Davos y el espíritu de la cuarta revolución industrial

Es la cita anual de la élite global. Mandatarios, funcionarios, empresarios y académicos de todo el mundo se juntan una vez al año en este discreto spa suizo. Para algunos es un gigantesco operativo de relaciones públicas; para ser vistos; para establecer vínculos; para mantener difíciles negociaciones.

Para otros es la oportunidad de pasar revista a la agenda del futuro, avizorar los temas que moldearán el mundo del porvenir, percibir cuáles serán las grandes corrientes de pensamiento que dominarán el escenario global durante los próximos años.

Posiblemente, en esta oportunidad al menos, Mauricio Macri se encuentre en el primer grupo: imperiosamente debe hacer que la Argentina reingrese en el siglo 21.

Pero quienes tienen la misión de fijar la agenda del encuentro tienen otras metas. No es casual que pocos días del multitudinario encuentro, apareciera un libro firmado por Klaus Schwab, fundador y directivo máximo de la organización, que lleva por nombre “The Fourth Industrial Revolution”.

El ensayo abunda y aborda temas relevantes como las nuevas tecnologías en materia de inteligencia artificial, robótica, la “Internet de las cosas”, los vehículos que se autoconducen, la impresión 3D, biotecnología, big data y algunos temas más que extienden el listado.

Precisamente, la convergencia de todas estas disciplinas –sostiene el autor- producirá la cuarta revolución industrial (la primera fue la de la producción mecánica y el transporte en el final del siglo 18; la segunda la llegada de la producción industrial en serie de la última parte del siglo 19; y la tercera, la revolución de la computación a partir de 1960).

Hay quienes dicen que lo que se proclama como “la cuarta” es una simple prolongación de la tercera. Pero Schwab no está de acuerdo: piensa que la velocidad, la escala y el alto impacto de estas tecnologías permiten hablar sin dudas de una nueva revolución. Nunca ha habido en la historia universal un momento como éste –argumenta- que es a la vez una enorme promesa y un inmenso riesgo.

Peligros como el desempleo masivo generado por la robótica, el potencial abuso de la ingeniería genética y las armas cibernéticas, sin mencionar el terremoto sobre los negocios establecidos. Hay un nuevo modelo explica: Uber no tiene un solo auto; Facebook no tiene contenidos propios; Alibaba no tiene inventario; y Airbnb no es dueña de ninguna propiedad inmueble.

Las empresas o bien abrazan la cuarta revolución, o perecen, profetiza. La innovación habrá de ser permanente. El final es esperanzador: puede resultar en un nuevo renacimiento cultural y en una verdadera civilización global, con una sociedad lista para compartir su destino.

Seguramente muchos de estos temas se filtrarán en las distintas sesiones y conferencias. Pero el centro del escenario está reservado para otras cuestiones. ¿Son reales las cifras de la economía china o están maquilladas por el gobierno? ¿Hay riesgo inminente de un colapso bursátil global? ¿Europa logrará reactivar su economía y lidiar a la vez con el inmenso problema de los refugiados? ¿Seguirá al alza el valor del dólar en el mundo y qué incidencia tendrá sobre el aumento en las tasas de interés estadounidenses? ¿Hay modo de combatir el terrorismo y el fundamentalismo religioso? ¿Pasó la hora de los países emergentes? ¿Se puede detener el avance internacional del narcotráfico?

Como se advierte, muchas distracciones como para abordar con seriedad la agenda propuesta por Schwab.

 

 

 

 

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