G-7: medio mundo quiere intervención concertada, otro medio la cree inviable
Bush pide una reunión urgente del G-20 el sábado en Washington. Justo durante la asamblea semestral FMI-BIRF. La baja de tasas no frena los mercados: demasiados especuladores apuestan a un fenomenal desagio de la deuda pública norteamericana.
En realidad, George W.Bush quiere reunir al grupo de los 8 (EE.UU., Japón, Alemania, Francia, Gran Bretaña, Canadá, Italia, Rusia-, pero en forma de G-20. O sea, añadiendo China, India, Brasil, Sudáfrica, Argentina, Nueva Zelanda, Australia, Surcorea, Turquía, España, Indonesia y México. Por si las moscas, la ortodoxia de mercado (vía “Financial Times”, “Wall Street Journal” y un grupito de gurúes rioplatenses sale a declara inviable una intervención concertada del G-7 (el G-8 menos Rusia).
En el bando opuesto, analistas más serios sospechan que algunos gobiernos centrales buscan orquestar mediante el G-20 una especie de desagio generalizado de deudas públicas y, hasta cierto punto, del sistema financiero. Dejando de lado diferencias cuantitativas (dos crisis como detonante, no una) y cualitativas –el alcance internacionales de la presente situación-, surgen semejanzas con el caso argentino de 1996/2005. Ese decenio va del colapso fiscal gestado por la convertibilidad 1x1 (ocultado con ayuda del FMI) y el fin del canje –desagio- armado por Roberto Lavagna y Guillermo Nielsen.
En cierto modo, la mercantilista Gran Bretaña marcha por una senda paralela y aún menos ortodoxa. Londres acaba de nacionalizar parcialmente ocho bancos, para lo cual emitirá US$ 692.000 millones para inyectarles liquidez a HSBC (intocable desde que nació en el Shanghai del siglo XIX), Royal Bank of Scotland –no es “royal” desde hace tiempo-, Halifax Bank of Scotland (HBoS), Barclay’s, Lloyd’s TSB, Abbey, Standard Chartered y NationWide.
Dada la disparidad entre las economías británica y norteamericana, aquella suma se elevaría a varios billones en EE.UU. Dada la iliquidez que impera en Gran Bretaña, esa inyección será un pagadiós más oneroso que el sancionado por George W.Bush. Sería ingenuo suponer que los mercados ignoran esos matices; los conocen y obran en consecuencia. Por ello, la acción concertada entre seis bancos centrales esta semana no logra sacar el sistema de aprietos con escasos precedentes.
La crisis financiera surgida en Occidente, por cierto, pone en peligro no sólo a la banca o las bolsas. También cuestiona la unidad de veintisiete países europeos. Naturalmente, los críticos anglosajones de la Eurozona (quince adherentes a la moneda única) subrayan que subsisten dos trabas de fondo: un banco central sin las facultades de la Reserva Federal ausencia de una carteta de hacienda única, como en EE.UU. Hay otra: un parlamento que habla casi veinte idiomas, contra uno solo en el Capitolio.
Hace unos días, el presidente francés Nicolas Sarkozy –firme seguidor de Charles de Gaulle- ofreció su propia receta para capear la tormenta. “Resulta esencial –afirmaba- que la Unión Europea cobre existencia y hable con una sola voz”. Pero, esta misma semana, algunos de los 27 han roto filas para proteger a sus ciudadanos, bancos y empresas; no al conjunto. Así, surgen diversas formas de “corralito” (otro ejemplo argentino) en Irlanda, Gran Bretaña, los estados bálticos y, fuera de la UE, Islandia.
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