¿El dióxido de carbono no era malo?
Sí, si está en el aire. Pero también le pone burbujas a la cerveza o a la Coca.

Con todo el dióxido de carbono que parece haber en exceso en la atmósfera, suena raro que no haya suficiente para la fabricación de cerveza.
En Inglaterra los pubs se están quedando sin cerveza, un problema que afecta también la producción de gaseosas en toda Europa. Esto se debe al cierre de plantas de amoníaco en Europa que contribuyó a la falta del CO2 necesario para poner burbujitas en la cerveza. En un mundo que se está recalentando por demasiado CO2, es raro que escasee ese gas de invernadero. Y sin embargo, la forma en que funcionan las industrias para usar ese gas crea cuellos de botella en la cadena de suministro.
Es la cuarta vez que falta este insumo en los últimos 10 años y, según afirman los expertos, esta es la peor de todas. Si no se solucionan los problemas de fondo, va a volver a ocurrir.
Si dejamos de lado el cambio climático, el dióxido de carbono es muy útil. Es lo que le da las burbujas a la Coca-Cola y es lo que hace que las tortas se eleven. Es ideal para usar en alimentos y bebidas porque no tiene ni color ni sabor. Es, también, lo que transforma un sólido en un gas sin pasar por el estado líquido. Eso lo convierte en un excelente refrigerante porque no deja rastros.
Todas esas aplicaciones, y muchas más, consumen anualmente en Europa unos 20 millones de toneladas métricas de gas. Tiene más usos. La aplicación que más consume es un proceso llamado recuperación mejorada de petróleo. Los yacimientos petrolíferos están formados por una roca que se parece a una esponja. Después de sacar el mineral que está más fácil, las compañías deben inyectar fluídos para extraer más petróleo. Primero comienzan con vapor, pero el petróleo y el agua no se mezclan. Entonces después usan dióxido de carbono líquido, que puede disolver el petróleo yu extraer más de la reserva.
Solamente en Estados Unidos las empresas usan por año 70 millones de toneladas métricas de CO2 en los pozos. Lo lamentable de todo esto es que sólo 25% de esa cantidad proviene de fuentes humanas. El resto se obtiene de yacimientos de dióxido de carbono, que existen bajo la tierra, igual que los yacimientos de gas natural.
Como lo que ocurre con la cerveza, suena extraño que las compañías petroleras, cuyos productos liberan una enorme cantidad de dióxido de carbono, extraigan ese gas para sacar más petróleo. Pero así están las cosas, porque todavía no es económicamente conveniente captar dióxido de carbono del aire, donde existe en tanta cantidad.
¿Por qué no se puede? La respuesta está en la física. La composición química del aire contiene aproximadamente 0,04% de CO2. Tratar de sacarlo del aire es como pescar una piedra roja en una pecera con 2.500 piedras que no son rojas. Es posible hacerlo, pero hay que imaginar la energía que hace falta para intentarlo millones de veces.
En la actualidad, el costo de capturar CO2 del aire está entre US$100 y US$600 por tonelada métrica. Gran parte de lo que se vende en el mercado sale a US$200 por tonelada métrica. Hasta ahora, ninguna de las tecnologías que prometen captarlo a ese precio pueden operar en forma confiable. Por eso, gran parte del CO2 en el mercado comercial es extraído de un yacimiento o capturado de fábricas que producen amoníaco o etanol. Las reacciones químicas que se producen para hacer esos químicos también crean dióxido de carbono puro como subproducto.
Todo esto podría cambiar gracias al creciente movimiento de emprendedores "carbontech" que están trabajando en dos problemas: bajar el costo de capturar y crear nuevos mercados para utilizar el CO2
Pero hasta que eso ocurra, el cuello de botella de la falta de CO2 se va a mantener como está. Las plantas de amoníaco, por ejemplo, generalmente funcionan de agosto a marzo, cuando la demanda de fertilizantes es alta. Luego se cierran por mantenimiento. Ese mantenimiento concide con el verano europeo, cuando también sube la producción de gaseosas y bebidas carbonatadas, como la cerveza. Comparado con el amoníaco o el etanol el dióxido de carbono es un producto barato. Entonces hay poco incentivo para que las fábricas funcionen si la demanda de sus productos principales no es alta. Este año, la ola de calor y la Copa Mundial de fútbol agregó más demanda para esas bebidas y los cierres combinados de las plantas de amoníaco y etanol, algunos no programados, contribuyeron a que no hubiera suficiente cerveza.
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