El metacapitalismo
La palabra metacapitalismo fue acuñada por la consultora PricewaterhouseCoopers a mediados del año 2000. La organización vislumbraba un cambio económico tan fenomenal que arrasaría al mundo como una ola gigantesca.
“El modelo tradicional de negocios es cada vez más obsoleto”, aseguraron Grady Means y David Schneider, socios de la consultora, en su libro MetaCapitalism: De hecho, Means, experto de peso mundial en materia de cambios estratégicos, sostuvo que ya en 2001 “se experimentarán transformaciones extraordinarias. Los mercados de riesgo continuarán premiando a empresas que presten atención a las necesidades del consumidor y los negocios en red”.
En franca oposición con analistas que no identifican nueva economía necesariamente con Internet, Means cree que el futuro demanda “dejar de lado el manejo de la producción y las enormes bases internas de capital.”. Y Schneider complementa subrayando que “el nuevo modelo business to business (B2B) crea valor con mayor rapidez y eficacia que los modelos tradicionales”.
En rigor, el trabajo se llama MetaCapitalism – The e-business revolution and the design of 21st century companies and markets (John Wiley & Sons). Sus autores se juegan y prevén que la ola metacapitalista habrá consumado su obra antes de terminar 2002. Ambos gurúes insisten en que “el proceso iniciado en 2000 tardará poco en producir los cambios económicos más trascendentales vistos hasta el momento”. Comparan esta transformación con las tres primeras revoluciones industriales, aunque la del metacapitalismo parecería mucho más fulminante.
A primera vista, dos años no es nada en historia. Salvo que cristalice la profecía del libro y la mutación alcance no ya sólo a empresas, sino también a todo tipo de organización en escala local y, de alguna manera, al prodigioso “universo paralelo” que ha creado la globalización financiera.
Datos y números no faltan. Hace poco, una encuesta entre firmas participantes de “la revolución business to business” (B2B) indicaba que presentaban 26,8 como relación promedio entre valor de mercado y capital total. Mientras tanto, que la media de empresas ligadas a la vieja economía era de apenas 4,7. Por eso, Means y Schneider concluyen que los inversores privilegian compañías que centran la estrategia gerencial en las necesidades del consumidor, la reducción de capital ocioso y los mercados electrónicos. Estas empresas definen, en la óptica metacapitalista, un futuro sin lugar para el modelo apoyado en fábricas, centros de distribución y otros usos intensivos de capital.
Los autores son terminantes: quienes cuestionan el valor del mercado electrónico limitan la atención a la productividad de las cadenas de suministro. No perciben, apunta el libro, que las operaciones B2B tendrán mayor rendimiento y generarán crecimiento económico a medida que las comunidades de valor agregado sigan evolucionando.
“El modelo tradicional de negocios es cada vez más obsoleto”, aseguraron Grady Means y David Schneider, socios de la consultora, en su libro MetaCapitalism: De hecho, Means, experto de peso mundial en materia de cambios estratégicos, sostuvo que ya en 2001 “se experimentarán transformaciones extraordinarias. Los mercados de riesgo continuarán premiando a empresas que presten atención a las necesidades del consumidor y los negocios en red”.
En franca oposición con analistas que no identifican nueva economía necesariamente con Internet, Means cree que el futuro demanda “dejar de lado el manejo de la producción y las enormes bases internas de capital.”. Y Schneider complementa subrayando que “el nuevo modelo business to business (B2B) crea valor con mayor rapidez y eficacia que los modelos tradicionales”.
En rigor, el trabajo se llama MetaCapitalism – The e-business revolution and the design of 21st century companies and markets (John Wiley & Sons). Sus autores se juegan y prevén que la ola metacapitalista habrá consumado su obra antes de terminar 2002. Ambos gurúes insisten en que “el proceso iniciado en 2000 tardará poco en producir los cambios económicos más trascendentales vistos hasta el momento”. Comparan esta transformación con las tres primeras revoluciones industriales, aunque la del metacapitalismo parecería mucho más fulminante.
A primera vista, dos años no es nada en historia. Salvo que cristalice la profecía del libro y la mutación alcance no ya sólo a empresas, sino también a todo tipo de organización en escala local y, de alguna manera, al prodigioso “universo paralelo” que ha creado la globalización financiera.
Datos y números no faltan. Hace poco, una encuesta entre firmas participantes de “la revolución business to business” (B2B) indicaba que presentaban 26,8 como relación promedio entre valor de mercado y capital total. Mientras tanto, que la media de empresas ligadas a la vieja economía era de apenas 4,7. Por eso, Means y Schneider concluyen que los inversores privilegian compañías que centran la estrategia gerencial en las necesidades del consumidor, la reducción de capital ocioso y los mercados electrónicos. Estas empresas definen, en la óptica metacapitalista, un futuro sin lugar para el modelo apoyado en fábricas, centros de distribución y otros usos intensivos de capital.
Los autores son terminantes: quienes cuestionan el valor del mercado electrónico limitan la atención a la productividad de las cadenas de suministro. No perciben, apunta el libro, que las operaciones B2B tendrán mayor rendimiento y generarán crecimiento económico a medida que las comunidades de valor agregado sigan evolucionando.
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