El doble cuerpo del lepenismo: Francia frente al espejo de su ultraderecha
A un año de la elección presidencial y con la inhabilitación de Marine Le Pen pendiente de un fallo judicial el próximo 7 de julio, el Rassemblement National (RN) llega al umbral de 2027 con dos candidatos posibles, dos doctrinas en tensión y una ventaja en los sondeos que ningún rival logra disputarle. La fotografía de Mâcon —Le Pen y Jordan Bardella unidos sobre el escenario del 1° de mayo— condensa la paradoja de un partido que ha desplazado al centro y a la izquierda hacia la irrelevancia electoral, pero que aún no sabe cuál de sus dos rostros conducirá esa herencia hasta el Elíseo.

Hay imágenes que condensan más teoría política que cualquier tratado. La fotografía del 1° de mayo en Mâcon —Marine Le Pen sonriente, los ojos entrecerrados, recibiendo en la mejilla el beso protocolar de un Jordan Bardella treinta años más joven, ambos enmarcados por un bosque de banderas tricolores levantadas por militantes de cuello almidonado— pertenece menos al género del retrato político que al del ícono medieval. Es la representación contemporánea de aquello que el medievalista Ernst Kantorowicz llamó los dos cuerpos del rey: el cuerpo natural, mortal, sometido a la erosión de los tribunales y los años, y el cuerpo místico, perpetuo, que encarna la continuidad del poder. La diferencia es que aquí, en lugar de suceder uno a otro, ambos cuerpos coexisten incómodamente sobre el mismo escenario, y nadie sabe todavía cuál de los dos hablará en nombre de Francia en la primavera de 2027.
El calendario judicial como destino
Toda la arquitectura de la ultraderecha francesa pende hoy de una fecha: el 7 de julio de 2026. Ese día, la Corte de Apelaciones de París dictará sentencia en el caso de los asistentes parlamentarios europeos por el que Marine Le Pen fue condenada en marzo de 2025 a cuatro años de prisión —dos exentos de cumplimiento— y, sobre todo, a cinco años de inhabilitación con ejecución provisional inmediata, una sanción que la priva, hoy mismo, del derecho a presentarse a la elección presidencial. La fiscalía, lejos de moderar su pretensión en segunda instancia, solicitó mantener los cinco años de inhabilitación y agregar una pena de un año bajo arresto domiciliario con pulsera electrónica. La causa no es menor: los jueces tuvieron por probado que entre 2004 y 2016 el partido —entonces Frente Nacional— desvió más de 4,4 millones de euros del Parlamento Europeo para retribuir asistentes que en realidad trabajaban para la estructura partidaria.
Esa es la ecuación que el lepenismo no puede despejar antes del verano boreal. La propia Le Pen ha anticipado que, si la sentencia de apelación confirma la inhabilitación, renunciará a su candidatura incluso antes de agotar el recurso ante la Casación. Es un cálculo lúcido: el RN no puede permitirse llegar a 2027 con un candidato suspendido en la incertidumbre judicial. De ahí la utilidad estratégica de tener, como en el viejo tópico jurídico, dos cuerpos disponibles.
Bardella, o el dauphin que ya gobierna en las encuestas
El segundo cuerpo se llama Jordan Bardella, tiene treinta años, dirige el partido desde 2021 y, lo que importa más, exhibe en los sondeos una solvencia que la propia Le Pen no termina de igualar. Una medición de Ifop-Fiducial para Le Figaro y Sud Radio publicada a comienzos de marzo de 2026 le otorga el 36% en una hipotética primera vuelta, veinte puntos por encima del segundo competidor, mientras a Le Pen le asigna entre 34% y 35%. Odoxa, en su sondeo de fines de noviembre de 2025, lo proyecta ganador en todos los duelos de balotaje modelizados: 53% frente al ex primer ministro Édouard Philippe, 56% frente a Gabriel Attal, 74% frente al líder de La France Insoumise Jean-Luc Mélenchon y 58% frente al socialdemócrata Raphaël Glucksmann.
Estos números cuentan una historia que excede al RN. Cuentan, sobre todo, el desplome del cordón sanitario republicano que durante cuarenta años contuvo a la familia Le Pen en la antesala del Elíseo. La hipótesis del front républicain —la coalición transversal que en 2002 enterró a Jean-Marie Le Pen con el 82% de Jacques Chirac— ya no funciona como fusible. El bloque central, integrado por Renacimiento y sus aliados Modem y Horizons, no logra alinear un candidato único, y la izquierda, dividida entre insumisos y socialistas, parece descartada de antemano del balotaje.
Dos figuras, dos estrategias, una sola marca
Lo que el meeting de Mâcon dejó en evidencia, más allá de la coreografía de unidad, es que el RN convive con dos doctrinas tácticas en tensión. Marine Le Pen había declarado esta semana su “deseo de un segundo turno frente al bloque central”, e incluso había señalado a Édouard Philippe como el rival mejor posicionado de ese espacio si lograban una candidatura común. Bardella, en cambio, eligió la dirección opuesta: desde la tribuna apuntó contra Attal, Philippe y el ministro del Interior Bruno Retailleau, sosteniendo que “no deberían presentarse” sino “cubrirse la cabeza de cenizas y pedir perdón al pueblo francés”, porque “no se reconstruye un país con quienes lo destruyeron”.
La diferencia no es meramente retórica. Le Pen, hija de la radicalidad fundacional, conserva una desconfianza estructural hacia las élites burguesas y razona en términos de polarización dialéctica: necesita un adversario nítido del establishment para movilizar a las clases populares que han hecho del RN, ya no una protesta, sino —como reconocen los propios cuadros del partido en privado— un voto de clase. Bardella, en cambio, es producto de una trayectoria invertida: hijo de la clase media de Saint-Denis, cómodo en los salones del poder mediático, busca disolver la frontera entre la derecha tradicional y la ultraderecha mediante un dégagisme que arrasa con todo lo que huela a oficialismo. Es la diferencia entre quien quiere ganar la pulseada contra la burguesía y quien quiere ganarla sin enemistarse del todo con ella.
El desplazamiento sociológico
La cuestión sociológica es, en el fondo, la más interesante. El RN se ha consolidado como la primera fuerza electoral francesa pese a su discurso antiinmigrante, y lo ha hecho colonizando un terreno —la France périphérique de Christophe Guilluy, los antiguos bastiones obreros desindustrializados, las cuencas mineras del Pas-de-Calais y de Saône-et-Loire— que durante décadas perteneció a la izquierda comunista. La elección de Mâcon como sede de la Fête de la Nation, en lugar del histórico desfile parisino frente a la estatua de Juana de Arco, no es un detalle logístico: es la cuarta vez consecutiva que el partido abandona París para privilegiar ciudades de provincia, después de Perpignan en 2024 y Narbonne en 2025. La operación es exactamente la que describía Pierre Rosanvallon en Le siècle du populisme: la captura simbólica del territorio como sustituto de la captura de la representación.
A esa estrategia territorial se suma una operación cultural más sutil. El meeting de Mâcon reunió en el Spot —sala de cinco mil plazas— una “multitud joven y festiva” que llenó las gradas, la fosa y los pasillos de acceso, con militantes que llegaron, según relataron a la prensa local, “para ver a Marine y a Jordan”. Es la imagen, calculada y eficaz, de un partido que ha dejado de parecerse a la formación crepuscular de Jean-Marie Le Pen para convertirse en una franquicia generacional con estética de festival y aspiraciones de mayoría.
El umbral de 2027
¿Estamos ante el escenario que Karl Polanyi anticipaba en La gran transformación, aquel en que las democracias liberales, incapaces de absorber las consecuencias sociales de la apertura económica, terminan delegando la representación en quienes prometen restaurar el lazo nacional al precio de erosionar el liberalismo político? ¿O asistimos, más prosaicamente, a la culminación de un ciclo en el que un partido históricamente excluido del poder ha sabido normalizar sus formas, suavizar sus contornos, y esperar pacientemente a que la izquierda y el centro se desangren entre sí? Las dos lecturas son compatibles, y ambas conducen al mismo umbral: el de un país que, faltando un año para los comicios, contempla con resignación —algunos con entusiasmo, muchos con fatalismo— la posibilidad de que el Elíseo cambie de manos por primera vez desde 1958 hacia una fuerza que, hasta hace una década, era considerada incompatible con la República.
Queda, sin embargo, la pregunta que ningún sondeo responde y que el 7 de julio sólo iluminará a medias: cuando llegue el momento de la verdad, cuando los franceses tengan que elegir entre un cuerpo natural inhabilitado y un cuerpo místico de treinta años, ¿reconocerán en cualquiera de los dos al heredero de aquella República que De Gaulle imaginó como una “cierta idea de Francia”, o estarán votando, sin decirlo, el acta de defunción de esa misma idea?
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