G20: la autopoiesis de la globalización

No es una estructura; es un espacio funcional de convergencia consensual

28 noviembre, 2018

Su dinámica es autónoma y su funcionamiento recursivo y autorreferente. Siempre vuelve sobre sí mismo y no tiene instancia exterior en quien legitimarse. Genera sus propios contenidos. Su funcionamiento implica una continuidad que se expresa en la propia evolución de la realidad, a la que influencia

 

Por Alberto Ford

 

En 2008, el G20 irrumpió como un cisne negro en Wall Street debido al colapso de la burbuja inmobiliaria que puso en vilo a toda la economía mundial.

Habiendo sido creado en 1999 -como foro de cooperación y consulta entre países desarrollados y emergentes- el Grupo de los Veinte despertó de su letargo de una década, se puso la crisis de las hipotecas al hombro, y en tres meses la encaminó con medidas tan drásticas como desusadas en los países del norte.

El G20 es una creación sui generis. Por su configuración, se sale de los cánones establecidos sobre las formas de ejercer el poder, en este caso a escala global, y se define más por lo que no tiene que por lo que muestra. Veamos.

No se apoya en una estructura; es un organismo que se maneja con formatos no asimilables a lo convencional, tan alejados de lo inter-nacional como del multilateralismo.

Carece de sede y autoridades permanentes: el G20 se establece cada año en un país distinto, el que estará a cargo de la presidencia pro-tempore, constituyendo una troika con el país que lo ha precedido en la función y el que lo sucederá. El anfitrión se hace cargo de organizar las actividades mientras dura su rol. No tiene programas; hace suyos, para impulsar políticas, mecanismos pertenecientes a distintos organismos multilaterales a los que subsume en la práctica. Finalmente, no toma decisiones. Solo hace recomendaciones, las que están plasmadas en las declaraciones finales de cada cumbre anual de los líderes… pero tampoco esas recomendaciones son de aplicación obligatoria.

¿Qué poderes posee entonces el G20 –presidido por la Argentina durante 2018- para que su influencia en la escena global (aunque difusa no por ello menos determinante) sea tan eficaz? ¿Cómo se explica que en tan pocos años se haya ubicado cómodamente en la cúspide del poder mundial?

 

Un enfoque diferente

 

Configurar un marco teórico no puede ser una labor individual ni se hace de la noche a la mañana. Sí es necesario comenzar con un conjunto pertinente de observaciones con vistas a un encuadre conceptual de la problemática. Si me propusiera buscar una aproximación de los porqués del fenómeno, me orientaría preliminarmente por el lado de la autopoiesis.

La noción de autopoiesis proviene de una resignificación operada en el ámbito de la biología. Fue el chileno Humberto Maturana el que la promovió, y su difusión traspasó los límites de dicha ciencia para incursionar en terrenos de las disciplinas sociales. Así, tiempo después, el sociólogo alemán Luhman la utilizó para sus desarrollos teóricos. Se dice que fue uno de los encuentros transdisciplinarios, entre ciencias duras y blandas, más fructíferos del siglo pasado.

La clave del enfoque es que ha permitido el abordaje cognitivo del fenómeno social desde el acto mismo de su aparición. Así, observador y observado quedan, por consiguiente, integrados en el proceso creativo del conocimiento. 

La teoría dice que las propiedades que caracterizan el fenómeno autopoiético, referido al estudio de la célula, el lugar donde por primera vez se identificó, son por lo menos cinco: autonomía, emergencia, clausura operativa, auto construcción de estructuras y reproducción. La primera propiedad nos dice que la célula ya no es un componente constituido sólo de átomos o moléculas, sino una forma específica de combinación de dichos componentes.

Por la segunda, las células dependen, en su operación, de la forma en que están organizadas y de cómo esta organización se lleva a cabo. Con respecto a la tercera, un conjunto autopoiético es un sistema cuya operación es cerrada -siempre debe volver sobre sí mismo- mientras que sus componentes son producidos al interior de un proceso recursivo que transcurre dentro de una retícula clausurada (autorreferencia).

Por la cuarta se dice que dado que la operación de la célula está clausurada, no puede importar estructuras: ella misma debe construirlas. No existe una intervención causal del entorno en el sistema sin que el mismo sistema la provoque; todo cambio de estructuras -trátese de procesos de adaptación o de rechazo- es, en última instancia, autoinducido. Por último, autopoiesis significa determinación del estado siguiente del sistema a partir de la estructuración anterior a la que llegó la operación. Para wiki “autopoiesis es un neologismo que designa la cualidad de un sistema capaz de reproducirse y mantenerse por sí mismo”.

 

El fenómeno G20

 

Haciendo un traslado al terreno de la interpretación del fenómeno G20, vemos lo siguiente.

·         El G20 no es una organización constituida solo por la suma de líderes sino que estos se atienen a una forma de funcionamiento que los integra y potencia.

·         Su operación depende de la forma en que está organizado y, por la proveniencia de sus componentes, genera su propio entorno con el que establece una relación de interdependencia.

·         Su dinámica es autónoma y su funcionamiento recursivo y autorreferente. Siempre vuelve sobre sí mismo y no tiene instancia exterior en quien legitimarse. Genera sus propios contenidos.

·         El G20 no es una estructura; es un espacio funcional de convergencia consensual. Así, el concepto de autoconstrucción, deberá entenderse como producción de dinámicas propias, mediante operaciones ad-hoc. No existe una intervención causal del entorno sobre el sistema en tanto el mismo sistema no la provoque: todo cambio interactivo es, en última instancia, autoinducido.

·         El funcionamiento del G20 implica una continuidad que se expresa en la propia evolución de la realidad, a la que influencia, cuyos feedbacks son a su vez el motor de su dinamismo.

Una de las claves para entender la existencia y el funcionamiento del Grupo de los Veinte, es que actúa en el ámbito de lo global; esta disquisición sirve muy especialmente aunque no solo para la economía y la producción. Entre China y EEUU puede haber conflictos por una botella de bourbon, una Harley Davidson o un rollo de acero, pero nunca sobre un bien o servicio que forme parte de las cadenas de valor transnacionalizadas, ámbito en el que tiene lugar el grueso de la actividad comercial. Eso se ve claramente, leyendo las declaraciones finales de las 12 cumbres habidas hasta ahora. Todo lo bilateral, que es donde habitualmente se pone el foco, forma parte del pasilleo, lo cual es obvio que ocurra desde el momento en que todos los líderes del mundo conviven durante un par de días en la intimidad y con la laxitud con que se desenvuelven las cumbres. Pero nada de esas negociaciones constituyen la esencia del G20 aunque tengan lugar en paralelo.

En algún momento, sea desde la autopoiesis u otra referencia, la ciencia política y la academia en general deberán ir bocetando ideas sobre este fenómeno que como se ve no cuadra dentro de lo establecido, su existencia no parece ser efímera ni su eficacia despreciable. En su evolución, también la comunicación pública podrá abordar los problemas esenciales del mundo por encima de los paradigmas inter-nacional y endo-céntricoEl problema es quien gira, si el sol o la tierra.  Se impone ubicar la imaginación en un espacio desde el cual hoy en día se generan las líneas motrices que prefiguran más que conducen los fenómenos de la globalización. Es un desafío estimulante desde el propio punto de partida.

 

 

 

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