sábado, 17 de enero de 2026

Algoritmos en la tierra: el futuro del agro

La IA redefine la manera de sembrar, regar y cosechar. Entre la oportunidad de ser más competitivos y el riesgo de profundizar desigualdades, el agro se juega su destino.

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La seguridad alimentaria ha sido, históricamente, una cuestión de disponibilidad, transporte y precios. En el siglo XXI se convierte también en un problema de tecnología. La población mundial superará los 9.700 millones de personas hacia 2050, lo que exigirá un incremento sustancial en la producción de alimentos. Pero ese aumento deberá lograrse en un contexto de suelos agotados, recursos hídricos limitados y fenómenos climáticos extremos. La pregunta es cómo hacerlo sin devastar el medio ambiente.

La respuesta que ofrecen los centros de investigación y organismos multilaterales se sintetiza en una palabra: innovación. Más específicamente, en la capacidad de la inteligencia artificial (IA) de optimizar procesos productivos, reducir desperdicios y anticipar crisis.

De la revolución verde a la revolución digital

En la década de 1960, la llamada Revolución Verde permitió a países como India y México aumentar radicalmente sus cosechas gracias al uso de semillas híbridas y fertilizantes químicos. Aquella transformación evitó hambrunas masivas, pero tuvo un costo ambiental y social elevado. Hoy, la IA promete un cambio de naturaleza distinta: no se trata de expandir insumos, sino de administrarlos con precisión quirúrgica.

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La agricultura de precisión, apoyada en sensores, drones y algoritmos de aprendizaje automático, permite que cada metro cuadrado de tierra reciba exactamente el agua, el fertilizante y la atención que necesita. El resultado es doble: se mejora el rendimiento y se reduce el impacto ambiental.

La apuesta global

Un informe reciente del Center for Strategic and International Studies (CSIS) subraya que la IA aplicada al agro ya no es un proyecto futurista, sino una realidad que avanza desde Estados Unidos hasta África. Empresas emergentes desarrollan plataformas capaces de predecir rendimientos, detectar plagas antes de que se propaguen y recomendar el momento exacto de siembra o cosecha.

La clave está en los datos. Cada sensor instalado en un campo genera información sobre humedad, nutrientes y crecimiento de los cultivos. La IA procesa esos datos en tiempo real, ofreciendo a los productores un conocimiento que antes solo podía obtenerse tras años de experiencia. En palabras de un productor estadounidense citado en el informe: “El algoritmo sabe más de mi tierra que yo mismo”.

América Latina en el tablero

Para América Latina, y en particular para Argentina, la irrupción de la IA en el agro representa tanto una oportunidad como un desafío. La región es uno de los grandes proveedores de alimentos del mundo. Si logra incorporar masivamente estas tecnologías, podría multiplicar su competitividad y garantizar un lugar estratégico en la seguridad alimentaria global.

El desafío es que la adopción tecnológica requiere infraestructura digital, conectividad y capital humano. Una chacra en la Pampa Húmeda o en Mato Grosso necesita no solo tractores y sembradoras, sino redes 5G, satélites de observación y especialistas en ciencia de datos. Sin ese andamiaje, el riesgo es que la revolución digital reproduzca las desigualdades: grandes productores con acceso a tecnología de punta y pequeños agricultores cada vez más rezagados.

IA y cambio climático

La agricultura es responsable de alrededor del 24% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. Reducir ese impacto es un imperativo. La IA puede contribuir de dos maneras: optimizando el uso de fertilizantes —que generan óxido nitroso, un gas mucho más potente que el CO₂— y mejorando la gestión del agua, un recurso cada vez más escaso.

Además, los sistemas de predicción climática basados en aprendizaje automático permiten anticipar sequías o inundaciones con mayor precisión. Esa información puede ser la diferencia entre una cosecha exitosa y una catástrofe. En regiones como el Cono Sur, donde los ciclos de El Niño y La Niña tienen efectos devastadores, esta capacidad de anticipación es esencial.

Diplomacia de los alimentos

La tecnología agrícola no es solo una cuestión económica: también es geopolítica. Quien controle la capacidad de producir alimentos de manera eficiente y sostenible tendrá una ventaja decisiva en el tablero internacional. China lo ha comprendido y por eso invierte en tierras, biotecnología y plataformas de IA agrícola. Estados Unidos, a su vez, busca consolidar un ecosistema digital que asegure su primacía.

Para países exportadores como Argentina o Brasil, el reto será insertarse en esas cadenas de valor sin perder autonomía. El riesgo es que la dependencia tecnológica sustituya a la dependencia de insumos. La oportunidad es que la región se convierta en socio indispensable en la construcción de la seguridad alimentaria del futuro.

Entre promesa y precaución

Como toda innovación, la IA en el agro despierta también interrogantes éticos y políticos. ¿Quién será dueño de los datos generados en los campos? ¿Las grandes corporaciones tecnológicas o los agricultores? ¿Cómo se protegerá la privacidad en un mundo donde cada hectárea estará monitoreada en tiempo real?

La promesa de una agricultura más productiva y sostenible es indiscutible. Pero el peligro de una concentración tecnológica que margine a productores pequeños también es real. La política pública deberá equilibrar eficiencia con equidad, innovación con inclusión.

El agro del futuro no dependerá solo del clima, la tierra o la experiencia del productor. Dependerá de algoritmos, satélites y sensores capaces de transformar millones de datos en decisiones concretas. La inteligencia artificial, aplicada con criterio, puede ser la clave para garantizar que los nueve mil millones de habitantes del planeta tengan acceso a alimentos seguros y accesibles.

Pero como toda herramienta, la IA no es neutral. Puede reforzar desigualdades o puede contribuir a un orden más justo. Todo dependerá de cómo los países —y en particular los grandes proveedores de alimentos— decidan usarla. El verdadero desafío no es tecnológico, sino político.

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