La geopolítica presiona y el capital busca tierra firme
Frente al contexto de guerra, crisis energética e inestabilidad, los mercados reaccionaron como de costumbre: con volatilidad. Durante el pico del conflicto en Medio Oriente el barril de crudo llegó a superar los 120 USD y las principales bolsas del mundo registraron fuertes fluctuaciones. A pesar de las correcciones, analistas reconocen una debilidad estructural. Se trata de un escenario que propicia una reconfiguración del clásico “flight to quality” a un "flight to real assets”. Por Marcos Victorica, economista y CEO de BAS Storage

A principios de este año, el Foro Económico Mundial anticipó que a lo largo del 2026 el mundo entraría de lleno en un período caracterizado por la fragmentación y la confrontación. Un pronóstico que fue presentado en la última edición del Global Risks Report, elaborado a partir de una encuesta anual a más de 1.300 líderes y expertos de distintos ámbitos. La escalada del conflicto en el Golfo Pérsico es la prueba más evidente de lo acertado de su análisis.
Lógicamente, el mercado no fue indiferente a la tensión geopolítica. Durante el pico del conflicto, prácticamente todos los indicadores sufrieron alteraciones significativas: el barril de Brent superó los USD 120 tras el cierre del Estrecho de Ormuz, su nivel más alto en años. El S&P 500 llegó a perder alrededor de 8 % desde el máximo de principios de enero y el EuroStoxx 50 cayó más de 7 %. El Nikkei japonés, que hasta entonces lideraba el ranking global de rendimiento en el año, también sufrió retrocesos.
Claro que tras el anuncio del alto al fuego la mayoría de estos índices inició procesos de recuperación. En estas oscilaciones está la clave para entender la tónica que guía al mercado: la volatilidad. Sin embargo, algunos expertos comienzan a advertir señales de un debilitamiento estructural. Bajo esta premisa, recientemente la analista económica Kyla Scanlon publicó un artículo en The New York Times donde señaló algunos problemas de fondo que presenta el universo financiero.
Su tesis principal es que los mercados ignoran la profundidad real del riesgo coyuntural, en tanto la infraestructura de rescate que históricamente garantizó el Estado norteamericano hoy presenta distintos límites. La especialista sugiere que desde el lunes negro de 1987, la Fed intervino en cada crisis financiera para suavizar y corregir las caídas de los activos. A través del recorte de tasas y la inyección de liquidez, el organismo ofició de salvador en un mecanismo que se repitió en distintos episodios de shock hasta el 2020, cuando esta lógica derivó en un crecimiento de la inflación.
El gran problema es que ese método hoy está bloqueado por dos frentes simultáneos: un recorte de tasas agravaría las presiones inflacionarias, mientras que la creciente desconfianza de los tenedores extranjeros de bonos del Tesoro eleva los rendimientos de la deuda soberana y estrecha el margen fiscal para cualquier nuevo programa de rescate.
Frente a estas debilidades, el interrogante que se plantea es hacia dónde se debe mover el capital. Es en este marco que comienza a configurarse un retorno a los activos reales: los recientes máximos históricos del oro, aún con sus oscilaciones de alta intensidad, son tal vez el reflejo más claro de esta dinámica. Pero el movimiento es más amplio e incluye inmuebles, infraestructura y materias primas. También al self-storage, una industria con un valor de mercado de USD 60.000 millones a la que el que Wall Street Journal calificó como “a prueba de recesiones”. Es decir, activos que el contexto no puede licuar de un día para otro.
Análisis recientes de firmas como PIMCO sugieren que, en un entorno de volatilidad persistente, una asignación selectiva a activos reales puede mejorar la resiliencia de los portafolios frente a riesgos inflacionarios y geopolíticos. Una vez más, todo tiende a la huida hacia activos refugio, o flight to quality. Típico reflejo pavloviano del capital ante la incertidumbre. Los números, por su parte, indican que esta tendencia es incluso previa al inicio del conflicto bélico. En 2025, los flujos hacia ETFs de commodities pasaron de USD 1.300 millones a USD 58.000 millones, mientras que prácticamente todos los activos reales generaron retornos sólidos.
Este fenómeno es tan antiguo como el capitalismo moderno, pero cada gran ruptura del orden financiero lo obliga a reinventarse. Ante cada ciclo, la pregunta debe ser qué activos encarnan el proceso. Después de 2008 fue la liquidez; tras la crisis de 2020, la deuda soberana. Hoy, con ambos recursos bajo la lupa, el capital elige volver a tierra firme.
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