Argentina frente al shock de Medio Oriente: ¿riesgo inmediato u oportunidad estructural?
Por el Dr. Román Alberto Uez, Abogado, Magíster en Derecho Administrativo, Magíster en Tecnología, Políticas y Culturas, y Diplomado Experto en Derecho de la Inteligencia Artificial (Universidad Católica de Murcia e INEAF)

Un conflicto bélico en Medio Oriente, con impacto prolongado sobre el tránsito por el Estrecho de Ormuz, tendría consecuencias inmediatas sobre la economía global. No se trata de un corredor marítimo más: por allí circularon en 2024 unos 20 millones de barriles diarios de petróleo y derivados, equivalentes a cerca del 20% del consumo mundial de líquidos de petróleo.¹
En un escenario de interrupciones prolongadas, suba del costo de los seguros marítimos, menor oferta energética y precios internacionales más altos, el mundo enfrentaría un shock de primera magnitud. El Banco Mundial ya advirtió que una guerra en Medio Oriente puede disparar los precios de la energía, los fertilizantes y varios metales críticos, con efectos directos sobre inflación, crecimiento y seguridad alimentaria.²
Para Argentina, el escenario tiene una doble lectura
Por un lado, el país llega con una macroeconomía en estado de deterioro severo: déficit fiscal encubierto contablemente como supéravit: desde 2024, el Banco Central trasladó al Tesoro Nacional la deuda que mantenía con el sector privado, y el Tesoro emitió instrumentos de deuda capitalizables —LECAPs, BONCAPs, LEFI— cuyos intereses no se registran como gasto corriente sino que se acumulan fuera del resultado oficial.³ Según el Instituto de Pensamiento y Políticas Públicas (IPyPP), en el primer semestre de 2025 el resultado financiero oficial mostraba un supéravit de $3,1 billones, pero en ese mismo período se capitalizaron intereses por $30,1 billones correspondientes a letras y bonos del Tesoro (LECAP, BONCAP, LEFI y PR17), lo que implica un déficit real de $27 billones.⁴ El propio Fondo Monetario Internacional reconoció que, de computarse los intereses de dichas letras capitalizables, el resultado financiero arrojaría un déficit del 0,8% del PBI; en la misma línea, el Instituto Interdisciplinario de Economía Política (IIEP UBA-CONICET) estimó el déficit financiero real en aproximadamente 1% del PBI para 2025.⁵, reservas netas reducidas, inflación muy alta, necesidad de sostener el acceso al financiamiento y vencimientos exigentes. En contextos globales de aversión al riesgo, los activos argentinos suelen reaccionar con más volatilidad que los de otros emergentes. De hecho, durante 2026 el riesgo país volvió a moverse en torno a niveles elevados, aunque también mostró episodios de compresión por la expectativa de mayor ingreso de divisas.⁶
Pero la otra cara del escenario es igual de importante. Argentina no es solamente un país expuesto al shock: también es un país con activos estratégicos para el mundo que viene.
Vaca Muerta contiene recursos técnicamente recuperables estimados en 308 TCF de gas shale y 16.000 millones de barriles de petróleo y condensado shale.⁷ Además, la producción argentina de petróleo y gas viene acercándose a máximos históricos, impulsada por el crecimiento del no convencional.⁸
A eso se suma el agro. En 2024, las exportaciones agroindustriales representaron el 58% del valor total exportado por Argentina y llegaron a 132 países.⁹ Según datos oficiales, las exportaciones agroindustriales alcanzaron USD 47.138 millones ese año.¹⁰
La minería completa el cuadro. El litio y el cobre colocan a Argentina dentro de una agenda global dominada por la transición energética, la electrificación, los centros de datos y la competencia por minerales críticos. La Agencia Internacional de Energía proyecta un fuerte crecimiento de la demanda de minerales como cobre, litio, níquel, cobalto, grafito y tierras raras hacia 2040.¹¹
El mismo mundo que se vuelve más incierto también necesita con más urgencia energía, alimentos y minerales. Y Argentina tiene los tres.
El interrogante, entonces, no es si existe una oportunidad, es si el país será capaz de transformarla en exportaciones, conocimientos innovadores, inversión, empleo y divisas antes de que la ventana se cierre.
La deuda externa: el frente más sensible
El primer impacto de un shock internacional de esta magnitud se siente en el financiamiento.
Argentina ya ingresa al escenario con una posición delicada. Aunque hubo señales positivas —como la mejora de la calificación soberana y cierta compresión del riesgo país—, los analistas siguen marcando tres vulnerabilidades centrales: acumulación insuficiente de reservas, vencimientos exigentes a partir de 2027 y necesidad de recuperar acceso sostenido al mercado internacional.¹²
Cuando el mundo entra en modo “risk-off”, los inversores reducen exposición en activos considerados riesgosos. Y Argentina suele estar entre los primeros nombres de esa lista. Por eso, ante una escalada internacional, el país probablemente enfrente mayor presión sobre bonos soberanos, aumento del costo de financiamiento y más dificultad para refinanciar deuda.
Hay, sin embargo, algunos amortiguadores, aunque con matices importantes. El esfuerzo fiscal de contención del gasto reduce la necesidad de financiamiento nuevo, pero la experiencia internacional es contundente: cuando ese equilibrio se obtiene exclusivamente a través del recorte de gasto público sin un plan de inversión y reactivación, el resultado suele ser recesión y tensión social. Un ajuste de esa naturaleza, sostenido en el tiempo, no estabiliza la macroeconomía: la fragiliza. El mercado local en dólares ofrece cierto margen de maniobra, y una mejora en las exportaciones podría fortalecer el ingreso de divisas en el mediano plazo, aunque ese canal tarda en activarse. Lo que sí constituye un riesgo de primera magnitud —y que agrava todos los anteriores— es el comportamiento del mercado de bonos del Tesoro de Estados Unidos y política de tasas de la Reserva Federal. El rendimiento del bono a 30 años tocó 5,19%, su nivel más alto desde antes de la crisis financiera de 2008, mientras que el bono a 10 años superó el 4,6%, alcanzando máximos de 15 meses.²⁶. Si el dólar se fortalece, genera un doble impacto devastador para los países en desarrollo: las deudas en moneda extranjera se vuelven más costosas de servir, las monedas locales se deprecian bajo presión y el financiamiento externo se encarece o directamente se cierra.²⁷ El Fondo Monetario Internacional ya advirtió que la desaceleración del crecimiento y el aumento de la inflación golpearán con especial fuerza a las economías emergentes en este contexto. Argentina, con reservas débiles y vencimientos exigentes, figura entre los países más expuestos a este ciclo de apretón financiero global.
Aun así, el punto de fondo no cambia: si el conflicto se prolonga, la combinación de mercados internacionales más cerrados, vencimientos elevados y reservas todavía débiles podría transformarse en un problema serio de liquidez externa. La disciplina fiscal ayuda, pero no reemplaza la necesidad de acumular reservas genuinas y aumentar exportaciones.
Comercio exterior: costos más altos, pero mejores precios
El impacto sobre el comercio exterior argentino sería mixto.
El agro y el problema de los fertilizantes
El primer riesgo aparece en los insumos. Argentina depende en buena medida de fertilizantes importados, especialmente urea y otros productos vinculados al precio internacional del gas. Si el conflicto encarece el gas natural, interrumpe flujos marítimos o tensiona la oferta de fertilizantes, el costo para el productor argentino puede subir con rapidez.
El Banco Mundial proyectó que, bajo un escenario de guerra en Medio Oriente, los precios de los fertilizantes podrían aumentar con fuerza, impulsados especialmente por la urea. También advirtió que una menor asequibilidad de fertilizantes puede erosionar ingresos agrícolas y afectar rindes futuros.¹³
Esto genera un dilema concreto: pagar más por fertilización, reducir aplicaciones o modificar la estrategia de siembra. En cultivos como trigo y maíz, una menor aplicación de nutrientes puede afectar directamente la productividad.
La contracara: mejores precios para alimentos
Al mismo tiempo, Argentina podría beneficiarse de una mejora en los precios internacionales de granos, aceites, harinas y otros productos agroindustriales. En contextos de tensión global, los países exportadores netos de alimentos suelen mejorar sus términos de intercambio.
El problema es que esa mejora no se captura automáticamente. Para que el agro transforme precios altos en más divisas, necesita insumos disponibles, logística eficiente, reglas previsibles y capacidad de producción. Sin eso, parte del beneficio queda neutralizado por mayores costos.
Energía: la oportunidad más importante. Petróleo, Gas y Energía Nuclear
El sector energético argentino aparece como el gran ganador potencial de este escenario. Y no solo por el petróleo y el gas de Vaca Muerta: la confluencia de hidrocarburos no convencionales, gas natural licuado y energía nuclear coloca a Argentina entre los poquísimos países del mundo capaces de ofrecer una matriz energética diversificada, confiable y escalable en un momento en que el mundo busca urgentemente alternativas a la dependencia del Golfo Pérsico. La energía nuclear, en particular, emerge como un componente estratégico de primer orden: limpia, de base, independiente de las fluctuaciones del precio del gas y del petróleo, y con una cadena de valor que Argentina lleva décadas construyendo.
Vaca Muerta ya dejó de ser una promesa lejana. La producción de crudo y gas viene creciendo con fuerza desde 2021, y el no convencional se convirtió en el principal motor del aumento de la oferta argentina.¹⁴
En un mundo con energía más cara y proveedores tradicionales bajo tensión, Argentina puede convertirse en una alternativa relevante. El impacto de precios más altos sería directo: cada barril exportado vale más y cada proyecto de infraestructura gana atractivo económico.
El desafío es pasar del recurso al mercado. Para eso hacen falta oleoductos, gasoductos, plantas de licuefacción, terminales portuarias, financiamiento y contratos de largo plazo. Sin esa infraestructura, el recurso queda atrapado en el subsuelo o limitado al mercado interno.
La oportunidad no se limita al petróleo. El gas natural también puede jugar un rol decisivo. En la medida en que Europa y Asia busquen diversificar proveedores de GNL, Argentina tendrá una posibilidad concreta de insertarse en ese mercado. Pero esa posibilidad depende de una condición básica: construir capacidad exportadora.
Minería: el segundo motor exportador
La minería aparece como otro frente estratégico.
El litio ya posiciona a Argentina dentro de una de las regiones más relevantes del mundo para la transición energética. El cobre, por su parte, puede convertirse en una fuente de exportaciones de enorme magnitud si avanzan los proyectos pendientes.
La Agencia Internacional de Energía advierte que los minerales críticos se volvieron centrales para tecnologías limpias, redes eléctricas, baterías y electrificación. También señala que América Latina puede capturar una porción relevante del valor minero hacia 2030, especialmente en un escenario de expansión de la demanda global.¹⁵
El conflicto en Medio Oriente refuerza una tendencia que ya existía: los países y las empresas buscan asegurar suministros confiables de energía y minerales críticos. En ese tablero, Argentina tiene una oportunidad real. Pero, otra vez, la diferencia estará en la ejecución. Los proyectos mineros requieren años, capital intensivo, infraestructura, licencia social, cuidado del medio ambiente y estabilidad regulatoria.
No alcanzan los recursos: hay que ponerlos en producción.
Política exterior: alineamiento con costos y beneficios
La posición internacional de Argentina también importa.
El alineamiento incondicional con Estados Unidos e Israel que lleva adelante la actual administración es, desde una perspectiva estratégica de largo plazo, un error de cálculo de proporciones históricas. Estados Unidos atraviesa una de las crisis institucionales, fiscales y de credibilidad más profundas de su historia moderna: déficits fiscales estructurales, fractura política interna, cuestionamiento de sus alianzas y una posición global en retracción que ningún gobierno puede revertir mediante voluntarismo. El dólar sigue siendo la moneda de reserva mundial, pero su dominio se erosiona en las tres dimensiones centrales: comercio, reservas y financiamiento global. Israel, por su parte, es un Estado que el conflicto en Medio Oriente está transformando estructuralmente: su aislamiento diplomático crece, su relevancia como actor regional se acota y su capacidad de proyectar influencia más allá de su entorno inmediato se reduce año a año. Apostar todo el capital diplomático argentino a un alineamiento con estas dos potencias en declive relativo, mientras se deterioran los vínculos con Brasil —el primer socio comercial del país— y se ignora la gravitación económica de China, es subordinar el interés nacional a una ideología. Argentina debería revisar radicalmente esta orientación. El bloque BRICS y el eje de países del Sur Global no son solo una opción ideológica: representan el espacio donde se concentra la mayor parte del crecimiento económico mundial, la demanda de energía y minerales, y los mercados que Argentina necesita para sus exportaciones de las próximas décadas. Recuperar la relación estratégica con Brasil y proyectar una política exterior pragmática hacia China, India y el resto del Sur Global no es una concesión: es una necesidad de Estado.
El modelo noruego: de recurso natural a riqueza intergeneracional
Existe un referente ineludible para pensar cómo convertir una bonanza de recursos naturales en desarrollo sostenido: Noruega.
Cuando a finales de la década de 1960 se descubrió petróleo en el Mar del Norte, el gobierno noruego tomó una decisión que cambió el destino del país para siempre. En lugar de gastar los ingresos petroleros en el presente, diseñó una arquitectura institucional orientada al largo plazo. En 1990 creó el Fondo de Pensiones del Gobierno Global —conocido popularmente como el “fondo del petróleo”—, que desde entonces acumula los excedentes de la industria hidrocarburífera para beneficio de las generaciones futuras. Hoy ese fondo supera los 1,7 billones de dólares, convirtiéndose en el fondo soberano más grande del mundo, con participación en alrededor de 9.000 empresas en más de 70 países.¹⁷
La clave del modelo noruego no fue solo el ahorro, sino su combinación con desarrollo tecnológico e industrial. El gobierno estableció desde el inicio que el Estado tendría el 50% de participación en cada licencia de producción y creó la empresa estatal Equinor (ex Statoil), que hoy es operadora del 70% de toda la producción petrolera en la plataforma noruega. La regla fiscal estableció que solo se puede gastar el retorno esperado del fondo —aproximadamente el 3% anual—, protegiendo el capital acumulado para generaciones futuras.¹⁸ Además, el sector de tecnología y servicios para la industria petrolera se convirtió en la segunda exportación más importante de Noruega, después del propio petróleo y gas: el conocimiento generado en torno al recurso creó un ecosistema industrial propio.¹⁹
La filosofía detrás del modelo es tan simple como poderosa: el capital natural solo se extrae una vez, pero si se invierte con disciplina, puede financiar una prosperidad que dure decadas. Noruega evitó la “maldición de los recursos” —el síndrome que afecta a países que despilfarran su riqueza natural sin transformarla en capacidad productiva— porque el Estado actuó como custodio del largo plazo, no como gestor del gasto inmediato.
Argentina debería tomar nota. Tiene los recursos. Tiene la institucionalidad inicial para construir ese andamiaje. Lo que le falta es la decisión política de comprometer esa renta con un horizonte generacional, y no con las urgencias de cada ciclo electoral.
La ciencia argentina como activo estratégico subestimado
En el debate público argentino, los recursos naturales ocupan el centro de la escena. Pero existe otro activo de enorme valor que rara vez aparece en la misma conversación: el sistema científico nacional.
El CONICET —Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas— ocupa el puesto 20 entre 1.870 instituciones gubernamentales de investigación de todo el mundo, según el Ranking Scimago 2024. Es, además, la institución gubernamental de ciencia número uno de América Latina, posición que mantiene de manera ininterrumpida desde 2009.²² El dato es notable: con recursos que representan una fracción de lo que invierten los países centrales, Argentina produce ciencia de primer nivel global.
El sistema científico argentino no se limita al CONICET. El INTA —Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria— es reconocido internacionalmente como uno de los centros de investigación agrícola más sofisticados del hemisferio sur, con décadas de trabajo en mejoramiento genético, manejo de suelos, biotecnología aplicada y adaptación al cambio climático. La CNEA —Comisión Nacional de Energía Atómica— acumula más de siete décadas de experiencia en tecnología nuclear, con una cadena de valor nacional que incluye diseño de reactores, fabricación de componentes y exportación de tecnología a través de INVAP. Las universidades públicas —con la UBA a la cabeza, una de las más grandes e históricamente reconocidas del mundo— forman profesionales que compiten en cualquier mercado global. Las Universidades Tecnológicas Nacionales (UTN), distribuidas en todo el territorio, producen ingenieros que conocen la industria local desde adentro. Y la CONEAU garantiza estándares de calidad para el sistema universitario en su conjunto.
Este capital científico-tecnológico es, en términos económicos, un activo estratégico de primer orden. El problema es que Argentina históricamente ha operado sus recursos naturales y su sistema científico como compartimentos estancos: uno para exportar commodities, el otro para publicar papers. La oportunidad que abre el actual contexto global es conectar esas dos esferas en una sola estrategia de desarrollo.
Una alianza nacional para el desarrollo tecnológico-industrial
Si Noruega usó su bonanza petrolera para construir una industria tecnológica de clase mundial —y para fondear un patrimonio intergeneracional que hoy vale más que su PBI—, Argentina debería usar la presente coyuntura para articular una alianza de desarrollo que conecte sus principales activos.
La propuesta no es nueva en teoría, pero sí urgente en la práctica: una gran alianza nacional entre el Estado, el sector agropecuario, el capital petrolero y minero de origen nacional, las universidades públicas, el CONICET, el INTA, la CONEAU, las Universidades Tecnológicas Nacionales y el mundo privado, orientada a generar tecnología aplicada que agregue valor a los recursos que Argentina produce.
¿Qué significaría eso en concreto? Que las empresas que operan en Vaca Muerta financien líneas de investigación aplicada en universidades nacionales sobre materiales, ingeniería de reservorios, eficiencia energética, transición hacia hidrógeno y la energia nuclear. Que el sector agropecuario —uno de los más productivos del mundo— articule con el INTA y las universidades un programa permanente de innovación en biotecnología, agricultura de precisión, manejo hídrico y reducción de huella de carbono. Que las empresas mineras que exploten litio y cobre en el noroeste argentino contribuyan a financiar investigación en baterías, procesos de refinamiento y materiales avanzados, generando capacidades que permitan escalar en la cadena de valor antes de que el ciclo de demanda global cambie de forma. Que las instituciones educativas —desde las universidades nacionales hasta las UTN— tengan financiamiento estable y mandatos claros de articulación con la industria. Que incluso sectores de alta visibilidad como el fútbol profesional —industria que mueve miles de millones de dólares y genera identidad nacional— puedan convertirse en plataformas de financiamiento y promoción internacional de la marca-país y de atracción de inversiones.
La clave no es el modelo de gestión, sino el principio rector: los recursos naturales deben financiar capacidades humanas y tecnológicas, no solo divisas. Y esas capacidades son las que determinan si Argentina en 2040 sigue siendo un exportador de commodities o si logró agregar una capa de valor que la diferencie del resto.
El reactor CAREM y la apuesta nuclear argentina
Uno de los ejemplos más contundentes de la capacidad científico-tecnológica argentina es el proyecto CAREM —Central Argentina de Elementos Modulares—, desarrollado íntegramente por la Comisión Nacional de Energía Atómica.
El CAREM es el primer reactor de potencia diseñado y construido en Argentina. Se trata de un reactor modular pequeño (SMR, por sus siglas en inglés) de 32 MW eléctricos, cuya obra civil en el Complejo Nuclear Atucha superó el 85% de avance. Una de sus características más relevantes desde el punto de vista industrial es que fue concebido con al menos un 70% de componentes de ingeniería nacional, involucrando a empresas argentinas como CONUAR e IMPSA en la fabricación de elementos críticos como los generadores de vapor y los elementos combustibles.²³ En términos de conocimiento aplicado, el CAREM posiciona a Argentina como uno de los pocos países del mundo con capacidad real de diseñar y construir reactores nucleares de manera autónoma.
El debate sobre la viabilidad comercial de escalar ese diseño específico es legítimo y está en curso dentro de la propia CNEA. Lo que no está en discusión es el valor del conocimiento acumulado: décadas de ingeniería nuclear argentina, capacidad de fabricación local, cadena de valor doméstica y expertise que difícilmente se replique desde cero. Ese conocimiento —sumado a la experiencia de INVAP en exportación de reactores de investigación a más de diez países— representa un capital que debería ser central en cualquier estrategia energética argentina de largo plazo, especialmente en un contexto global donde los SMR están siendo evaluados como fuente de energía limpia, confiable y escalable para alimentar centros de datos de inteligencia artificial, plantas industriales y zonas alejadas de los grandes centros urbanos.²⁴
La tecnología nuclear argentina no es solo un logro del pasado. Puede ser uno de los vectores del futuro, si se la protege, financia y articula con la estrategia energética nacional.
Un fondo anticíclico: el mecanismo para no desperdiciar la oportunidad
La experiencia internacional —y la propia historia argentina— enseña que las bonanzas de recursos naturales son, por definición, temporarias y volátiles. Los precios suben, pero también bajan. Los mercados se abren, pero también se cierran. Y los países que gastan la renta extraordinaria en el corto plazo, sin constituir reservas para el futuro, terminan más vulnerables cuando el ciclo cambia.
La propuesta que surge del modelo noruego —y que debería adaptarse a las condiciones argentinas— es la creación de un Fondo Anticíclico financiado por una proporción de la renta extraordinaria generada por la explotación de recursos naturales: petróleo, gas, litio, cobre, y eventualmente otras commodities estratégicas. El mecanismo es directo: cuando los precios internacionales están por encima de un nivel de referencia históricamente definido, el excedente no se gasta en el presupuesto corriente, sino que se acumula en un fondo con reglas de gobernanza transparentes, inversión disciplinada y retiro limitado. En los momentos de caída de precios o crisis externa, ese fondo actúa como amortiguador, permitiendo sostener el gasto en salud, educación, ciencia e infraestructura sin recurrir al endeudamiento externo.
Este fondo debería tener un mandato explícito de financiamiento hacia el sistema científico nacional. Es decir: una porción del capital acumulado debería canalizarse hacia la educacion publica primaria, secundaria, y CONICET, INTA, CNEA, CONEAU, universidades públicas y UTN, garantizando que la inversión en ciencia y tecnología no quede rehén de los ciclos electorales ni de las urgencias fiscales de corto plazo. Así como Equinor firmó acuerdos de investigación con la Universidad de Ciencia y Tecnología de Noruega (NTNU) para financiar soluciones energéticas del futuro,²⁵ las empresas que operen recursos naturales en Argentina deberían tener compromisos formales de contribución al sistema científico-tecnológico nacional como condición de sus licencias de operación.
No se trata de estatizar ni de cerrar la economía. Se trata de reconocer que el capital que viene a explotar los recursos de Argentina —que son, en última instancia, de todos los argentinos— debe dejar algo más que divisas: debe dejar conocimiento, infraestructura, capacidad instalada y un fondo que trabaje para las generaciones que todavía no nacieron.
¿Qué debería hacer Argentina?
La oportunidad no se va a materializar sola. Para transformar un shock externo en una ventaja estructural, Argentina necesita una agenda de inversión concreta, rápida y coordinada. No alcanza con tener recursos naturales. Hay que convertirlos en producción, exportaciones y divisas.
1. Acelerar la infraestructura energética. El primer frente es Vaca Muerta. Argentina necesita ampliar la capacidad de evacuación de petróleo y gas, construir infraestructura portuaria, avanzar con proyectos de GNL y consolidar corredores de exportación. El potencial existe, pero el cuello de botella es físico: ductos, plantas, terminales, caminos, puertos y financiamiento. Cada año de demora implica divisas que no entran, producción que no escala y mercados que pueden ser ocupados por otros proveedores. En energía, la oportunidad tiene fecha de vencimiento.
2. Industrializar el gas y producir fertilizantes. El conflicto también deja una enseñanza clara: depender de fertilizantes importados es una vulnerabilidad estratégica. Argentina tiene gas. Ese gas no debería servir solo para exportarse como molécula o para abastecer el consumo interno. También puede ser la base de una política industrial vinculada a fertilizantes nitrogenados, especialmente urea. Expandir la producción local permitiría sustituir importaciones, reducir la exposición del agro a shocks internacionales y, eventualmente, generar excedentes exportables. Es una forma concreta de conectar Vaca Muerta con la competitividad del campo.
3. Reducir el costo logístico. Argentina puede producir más energía, más granos y más minerales, pero si mover esa producción sigue siendo caro, lento o ineficiente, una parte importante de la ventaja se pierde. La modernización ferroviaria, la mejora de rutas productivas, la expansión de puertos y la infraestructura específica para hidrocarburos y minerales son condiciones básicas para competir.
4. Escalar minería con reglas claras. Litio y cobre pueden convertirse en una nueva fuente estructural de divisas, pero necesitan estabilidad tributaria, seguridad jurídica, infraestructura, acuerdos con provincias, licencia social y estándares ambientales exigentes. La clave no está solo en atraer capital. También está en construir un modelo sostenible que permita sostener inversiones durante décadas.
5. Crear el Fondo Anticíclico y financiar la ciencia. Siguiendo el modelo noruego, Argentina debería constituir un fondo soberano alimentado por la renta extraordinaria de recursos naturales, con reglas de gobernanza transparentes y un mandato explícito de inversión en el sistema científico-tecnológico nacional. El capital que llega a explotar los recursos del país debe contribuir estructuralmente al CONICET, el INTA, la CNEA, las universidades y las UTN.
6. Articular la alianza ciencia- capital-industria-recursos. El Estado, el sector agropecuario, las empresas energéticas y mineras de capital nacional, las universidades, el CONICET, el INTA, la CONEAU y las Universidades Tecnológicas Nacionales deben operar como un sistema integrado de desarrollo, no como actores desconectados. La ciencia argentina de primer nivel mundial —con el CONICET en el puesto 20 del ranking global— no puede seguir desvinculada del ciclo productivo. El modelo a seguir no es el del recurso que se extrae y se va: es el del conocimiento que se acumula, se aplica y se exporta. Esta alianza no puede ser solo retórica. Es, en todo caso, la condición de posibilidad de cualquier otra política: sin un acuerdo nacional que ponga a la educación, la ciencia y la tecnología en el centro de la estrategia de desarrollo —protegidas de los ciclos electorales y financiadas de manera estable— ninguno de los otros seis puntos tiene posibilidades reales de materializarse.
7. Estabilidad macroeconómica como condición de base. Más que apoyar toda la estrategia en un régimen particular, Argentina debería ordenar una arquitectura más amplia: reglas previsibles, contratos respetados, incentivos bien diseñados y coordinación público-privada. Ninguna estrategia funciona si la macro se desordena, si la infraestructura no avanza o si las reglas cambian a mitad de camino. La inversión de largo plazo necesita algo más simple y más difícil: confianza, velocidad de ejecución y continuidad. En ese marco, la experiencia de los países del Sudeste y el Este de Asia ofrece una referencia ineludible. China, Malasia, Corea del Sur y Vietnam —entre otros— sostuvieron décadas de crecimiento acelerado bajo esquemas de gestión cambiaria activa y controles de capital que protegieron a sus economías de las turbulencias financieras externas. La apertura irrestricta de la cuenta capital no fue el camino de los milagros económicos asiáticos: fue la administración estratégica del tipo de cambio y los flujos financieros lo que permitió que la inversión productiva y las exportaciones crecieran sin ser arrasadas por la volatilidad monetaria. Argentina debería incorporar esa lección como parte de su arquitectura macroeconómica de largo plazo.
Entre el riesgo y la ventana histórica
Argentina enfrenta un escenario incómodo, pero también excepcional.
En el corto plazo, una escalada en Medio Oriente puede agravar tensiones financieras, encarecer importaciones, presionar sobre los costos del agro y complicar el acceso al crédito. Con reservas todavía débiles y vencimientos exigentes, el país no tiene margen para subestimar el riesgo.
Pero en el mediano plazo, el mismo shock puede fortalecer el valor estratégico de lo que Argentina produce y puede producir: energía, alimentos y minerales críticos. Pocos países combinan esos tres activos en la escala en que lo hace Argentina.
Y a diferencia de Noruega en 1969 o de Bolivia en la década de 1990, Argentina tiene algo que ninguno de ellos tenía en su momento de partida: un sistema científico-tecnológico maduro, con instituciones de alcance mundial, investigadores de primer nivel y décadas de conocimiento acumulado. Eso es un punto de partida privilegiado. La diferencia entre convertirse en una nueva Noruega o repetir la tragedia boliviana no depende de los recursos que hay bajo el suelo. Depende de la inteligencia, la institucionalidad y la voluntad colectiva con que se los administre.
La diferencia entre crisis y oportunidad dependerá de tres factores: estabilidad macroeconómica, inversión acelerada e infraestructura. El mundo puede abrir la puerta, pero Argentina tiene que cruzarla. Y para eso no alcanza con diagnósticos correctos ni con recursos abundantes. Hace falta ejecutar, rápido, bien y con una estrategia sostenida en el tiempo.
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