Samuel Spellmann describe el giro estratégico del vínculo China-Brasil en dos décadas
En un artículo titulado *La travesía sino-brasileña*, el académico analiza cómo el vínculo bilateral trascendió comercio e inversión y se convirtió en un compromiso estratégico, con efectos sobre la orientación geoeconómica de América Latina y una agenda que incluye neoindustrialización verde, tecnologías avanzadas e integración regional

La profundización de las relaciones entre China y Brasil en los últimos 20 años dejó de explicarse solo por el intercambio comercial y los flujos de inversión. En La travesía sino-brasileña, Samuel Spellmann, director del programa de posgrado en Especialización en China Contemporánea de la Pontificia Universidad Católica de Minas Gerais, plantea que el vínculo se consolidó como un compromiso estratégico en el marco de una transformación global.
El artículo presenta la relación bilateral como un ejemplo de cooperación pragmática y de construcción gradual de confianza estratégica. Para describir ese recorrido, Spellmann recurre a una lógica de avance progresivo y aprendizaje, sintetizada en una imagen que atraviesa su análisis: “cruzar el río palpando las piedras”.
En su lectura, la alianza sino-brasileña también reconfigura el posicionamiento de América Latina. El autor sostiene que el vínculo con China “ha roto la histórica orientación atlántica de las economías latinoamericanas”, al abrir una alternativa geoeconómica centrada en el Pacífico y en la integración regional.
Dentro de ese marco, Spellmann identifica como referencia política la construcción de una comunidad de destino compartido entre China y América Latina. Esa idea fue propuesta por Xi Jinping en 2014 y reafirmada en la IV Reunión Ministerial del Foro China-CELAC. El autor señala que esa iniciativa adquirió “densidad institucional” y funcionó como una matriz operativa para reordenar prioridades de desarrollo regional.
El plano económico ocupa un lugar central. Spellmann afirma que la cooperación entre China y Brasil apoyó la transformación productiva brasileña, con ejes que incluyen la neoindustrialización verde, las tecnologías avanzadas y la integración de cadenas regionales. En esa línea, sostiene que las inversiones chinas se orientan cada vez más hacia la financiación de polos industriales y a la cooperación en áreas específicas: semiconductores, energías renovables y movilidad urbana. Ese giro, según el autor, refleja una alineación creciente entre los intereses estratégicos de ambos países.
La agenda común sino-sudamericana, agrega, abarca infraestructuras físicas y geoeconómicas con el objetivo de promover la integración territorial y reducir asimetrías históricas. En ese esquema, la asociación con China aporta apoyo institucional y material para fortalecer un bloque regional con mayor autonomía estratégica.
Spellmann subraya que el recorrido no es lineal y enfrenta tensiones políticas. Aun así, plantea que la planificación estratégica y la construcción de confianza mutua trazan un camino sólido para el desarrollo brasileño y la proyección global de la región.
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