INDEC publicó ayer el dato que el Gobierno preferiría no comentar: la inflación de febrero fue del 2,9% mensual. Igual que enero. El nivel general acumuló en los últimos doce meses un 33,1%. Y lo que es más elocuente como señal de tendencia: ya son diez meses consecutivos sin que el Índice de Precios al Consumidor registre una desaceleración. Diez meses de subida continua desde el mínimo del 1,5% que se tocó en mayo de 2025 —el único momento en que el programa parecía funcionar según el libreto— y que hoy luce como un espejismo cada vez más lejano.
Javier Milei lleva 26 meses en la Casa Rosada. Por estas fechas, según sus propias palabras, la inflación ya debería haber desaparecido. O al menos estar en vías de extinción. No es una interpretación maliciosa de sus dichos: es lo que el propio Presidente afirmó, con la elocuencia y la seguridad que lo caracterizan, en múltiples ocasiones.
“A mitad del año que viene no habrá inflación.” — Javier Milei, octubre de 2025.
Ese “año que viene” es 2026. Estamos en marzo de 2026. La inflación corre al 2,9% mensual, que anualizado equivale a más del 40%. El Presupuesto oficial proyectó una inflación anual del 10,1% para este año. El mercado privado, según el Relevamiento de Expectativas del Banco Central, la ubica entre el 22% y el 26%. La diferencia no es menor: es abismal.
“Empieza con cero en junio o agosto”
Las promesas no se agotaron en aquella entrevista radial de octubre. En los primeros días de marzo de 2026, con el índice porfiadamente pegado al 3%, Milei insistió en una entrevista con el periodista Luis Majul: “La inflación va a empezar con cero en junio o agosto.” En paralelo, su ministro de Economía, Luis Caputo, había deslizado que el IPC podría quebrar el 1% mensual en agosto.
Los analistas privados, más cautos, calculan que en junio el IPC será de 1,7% y en agosto de 1,5%. Nada que empiece con cero.
No es la primera vez que el horizonte se corre. En septiembre de 2025, al presentar el Presupuesto 2026 ante el Congreso, Milei proyectó una inflación anual del 10,1% y un sendero de desinflación “progresivo y sostenido”. En aquel momento, la inflación venía en ascenso desde mayo y los números ya no acompañaban el relato. El Presidente, sin embargo, deslizó ante los legisladores —con la sonrisa socarrona que reserva para sus aclaraciones teóricas— la siguiente precisión: “Nota del pie: porque la inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario, les guste a quien no le guste.”
El mantra de Friedman y sus límites argentinos
“La inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario.” Es la frase de Milton Friedman que Milei convirtió en su marca registrada mucho antes de llegar al poder. La repitió desde su banca de diputado, la escribió en mayúsculas en sus redes sociales —”REPITAN CONMIGO”, llegó a twittear—, la incluyó en discursos, entrevistas y presentaciones académicas.
La teoría, en su formulación friedmaniana original, establece que la inflación es consecuencia de un aumento más rápido de la cantidad de dinero que de la producción. El diagnóstico tiene una lógica impecable para el caso argentino de décadas: un Banco Central al servicio del Tesoro, emisión descontrolada para cubrir el déficit fiscal, espiral sin fin. Milei agregó su propio corolario: el déficit fiscal genera inflación porque obliga al Estado a emitir para financiarse. Sin déficit, sin emisión; sin emisión, sin inflación. El razonamiento es circular pero seductor.
El problema es que el Gobierno eliminó el déficit —o así lo proclama—, frenó la emisión, y la inflación sigue corriendo al 3% mensual. Algo no cuadra.
Lo que Milei no suele citar es que el propio Friedman, hacia el final de su vida, comenzó a relativizar su teoría. A los 91 años, en una entrevista con el Financial Times, admitió: “El uso de la cantidad de dinero como objetivo no ha sido un éxito.” Y advirtió que la relación entre crecimiento monetario e inflación “no es precisa” y puede tomar entre 4 y 29 meses en manifestarse. El mismo Friedman, padre del monetarismo, reconocía que la cosa era más compleja de lo que sugería su famosa consigna.
Déficit fiscal e inflación: el marco teórico que el propio Milei invocó
Hay una ironía en el diagnóstico del propio Milei. Su teoría sobre el déficit como motor inflacionario es, en términos académicos, perfectamente válida para el período kirchnerista que tanto criticó. El déficit fiscal genera inflación por dos vías: la directa —el Estado emite para financiar el exceso de gasto— y la indirecta —la desconfianza sobre la sostenibilidad fiscal eleva las expectativas de inflación futura, lo que se traslada a precios presentes.
Pero cuando el déficit desaparece del balance primario —como ocurrió con el superávit que el Gobierno exhibe como trofeo— la inflación no se evapora automáticamente. La inercia inflacionaria, la indexación de contratos, la desindexación asimétrica de salarios y tarifas, el reacomodamiento de precios relativos que el propio programa de Milei generó —con tarifas de servicios públicos que en febrero subieron un 6,8% en un solo mes— hacen que el fenómeno monetario se vuelva un fenómeno institucional, cultural y estructural de difícil resolución con una sola palanca.
La división de mayor aumento en febrero fue precisamente Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles con un 6,8%, impulsada por las subas de tarifas que el propio Gobierno ordenó. Es decir: la inflación de precios regulados —que depende enteramente de decisiones del Estado, no del mercado— fue la más alta del mes. Los precios que más subieron son los que fija el Gobierno.
Diez meses sin bajar: la cronología de una promesa incumplida
Para entender la magnitud del problema, conviene trazar la línea de tiempo con precisión. La inflación mensual tocó su piso bajo la gestión Milei en mayo de 2025: 1,5%. Desde entonces, el índice no hizo más que subir:
Junio 2025: 1,6% · Julio: 1,9% · Agosto: 1,9% · Septiembre: 2,1% · Octubre: 2,3% · Noviembre: 2,5% · Diciembre: 2,8% · Enero 2026: 2,9% · Febrero 2026: 2,9%.
Son diez meses consecutivos sin una sola desaceleración. La inflación interanual, que había llegado a bajar al 31,3% en octubre, volvió a subir al 33,1% en febrero. Cuatro meses seguidos de aceleración en el índice anual.
El dato de Vivienda con 6,8% mensual y Alimentos con 3,3% marca que las presiones no son coyunturales. En el GBA, la carne picada subió 7,1% en el mes, el pollo 10,2%, la paleta 8,1%, el cuadril 8%. La canasta de los argentinos sigue siendo un problema de todos los días.
La brecha entre el Gobierno y el mercado
El Gobierno proyectó una inflación de 10,1% para todo 2026. El mercado privado relevado por el Banco Central espera entre 22% y 26%. La Fundación Capital, en un informe reciente, fue categórica: no proyecta una inflación mensual inferior al 2% durante el primer semestre de 2026. El primer trimestre del año acumularía un 8,5%, más que el mismo período de 2025, cuando fue del 7,9%.
El economista Santiago Bulat resumió la contradicción estructural del programa en lo que llamó el “Tridente 2026”: el Gobierno quiere simultáneamente acumular reservas, bajar la inflación y crecer económicamente, pero los tres objetivos se neutralizan entre sí. Crecer presiona las reservas, bajar la inflación exige anclas duras que enfrían la actividad, estimular la economía requiere crédito más barato que alimenta la inflación.
La credibilidad del sendero desinflacionario está en juego. Y las metas del Presupuesto —que el propio Presidente presentó ante el Congreso con la retórica de siempre— quedan suspendidas en un limbo entre el deseo y la aritmética.
El mapa regional: el interior sufre más
El dato nacional del 2,9% oculta disparidades regionales reveladoras. El Noroeste registró una inflación del 3,5% en febrero, Cuyo un 3,4%, el Noreste 3,1%, la región Pampeana 3,0%. El GBA, con 2,6%, fue la región con menor inflación del país. En términos interanuales, el Noroeste acumula un 33,0% y Cuyo un 33,9%, levemente por encima de la media nacional.
Por categorías, los precios Regulados —los que fija el Estado— subieron 4,3% en el mes, muy por encima del IPC Núcleo (3,1%) y de los Estacionales (-1,3%). El dato no es menor: cuando la mayor fuente de presión inflacionaria son las decisiones del propio Gobierno, el argumento monetarista puro pierde consistencia.
Entonces, ¿qué pasó con el dogma?
“La inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario”, repite Milei. Puede ser. Pero en febrero de 2026, a 26 meses de su llegada al poder, la inflación fue de 2,9%. La inflación interanual es de 33,1%. La meta oficial de 10,1% para el año suena a ciencia ficción. Y el índice lleva diez meses sin bajar.
La teoría de Friedman, bien aplicada, dice que controlar la emisión es condición necesaria pero no suficiente para bajar la inflación. Las inercias, los precios relativos, las expectativas y la dinámica institucional importan. Argentina lleva décadas confirmando esa complejidad. Ningún gobierno que intentó atajar la inflación con una sola herramienta lo logró.
El problema de Milei no es solo de inflación. Es de credibilidad. Cuando las promesas se cumplen, los datos las respaldan. Cuando no se cumplen, el relato empieza a costar más caro que el propio dólar.
El IPC de marzo llegará en abril. Las proyecciones privadas hablan de entre 2,5% y 3%. La inflación que debería empezar con cero en junio o agosto todavía no sabe que tiene que bajar.












