El precio de nuestros hábitos: cómo el consumo impacta en el océano
Por Virginia Criado, Directora de Programas de Regeneración Territorial de La Ciudad Posible

Cada 8 de junio, la ONU celebra el
Día Mundial de los Océanos
para concientizar sobre la importancia de proteger los ecosistemas marinos. Y cada año volvemos a abrir una conversación urgente: la relación existe entre nuestra vida cotidiana y la contaminación marina. Aunque muchas veces pensemos al océano como algo lejano, el problema suele empezar mucho antes de llegar al agua.
En Argentina existe una escena cada vez más común: separamos residuos en casa, llevamos bolsas de tela a los supermercados y reutilizamos algunas botellas de plástico. La conciencia ambiental ha crecido en los últimos años y ese avance es positivo. De hecho, más del 80% de los argentinos afirma separar sus residuos al menos ocasionalmente. Sin embargo, cuando miramos qué pasa realmente con esos materiales, aparece una contradicción: solo alrededor del 6% del total de los residuos se recicla de manera eficaz. El resto termina enterrado, disperso en basurales, o filtrándose en ríos y ecosistemas que finalmente desembocan en el mar. De hecho, se han detectado microplásticos en todos los puntos analizados del río Paraná. El problema ya no es solamente la falta de conciencia, sino qué sucede después del consumo.
Cada año, millones de toneladas de plástico llegan al océano, ecosistema que produce al menos un 50% del oxígeno del planeta y es clave para la biodiversidad, como muestran datos de la ONU. Muchos de esos materiales se fragmentan en microplásticos que permanecen durante décadas en los ecosistemas y terminan ingresando en cadenas alimentarias y medios marinos. Sabemos que el 90% de las aves marinas y la totalidad de las tortugas marinas analizadas han ingerido plástico y el 50% de los arrecifes han sido destruidos
. Gran parte de esos residuos provienen de objetos de uso cotidiano: envases, embalajes, textiles, o productos descartables que usamos apenas unos minutos.
Y aunque estos datos puedan parecer abrumadores, es importante evitar dos extremos: pensar que todo depende exclusivamente de las decisiones individuales o creer que hasta que no exista una gran solución estructural no hay nada que hacer. La realidad es más compleja: ningún cambio de hábito puede sostenerse en el tiempo si no existen redes, infraestructura y proyectos capaces de transformar esa intención en resultados concretos.
En muchos países, los marcos de Responsabilidad Extendida del Productor han contribuido a alinear los incentivos a lo largo del ciclo de vida de los productos. En Argentina, las discusiones en torno a estas políticas continúan, pero su avance debe sortear presiones macroeconómicas más amplias y prioridades nacionales que pueden estar en debate. Un cambio normativo que presente resultados tomará tiempo.
Pero comenzar a actuar no puede depender exclusivamente de la normatividad. Al tiempo, el progreso depende en fortalecer los sistemas en uso. Esto implica ampliar y mejorar la recolección y recuperación, vincular la oferta-demanda de materiales reciclados, y fomentar la coordinación entre las comunidades, las empresas, y los gobiernos.
Desde
La Ciudad Posible
trabajamos junto con SC Johnson en
Recupera & Transforma
, un programa socioambiental que busca justamente fortalecer sistemas locales de recuperación y regenerar ecosistemas costeros de localidades como Pinamar, Puerto Madryn y Chascomús. Parte del trabajo consiste en mejorar circuitos de reciclaje y recuperación de materiales, pero también en generar algo igual de importante: una conexión más visible entre nuestras decisiones cotidianas y sus consecuencias ambientales.
Por eso impulsamos experiencias como
La Marea de Consumo
en Puerto Madryn
. Muchas personas llegan pensando que van a encontrarse con una muestra sobre el océano y terminan encontrándose con algo mucho más cercano: sus propios hábitos. Un envase, una prenda, un objeto descartable. Cosas que usamos todos los días y que muchas veces creemos que desaparecen cuando las tiramos. La muestra, ubicada en el Centro de rescate y rehabilitación de fauna nativa del programa REFAUNAR – dentro de la Estancia San Guillermo-, puede ser visitada de manera programada por turistas y propone “sumergirse” bajo la superficie del océano a través de proyecciones, sonidos envolventes y una instalación central inspirada en los nidos de cormorán cuello negro.
Cuidar el océano no se trata solo de mirar el mar, sino de revisar cómo producimos, cómo consumimos y qué hacemos con aquello que descartamos. También se trata de asumir que la transformación no va a ocurrir de un día para el otro. En un contexto como el argentino, los cambios profundos requieren tiempo, coordinación y soluciones sostenibles. Pero hay algo que ya está claro: la sociedad está mucho más preparada para avanzar de lo que a veces creemos.
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