En 2025, el consumo per cápita de carne porcina alcanzó los 17,92 kilos por habitante, lo que representó un crecimiento interanual del 7,7% respecto de 2024. El dato se conoció en Buenos Aires en enero de 2026, en un contexto en el que la carne de cerdo ganó presencia en la mesa local.
La suba del consumo se apoyó en un récord de producción nacional. Durante los primeros meses del año se registraron niveles históricos de faena y elaboración, con más de 5,5 millones de cerdos faenados y una producción cercana a las 526 mil toneladas de carne porcina. En conjunto, los indicadores describieron una expansión sostenida del sector porcino.
El mayor protagonismo del cerdo también se vinculó con sus atributos nutricionales. Se lo caracterizó como una proteína de alto valor biológico, con una composición equilibrada de aminoácidos esenciales y de fácil digestión, asociada al mantenimiento de la masa muscular y la recuperación física.
“Gracias a las mejoras en la alimentación y en los sistemas de cría, en las últimas décadas se logró reducir cerca de un 30 % el contenido graso”, dijo Guillermo Racca, médico veterinario y gerente técnico del área de Porcicultura de MSD Salud Animal. El directivo agregó que más de la mitad de sus grasas son insaturadas, principalmente omega 9.
En la misma línea, Racca señaló: “La carne de cerdo aporta también vitaminas del complejo B —con especial presencia de tiamina (B1)— y minerales como hierro, zinc, fósforo y selenio”. También indicó que presenta niveles de colesterol similares, e incluso en algunos casos inferiores, a los de otras carnes de consumo habitual.
Otro factor asociado al crecimiento del consumo fue la versatilidad culinaria. La variedad de cortes disponibles incluyó opciones magras como lomo, carré o solomillo, además de preparaciones tradicionales, con posibilidades de cocción que van desde platos rápidos hasta recetas al horno o a la parrilla.
La sanidad y el bienestar animal aparecieron como un componente del proceso productivo. Se mencionaron programas sanitarios integrales, monitoreo permanente e incorporación de innovación en medicina veterinaria, con foco en eficiencia productiva y calidad de los alimentos que llegan al consumidor.
“La sanidad animal es un eslabón central para garantizar alimentos seguros y sistemas productivos responsables”, concluyó Racca.











