretariado (treinta personas) y 1,3 millones para al funcionamiento del <em>centro antiterrorista</em>. China y Rusia cubr&iacute;an cada una un cuarto del gasto, el resto se repart&iacute;a entre los otros cuatro socios menores. Pero por debajo de esa peque&ntilde;a estructura se multiplicaban las relaciones pol&iacute;ticas, comerciales&hellip; y militares. <br />
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Por una parte, se reconstitu&iacute;an lazos entre Rusia y las ex rep&uacute;blicas sovi&eacute;ticas de Asia central deteriorados durante los a&ntilde;os 90, pero tambi&eacute;n al interior del espacio centro-asi&aacute;tico donde en esa etapa de desintegraci&oacute;n hab&iacute;an reaparecido viejas rivalidades &eacute;tnicas. A las mismas se hab&iacute;an sumado duras disputas entre los d&eacute;spotas nacionales que, acaudillando sus aparatos, se hab&iacute;an lanzado a un feroz &ldquo;<em>s&aacute;lvese-quien-pueda</em>&rdquo; incentivado por dos fen&oacute;menos nuevos: la intrusi&oacute;n creciente de Estados Unidos y la emergencia de la rebeli&oacute;n isl&aacute;mica. <br />
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Por otro lado, se multiplicaron los negocios con China, megapolo econ&oacute;mico regional en vertiginosa expansi&oacute;n sediento de recursos energ&eacute;ticos que pa&iacute;ses como Kazajist&aacute;n disponen en abundancia y sobre todo Rusia. La que adem&aacute;s mantiene con Pek&iacute;n fuertes lazos en materia de equipamiento militar (Rusia es el segundo exportador global de armas y los chinos absorben actualmente 70% de dichas exportaciones). Chinos y rusos fueron convergiendo arrastrando al juego a otros pa&iacute;ses de la regi&oacute;n. <br />
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China contagi&oacute; a Pakist&aacute;n, donde financia su obra portuaria clave; el puerto de Gwadar situado a s&oacute;lo 74 kil&oacute;metros de Ir&aacute;n, en la desembocadura del Golfo P&eacute;rsico, por donde pasa hoy cerca de 40% del tr&aacute;fico petrolero mundial. El emprendimiento no s&oacute;lo otorga a Pakist&aacute;n un papel decisivo en ese comercio y a China una decisiva boca de ingreso de recursos energ&eacute;ticos, adem&aacute;s reconstituye toda la econom&iacute;a del espacio de influencia del puerto: el oeste pakistan&iacute; (Beluchist&aacute;n), Afganist&aacute;n y otros pa&iacute;ses centroasi&aacute;ticos que podr&aacute;n a trav&eacute;s de una red de rutas y v&iacute;as f&eacute;rreas disponer de un puerto pr&oacute;ximo. Por otra parte, los chinos brindan apoyos significativos al desarrollo nuclear y misil&iacute;stico de Pakist&aacute;n. <br />
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India, que asiste como observadora (a trav&eacute;s de su ministro de petr&oacute;leo y gas), est&aacute; cada vez m&aacute;s atra&iacute;da por el espacio en formaci&oacute;n, no s&oacute;lo empujada por sus tradicionales v&iacute;nculos con Rusia, sino tambi&eacute;n por sus renovados y crecientes lazos con China y la posibilidad de desarrollar con &eacute;xito una estrategia de suministros energ&eacute;ticos seguros.<br />
En fin, Ir&aacute;n que proyecta ingresar cuanto antes como miembro pleno de la organizaci&oacute;n, a lo largo del &uacute;ltimo lustro intensific&oacute; sus relaciones pol&iacute;ticas y econ&oacute;micas con Rusia y China hasta conformar con ambas potencias una suerte de tri&aacute;ngulo estrat&eacute;gico que le ha permitido contrarrestar las presiones occidentales.<br />
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Lo notable del caso es que ese gigantesco entramado econ&oacute;mico, pol&iacute;tico y militar se ha podido desarrollar muy r&aacute;pido y de manera discreta, alejado del despliegue medi&aacute;tico habitual en estos casos. Los primeros cinco a&ntilde;os de desarrollo informal (1996-2001) pasaron casi desapercibidos y el segundo tramo (2001-2006) cobijado por una estructura institucional modesta s&oacute;lo empez&oacute; a inquietar a Estados Unidos hacia el final del mismo cuando la red ya era lo suficientemente fuerte como para soportar con &eacute;xito presiones adversas. La diplomacia china, principal animadora del proceso de integraci&oacute;n, marc&oacute; con su sello todo el operativo imponiendo el estilo del bajo perfil con trabajo intenso y poco ruido.</p>
<p>Por Jorge Beinstein</p>

<strong>Demostraciones de poder</strong><br />
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En este nuevo contexto, la época del perfil bajo está comenzando a quedar atrás, tres hechos significativos parecen demostrarlo. <br />
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Primero: la reciente realización de maniobras militares conjuntas de rusos y chinos en un clima de multiplicación acelerada de negocios comunes y acuerdos de todo tipo. Mientras tanto Rusia va ganado posiciones perdidas; Uzbekistan conducida con mano de hierro por Islam Karimov se va alejando de la tutela estadounidense y ahora recompone la vieja relación con la <em>madre Rusia</em> (y promueve inversiones chinas). En Bielorusia se ha afirmado el gobierno pro ruso de Alexander Lukashenko resistiendo las presiones occidentales que buscaban repetir allí la “<em>revolución naranja</em>” de Ucrania que por otra parte acaba de sufrir un duro revés político, desplazada del gobierno efectivo por una alianza pro rusa. <br />
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Segundo: el 15 de junio pasado, mientras se realizaba la reunión de la Organización de Cooperación de Shangai, Vladmir Putin anunció el apoyo financiero y técnico ruso para la construcción del gasoducto Irán-Pakistán-India. Proyecto iraní elaborado hace una década, que prevé un trayecto de 2.700 kilómetros con un costo de US$ 7 mil millones, la obra estará terminada en 2009. <br />
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A partir de entonces la India y Pakistán podrán recibir anualmente 35.000 millones de metros cúbicos de gas y 70.000 millones en 2015 (la empresa rusa Gazprom se ocupó del proyecto). De ese modo, la India recibirá gas iraní barato lo que a los precios actuales le permitirá ahorrar US$ 300 millones anuales. Pakistán, que será importador neto de gas hacia 2010, no sólo recibirá gas para su consumo sino que también recibirá unos US$ 600 millones por el tránsito del producto. La etapa siguiente (fue anunciada en Shangai) será la prolongación del gasoducto hasta la provincia china de Yunnan. <br />
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Según Igor Tomberg, miembro de la Academia de Ciencias de la Federación Rusa, este apoyo a Irán es en realidad una jugada maestra de Rusia porque al orientar a los iraníes hacia el este le deja libre a Rusia el abastecimiento del rico mercado europeo. Pero ese reparto de mercados (Europa para Rusia y parte de Asia para Irán) podría ser pensado también como un hábil movimiento de los iraníes, quienes mientras se aseguran demandas en rápida expansión (China e India) y anudan lazos con Pakistán (que todavía es un país amigo de Washington), reducen su dependencia comercial respecto de Europa y en consecuencia la importancia de sus presiones políticas muchas veces en consonancia con la Casa Blanca.<br />
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Más allá de estas especulaciones lo cierto es que la alianza ruso-iraní representa cerca de 50% de las reservas de gas del planeta lo que unido a su peso en el mercado petrolero pone en escena un poder económico formidable. <br />
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Tampoco debemos olvidar que Irán decidió constituir una bolsa de petróleo en Teheran (que no funcionaría exclusivamente en dólares) rompiendo así con la hegemonía de las bolsas petroleras (en dólares) de Londres y Nueva York. Poco después Putin anunció una medida convergente con la de su socio: la venta de petróleo ruso en rublos.<br />
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Tercero: el último encuentro de Shangai, rompió con el estilo del bajo perfil mantenido hasta ahora. La reunión estuvo dominada por los actos mediáticos, tal vez el más importante y provocativo de ellos fue el rol del presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad convertido en el “invitado estrella”; habló por la televisión china y multiplicó sus contactos con la prensa internacional. <br />
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El cónclave de la Organización de Cooperación de Shangai además de reunir a sus miembros permanentes contó con la participación de varios invitados; además de Irán, se hicieron presentes India, Mongolia, Pakistán… y Afganistán. Esex a vez la diplomacia estadounidense reaccionó y lo hizo con el estilo propio de los halcones de Washington: Condoleezza Rice (secretaria de Estado) tomó contacto telefónico con su par chino para manifestarle su desagrado ante la presencia del gobierno de Irán al que Washington considera “terrorista”, y Donald Rumsfeld (secretario de Defensa) hizo declaraciones públicas en el mismo sentido. Pero el golpe de furia estadounidense pegó en el vacío, después de todo ellos protestaban por la participación de Irán en una reunión a la que la Casa Blanca no había sido invitada. <br />
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Emerge así con bombos y platillos un acuerdo regional que representa un tercio del Producto Bruto Mundial, países líderes en la producción energética y enormes fuerzas militares (y nucleares). El Diario del Pueblo de Pekín señalaba al respecto que “<em>la presencia de tantos dignatarios de Eurasia simboliza que casi la mitad de la población mundial se ha venido a unir bajo la bandera del espíritu de Shanghai</em>”. Rusia, Irán y los cuatro países centroasiáticos representan una oferta energética decisiva (los enormes recursos de petróleo y gas de Irán y Rusia, los potenciales hidroeléctricos de Tayikistán y Kirguizistán, petroleros de Kazajistán, etc.). Distintos medios de comunicación rusos e iraníes han comenzado a hablar de la constitución de hecho de una “nueva OPEP de la energía” que conjugando sus fuentes de petróleo, gas e hidroelectricidad estarían, desde Eurasia, produciendo un cambio radical del panorama energético global. <br />
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<strong>¿Superpotencia colectiva? </strong><br />
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Numerosos expertos señalan que el último encuentro de Shangai constituye un paso decisivo en la constitución de una suerte de superpotencia colectiva eurasiática que comenzaría a disputarle (con altas probabilidades de éxito) el liderazgo global a Estados Unidos.<br />
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El mundo estaría pasando así de la breve era de la unipolaridad estadounidense a la de una nueva bipolaridad. El pronóstico de una superpotencia china se vería así ampliado a la dimensión de Eurasia. Es cierto que estas evaluaciones trasladan mecánicamente al siglo 21 la realidad del siglo 20: la vieja guerra fría sería remplazada por otra tal vez un poco más caliente y embrollada.<br />
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Sin embargo, un análisis más realista cubre con un pesado manto de dudas dicha prognosis. En primer lugar porque Estados Unidos ya no es más una potencia emergente como lo fue durante las primeras décadas del siglo pasado; hoy constituye una nación todavía muy importante pero con claros indicios de declinación como lo era Inglaterra en aquella época. En segundo lugar porque la “Eurasia ascendente” está conformada por países con graves contradicciones y limitantes internas, fuertes antagonismos interestatales potenciales o presentes e importantes lazos económicos con Occidente, en especial con Estados Unidos, que los podrían arrastrar hacia un futuro nada exitoso. <br />
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Rusia ha superado la caída de los años 90 gracias al boom de los precios del petróleo, pero ese auge ha deformado por completo su sistema económico haciéndolo más elitista y dependiente de los vaivenes del mercado internacional. Grandes masas de población marginadas al derrumbarse la URSS no han mejorado su situación social lo que constituye un potencial de turbulencia en expansión. A ello se agregan los conflictos étnicos (como el de Chechenia) que lejos de solucionarse se han exacerbado. <br />
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China prosigue su expansión industrial pero lo hace en torno del eje exportador y sus principales clientes son Estados Unidos y Japón (si estos se enfrían los chinos sufrirán las consecuencias). Los países de Eurasia no podrán compensar más que una parte menor de las pérdidas de ventas en esos mercados. Tal vez encuentre soluciones a su problema de abastecimiento energético (el Club de Shangai contribuye a ello) pero no podrá evitar el alza de sus costos productivos derivados del inevitable ascenso de los precios internacionales del petróleo y del gas.<br />
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Por otra parte, la agudización de la concentración de ingresos, la corrupción y las disparidades entre regiones conforman focos de turbulencias futuras que no deben ser subestimadas. Además, si bien China y Rusia son “socios” no por ello dejan de ser potenciales adversarios, los rusos interesados en hacer prevalecer su poderío a través de la oferta de gas y petróleo (y equipamiento militar) y los chinos buscando liberarse de la ruso-dependencia en esos rubros.<br />
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India está atravesada por duraderos conflictos internos (sociales, étnicos, regionales), no ha superado su viejo enfrentamiento con Pakistán y sigue dependiendo de mercados e inversiones occidentales. Pakistán y los países centroasiáticos enfrentan una creciente ola de rebeliones islámicas que seguramente crecerá en el futuro.<br />
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No es una superpotencia colectiva medianamente coherente lo que está emergiendo en Eurasia sino más bien la convergencia de autonomías y las búsquedas de alternativas comunes favorecidas por el comienzo de la decadencia de la presencia estadounidense. Y también por el temor, en numerosos casos, ante la rebelión islámica.

<strong>Raíces históricas</strong><br /> <br />A comienzos de julio de 1996 (dos semanas después del comienzo de la última reunión de Shangai) los medios de comunicación anunciaban la reapertura del puesto fronterizo de “<em>Nathu-La</em>” entre India y China en pleno Himalaya a cuatro mil metros de altura, cerrado desde 1962 tras el conflicto entre ambos países. Por ese puesto fronterizo pasaba a comienzos del siglo 20 casi 90% del intercambio comercial entre India y China. Pero ahora las viejas heridas se van cerrando rápidamente; en 2005 el comercio chino-indio creció 40% respecto del año anterior. <br /> <br />La ceremonia de reapertura tuvo rasgos solemnes, la agencia Reuters informaba que “<em>comerciantes, soldados, políticos y burócratas de los dos lados aguantaron un día gélido, lluvioso y nublado, a una impresionante altitud para conmemorar lo que los analistas consideraron un nuevo capítulo en las relaciones bilaterales. Los empresarios se alinearon en empapadas alfombras rojas, ondeando unas licencias de comercio que les permitirá cruzar el puesto fronterizo. Soldados de India y China posaron para fotos y videos bajo coloridos arcos mientras los residentes locales, muchos de ellos vestidos con trajes tradicionales, compartían pan y dulces al son de la música. ‘Hoy es un día histórico’ –dijo Pawan Chamling, ministro jefe del estado indio Sikkim– ‘un contacto que comenzó hace siglos entre dos civilizaciones se restablece hoy’. El resurgimiento comercial logró relegar las viejas disputas políticas a un segundo plano, en un proceso de acercamiento mutuo que culmina con la reapertura de la Ruta de la Seda’</em>”. <br /> <br />La ceremonia de <em>Nathu-La</em> tuvo en realidad un doble significado histórico, por una parte señaló la convergencia chino-india, las dos naciones más pobladas del planeta pero también potencias económicas emergentes enfrentadas desde hace medio siglo, azuzadas en el pasado alternativamente por soviéticos y estadounidenses pero que ahora inician un complejo proceso de integración con impactos futuros considerables a escala mundial. <br /> <br />Por otro lado, <em>Nathu-La</em> ha sido durante milenios el eslabón clave que permitía la articulación de lo que en el siglo 19 el geólogo alemán Ferdinand von Richthofen popularizó en Occidente como “<em>Die Siedenstrasse</em>” (la Ruta de la Seda). En realidad una tupida red de caminos con una rama sur que penetraba en el subcontinente indio y otra mucho más extendida que atravesaba Asia para desembocar en Estambul y desde allí prolongarse hasta el corazón de Europa. La Roma imperial se comunicaba así con el imperio chino desde donde recibía las preciadas telas de seda. En su largo recorrido la red atravesaba el valle de Fergana, en el corazón de Asia Central, su zona más fértil y más densamente poblada, conquistada en el siglo 19 por el Imperio Ruso y hoy repartida entre tres estados (Uzbekistan, Tadjikistan, y Kirghizstan) y teatro de una ola de rebeliones islamistas. En su marcha hacia el Oeste llegaba a ciudades como Kabul, Samarkanda, Teheran, Bagdad, Damasco, Alejandría para desembocar en el Mediterráneo oriental y enlazar con las rutas terrestres y marítimas de Europa central y occidental. <br /> <br />Por esta red transitaron no sólo mercaderes (algunos famosos como Marco Polo) sino guerreros como Alejando Magno, Gengis Kan y sus sucesores, pero también chinos como el legendario general Zhang Qian enviando en el año 138 aC hacia Occidente para buscar alianzas en su guerra contra los hunos. También fue escenario de grandes batallas, penetraciones religiosas budistas, islámicas, cristianas. En torno de esa red de más de 10 mil kilómetros de longitud se fue constituyendo a lo largo de más de dos milenios un complejo sistema de culturas interconectadas que incluyen extensas áreas cuyas civilizaciones se encontraban integradas pero preservando una gran heterogeneidad. El mosaico de pueblos de Asia Central o la franja islámica que llega desde China e India hasta el Mediterráneo son ejemplos de ello. <br /> <br />La Organización de Cooperación de Shangai recoge ese pasado; así lo señalan sus dirigentes lo que otorga al emprendimiento alcances superiores al solo objetivo económico, instalándolo como espina dorsal de un ambicioso operativo de reconstitución ampliada del espacio civilizatorio más importante de la historia humana. Casi nada. <br /> <br /><strong>¿Repliegue estadounidense?</strong><br /> <br />El entusiasmo eurasiático coincide con lo que se insinúa como repliegue futuro de Estados Unidos en la región. La cima de su ofensiva fue alcanzada hacia 2001-2003 cuando a la invasión de Afganistán le siguió la de Irak apuntando hacia Siria e Irán. Este despliegue visible, prolongación de la victoria en Kosovo, en el Mediterráneo oriental, se complementaba con la instalación de bases y misiones militares en Asia Central y en ex repúblicas soviéticas de la cuenca del Mar Caspio como Georgia. <br /> <br />No se trataba sólo del control de los recursos energéticos sino del dominio de Eurasia, lo que implicaba a más largo plazo la neutralización o fragmentación de Rusia y China. La maniobra maestra consistía en establecer una suerte de “<em>franja estratégica</em>” desde Pakistán hasta Yugoslavia incluyendo países ocupados con fuertes implantaciones militares estadounidenses (Afganistán, Irak y probablemente Siria e Irán), estados aliados (como Pakistán) y bases militares en varios países centroasiáticos y de la cuenca de Mar Caspio que quedarían así bajo control estadounidense (Uzbekistan, Georgia, Kirghizstan, etc.). Pero las ilusiones de los halcones de Washington se hundieron en el pantano iraquí (y en los últimos tiempos también empiezan a degradarse en Afganistán); el despliegue militar hacia Irán debió ser postergado indefinidamente. <br /> <br />Además, los desajustes económicos de Estados Unidos se fueron agravando (déficit fiscal y comercial, superdeuda pública y privada, burbuja inmobiliaria, etc.) y la guerra en lugar de ser una “<em>solución</em>” se ha convertido en una agujero negro que devora fondos y genera desprestigio y aislamiento político. <br /> <br />En consecuencia, en los dos últimos años la presencia de Estados Unidos en Eurasia y especialmente en su “<em>franja estratégica</em>” ha ido perdiendo fuerza. Coincidente con ello, grandes y medianos estados de la zona han incrementado su poder impulsados por el alza del precio del petróleo como Rusia e Irán o prolongando sus dinámicas productivas como China e India. Ante ello los países menores de la región comenzaron a tomar distancia de la superpotencia al tiempo que multiplicaban los gestos amistosos hacia China y Rusia. <strong><br /></strong>

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