Economía de Comunión: cuando el impacto no es una estrategia, sino una convicción
Por Bettina González, Directora de Boomerang Viajes

En 1991, la italiana Chiara Lubich viajó a San Pablo y se conmovió con un contraste: los rascacielos y las favelas. El desarrollo económico y la extrema pobreza. El auge del capitalismo y los que quedaban excluidos.
Y vio algo claro: no hay un problema de recursos, sino de distribución.
35 años después, más de 400 personas de 38 países nos encontramos en Buenos Aires para celebrar la Economía de Comunión y repensar cómo tomamos decisiones empresariales de otra forma, una que siente a todos en la mesa.
Durante mucho tiempo se instaló la idea de que los valores y los negocios pertenecían a mundos diferentes, que una empresa debía enfocarse exclusivamente en los resultados económicos y que conceptos como fraternidad, solidaridad, reciprocidad o cuidado podrían ser deseables en la vida privada, pero no necesariamente compatibles con la rentabilidad.
Aún hoy, muchos creen que estos valores representan una debilidad de mercado y aumentan la vulnerabilidad de la empresa.
Como empresaria, mi experiencia fue exactamente la contraria. Boomerang Viajes nació inspirada en los valores de la Economía de Comunión y luego nos convertimos en Empresa B. Desde nuestros inicios existió la convicción de que una empresa puede generar resultados económicos sin perder de vista el impacto que tiene sobre las personas, las comunidades y los territorios con los que se vincula.
Después de más de 25 años de trabajo, sé que la verdadera fortaleza de una empresa aparece cuando logra ser coherente. Cuando las personas que la integran no tienen que actuar de una manera dentro de la organización y de otra completamente distinta fuera de ella. Cuando existe una conexión genuina entre lo que la empresa dice, lo que hace y la forma en que toma decisiones.
Esa coherencia -que no es un punto final, sino un camino-, se vio reflejada durante todo el encuentro. Empresarios de distintos continentes compartían experiencias muy diferentes entre sí, pero había un elemento común: ninguno hablaba del propósito como una estrategia de marketing. Lo vivían como una vocación.
Y cuando hablo de vocación me refiero a una convicción profunda sobre cuál es el aporte que quieren hacer al mundo. Eso los hace sostenibles en el largo plazo. Porque los desafíos aparecen, los contextos cambian y los resultados fluctúan. Lo que permite atravesar esos momentos es tener claridad sobre el propósito que sostiene el proyecto.
Es importante ampliar cada vez más el ecosistema de organizaciones que trabajan desde esta mirada: Empresas B, emprendimientos sociales, organizaciones de la Economía de Comunión y muchos otros modelos que tienen mucho para aportar.
La lógica tradicional, la que busca la maximización de las ganancias a cualquier costo, nos está enfermando. Nos deja heridas que se reflejan en las desigualdades, en la crisis de salud mental, en la contaminación del planeta, en la disociación entre las personas y su trabajo. Porque es una lógica contraria a la naturaleza humana.
Existen dimensiones fundamentales para cualquier persona y organización: la confianza, la generosidad, el compromiso, la pertenencia y la gratuidad. No se miden con los mismos términos que un balance, y son precisamente las que muchas veces terminan sosteniendo los proyectos a largo plazo.
No creo que exista una única forma correcta de construir una economía más humana. Lo que sí creo es que las respuestas aparecen en los espacios de colaboración entre quienes comparten esa búsqueda. En el diálogo y el trabajo conjunto está nuestra capacidad para generar transformaciones reales.
Con esta mirada, también es posible crecer, innovar y generar resultados desde esa mirada. Lo vi en las 50 historias que compartieron personas de 38 países distintos, en los proyectos educativos, sociales y productivos que están transformando comunidades y lo veo todos los días en organizaciones que entienden que el éxito no puede medirse únicamente por sus balances.
Quizás el gran desafío de nuestro tiempo no sea elegir entre resultados o valores. Quizás el desafío sea construir organizaciones capaces de demostrar que ambas cosas pueden ir de la mano. Porque cuando eso sucede, la empresa deja de ser solamente una herramienta económica y se convierte también en una agente de transformación.
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