Entre el potencial y el desafío de acelerar el paso
Argentina se encuentra en un punto bisagra frente a la transición energética global. El país dispone de recursos de clase mundial -el gas de Vaca Muerta, el viento patagónico, la radiación solar del Noroeste argentino (NOA) y los salares de litio- que podrían posicionarlo como un actor central en la descarbonización regional.

Por Mariela Colombo (*)
Sin embargo, a pesar de esta ventaja natural, el avance es más lento que el de países vecinos como Chile o Uruguay. Los motivos son múltiples y combinan aspectos técnicos -como la necesidad de ampliar y modernizar la infraestructura de transmisión eléctrica- con factores macroeconómicos, como la inestabilidad financiera y la falta de un marco regulatorio previsible que limite el riesgo y atraiga financiamiento.
A ello se suma la complejidad institucional del sector energético, ya que la superposición de competencias y la falta de planificación de largo plazo dificultan la coordinación entre niveles de gobierno y actores privados.
La transición energética en Argentina no puede pensarse aislada del contexto global. Las tensiones geopolíticas, la volatilidad de los precios internacionales y la creciente presión por asegurar el suministro y la asequibilidad de la energía están redefiniendo prioridades. En ese escenario, Vaca Muerta gana relevancia como un activo estratégico: puede garantizar la seguridad energética interna, generar divisas a través de exportaciones de gas natural y GNL, y al mismo tiempo sostener el desarrollo económico en el corto y mediano plazo.
El gas natural, históricamente considerado el “combustible de la transición”, cumple un papel ambivalente. Su menor intensidad de carbono respecto de otros combustibles fósiles lo vuelve una herramienta útil para reducir emisiones en el corto plazo. Sin embargo, también presenta límites, ya que sin control de fugas de metano ni metas claras de sustitución progresiva, el gas deja de ser un puente y se convierte en una nueva dependencia. La Agencia Internacional de Energía insiste en que su rol debe ser transitorio, acompañado por políticas de mitigación, captura de carbono y reinversión en tecnologías limpias. Para Argentina, el gas de Vaca Muerta puede cumplir el rol de motor temporal; asegurar la seguridad energética y generar ingresos, siempre que se integre en una estrategia que impulse simultáneamente la expansión renovable y la modernización de la red.
El mercado como aliado
En el contexto actual, en el que se busca reordenar los incentivos económicos y recuperar la confianza de los inversores, el mercado vuelve a ocupar un lugar central en la discusión energética. En otros países, la transición ha sido impulsada por instrumentos de mercado que combinan competencia, transparencia y estabilidad. Chile logró atraer inversiones masivas en energía solar y eólica mediante subastas a largo plazo con precios competitivos y reglas claras, mientras que el Reino Unido consolidó su expansión renovable con los Contracts for Difference, que reducen la volatilidad de ingresos y ofrecen previsibilidad a los inversores. Incluso Texas, dentro del mercado estadounidense, muestra cómo las señales de precio y la apertura a la competencia pueden acelerar la expansión de energías limpias, aunque también advierte sobre la importancia de planificar la transmisión para evitar cuellos de botella. Los tres casos comparten una lección: el mercado puede ser un aliado poderoso si existe estabilidad regulatoria, planificación de infraestructura y credibilidad institucional.
Argentina enfrenta un desafío doble; asegurar la energía necesaria para su desarrollo económico y, al mismo tiempo, sentar las bases de una economía baja en carbono. La diferencia entre avanzar o quedarse atrás dependerá de la capacidad de construir consensos, atraer inversión privada y diseñar instrumentos de política coherentes con una visión de largo plazo. Aprovechar la ventana de oportunidad que ofrecen los mercados internacionales de energía, minerales críticos, hidrógeno verde y sus derivados exige definir una hoja de ruta clara que conecte el potencial natural del país con decisiones concretas de inversión, regulación e infraestructura.
La transición energética es uno de los grandes retos del siglo 21. Argentina tiene la posibilidad de convertirlo en una oportunidad histórica, pero el camino no será automático ni lineal. Requiere planificación, coordinación público-privada y consistencia en el tiempo. El país cuenta con los recursos, el conocimiento y la urgencia. Lo que falta es acelerar el paso.
(*) Docente de la cátedra Transición Energética y Sostenibilidad del Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA)
Crédito imagen: Freepik
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