La pandemia no es lo peor que le pasa al sistema educativo

La apertura o el cierre de las escuelas por la pandemia tiene justificados argumentos en ambos lados. En cambio, donde las evidencias son inapelables es en la profunda decadencia del sistema educativo. Por eso, es necesario discutir menos qué hacer con la educación en la pandemia y más cómo revertir la decadencia.

En el conflicto entre el gobierno nacional y la Ciudad de Buenos Aires por el cierre o apertura de las escuelas subyacen opiniones irreconciliables. Por un lado, la posición de quienes plantean que la prioridad es la educación por lo que presionan para que las escuelas permanezcan abiertas.

Por el otro, los preocupados por la segunda ola de contagios que consideran que es necesario apelar a medidas extremas, incluyendo el cierre de las escuelas. Es tanta la incertidumbre que rodea a la pandemia que ambas opiniones tienen sustento, advierte el informe de la consultora IDESA.

Por eso, en lugar de escalar el conflicto hasta el nivel de la Corte sería más recomendable apelar al diálogo y la tolerancia para enfrentar esta difícil coyuntura.

El conflicto no tendría esta intensidad si el año pasado no se hubiese apelado a una estrategia tan rígida que llevó a que los chicos perdieran el ciclo escolar. De todas formas, en algún momento la ciencia va a controlar al virus. La pregunta es si la Argentina, con el virus dominado, va a recuperar la educación.

Aquí se puede apelar a las pruebas PISA que miden calidad educativa de los países. Esta es una evaluación que se toma a jóvenes de 15 años de edad para medir sus capacidades de lectura. La referencia son 500 puntos que es lo que tienen los países desarrollados. En la región sudamericana lo que se observa es lo siguiente:

  • Argentina en el año 2000 obtuvo 418 puntos, mientras que en el 2018 midió 402.
  • Chile en el año 2000 obtuvo 410 puntos, mientras que en el 2018 midió 452.
  • Perú en el año 2000 obtuvo 327 puntos, mientras que en el 2018 midió 401.

Estos datos muestran que la degradación de la educación en Argentina viene de mucho antes de la pandemia.

Según los organizadores de la prueba PISA, una diferencia de 40 puntos equivale aproximadamente a un año de estudios. Esto significa que, comparado con Chile, los estudiantes argentinos llegan a los 15 años de edad con un año menos de aprendizajes. Es decir que la pérdida de aprendizajes derivada de haber tenido cerradas las escuelas por un año, debido a la pandemia, no son mayores a las pérdidas que ya traía el sistema educativo por su mal funcionamiento. Esto no justifica minimizar las consecuencias de cerrar las escuelas durante la pandemia. Pero sí permite enfatizar que en la Argentina los problemas de la educación son mucho más graves y estructurales.

Parecería que ver las escuelas cerradas por tanto tiempo hizo tomar conciencia del problema. Pero las escuelas, especialmente las que atienden a los sectores más vulnerables, hace rato que pasan gran parte del tiempo cerradas. Un estudio publicado en el Journal of Labor Economics por dos autores extranjeros llamado “Los efectos de largo plazo de los paros docentes: evidencias desde la Argentina” señala que los paros docentes harían que los alumnos, cuando adultos, tengan menos empleos y peores salarios.

Más allá de lo controversial que puedan ser estos resultados, el dato duro de este estudio es que contabilizó 1.500 paros docentes en la Argentina desde que recuperó la democracia hasta el 2014. Los autores tomaron a la Argentina para hacer el estudio porque es difícil encontrar otro país donde los alumnos hayan sufrido tantos paros.

Los paros docentes y la proliferación de feriados es uno de los factores, pero no el único que explica la decadencia.

Las deficiencias en la gestión de los recursos humanos son decisivas. Los vetustos y atávicos estatutos docentes permiten y promueven malas prácticas como el ausentismo, la falta de compromiso, la mala o nula capacitación y los viejos métodos de enseñanza. Pero fundamentalmente castigan a los docentes que se esmeran por la enseñanza y el aprendizaje de sus alumnos al negarles el reconocimiento de sus méritos a la hora de definir su salario.

Así es como en las provincias argentinas hay en promedio 2 cargos docentes de primaria por cada 25 alumnos, pero las aulas están abarrotadas de alumnos y los docentes que trabajan están mal pagados.

La incertidumbre que envuelve la pandemia hace recomendable ser flexible y tolerante respecto a cómo balancear prioridades educativas y sanitarias. Mucho menos opinable es la profunda y larga decadencia del sistema educativo. En este terreno hay más certezas donde sería bueno que, quienes declaman defender la educación, las aborden con seriedad.

 

 

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