Gustavo Schutt advierte sobre la mezcla de trabajo, dirección y propiedad en pymes familiares
El consultor especializado en Exit Planning analiza por qué confundir sueldo, honorarios y dividendos deriva en reclamos entre accionistas y familiares, y propone separar las conversaciones sobre roles, política de dividendos y reglas de propiedad para ordenar decisiones y reducir tensiones en la gestión empresaria

En muchas pymes familiares, las fronteras entre quién trabaja, quién dirige y quién es dueño aparecen difusas, y esa superposición suele convertirse en el disparador de conflictos que no se resuelven solo revisando balances. Gustavo Schutt, consultor especializado en Exit Planning, sostiene que la confusión más frecuente se da entre tres dimensiones que conviven en una empresa familiar: trabajo (sueldo), dirección (honorarios) y propiedad (dividendos).
Schutt plantea que cada plano responde a una lógica distinta y que mezclar remuneración por tareas operativas o gerenciales con retribución por gobierno corporativo y con la renta del capital termina distorsionando las conversaciones. “En las pymes familiares, tres conceptos que parecen obvios —quién trabaja, quién cobra dividendos, quién es dueño— suelen vivir mezclados”, afirmó Schutt.
En su análisis, el trabajo implica dedicar tiempo, energía y conocimiento a una función dentro de la organización, ya sea gerencial u operativa. Por ese aporte corresponde un salario, que idealmente debería ser comparable al que la empresa pagaría por un profesional del mismo nivel contratado en el mercado. La discusión, entonces, se centra en responsabilidades, desempeño y condiciones de contratación, con una referencia externa que permite ordenar expectativas.
La dirección, en cambio, se vincula con el rol de integrar el órgano que fija el rumbo, toma decisiones estratégicas y controla la ejecución. Por esa tarea se cobra un honorario como director. En ese marco, Schutt remarca que puede haber directores profesionales externos y que no necesariamente deben ser los mismos dueños de la empresa, una distinción que busca separar el gobierno corporativo de la propiedad del capital.
La tercera dimensión es la propiedad: ser dueño del paquete accionario. Ese estatus otorga derechos políticos, como votar en una asamblea o integrar el directorio, y derechos económicos, entre ellos cobrar dividendos. La empresa genera utilidades (o pérdidas) y distribuye una parte entre quienes aportaron capital, en proporción a su participación. A diferencia del salario, el dividendo remunera el riesgo asumido por haber puesto capital y dejarlo expuesto al negocio. Además, la propiedad puede heredarse, comprarse, venderse o transferirse, independientemente del trabajo cotidiano y de la dirección.
Para ilustrar el problema, Schutt describe un caso típico: tres hermanos heredan una empresa al fallecer el padre. Uno trabaja hace 15 años y hoy es director comercial; otro nunca quiso trabajar allí, eligió otra carrera y vive en otra ciudad; el tercero ingresó hace cinco años en un puesto administrativo. Los tres son accionistas en partes iguales. En ese esquema, el director comercial cobra un sueldo acorde a su puesto, el administrativo cobra menos y quien no trabaja no percibe salario, aunque los tres tienen el mismo derecho a dividendos. “¿Por qué él gana tanto más que yo?”, preguntó el hermano que vive en otra ciudad, según el ejemplo desarrollado por Schutt.
El consultor propone “separar las conversaciones”: por un lado, definir roles, responsabilidades y salarios comparándolos con el mercado; por otro, acordar la política de dividendos —cuándo se distribuyen y qué porcentaje de utilidades se reinvierte— en el directorio; y, en paralelo, ordenar la discusión sobre propiedad, incluyendo continuidad, salida, valuación de participaciones y reglas de transferencia entre familiares y con terceros.
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