El CEO que conduce los destinos de Canadá
Mark Carney intenta gobernar Canadá como una empresa global, un experimento que puede redefinir el futuro económico del país. Por Norberto Luongo, para Revista MERCADO.

Hay líderes que llegan al poder apoyándose en grandilocuentes y promisorios discursos. Otros aterrizan de la mano de ideologías cuidadosamente empaquetadas. El Primer Ministro canadiense, Mark Carney, parece haber elegido diferenciarse por una particular característica: gobernar el país como si hubiera heredado una compañía muy valiosa pero subutilizada, y necesitada de una reestructuración urgente.
No es una metáfora casual. Durante años, Carney transitó los pisos alfombrados de las alta finanzas globales, fue la máxima autoridad ejecutiva de los bancos centrales de Canadá y de Inglaterra, presidió consejos corporativos, y cultivó una red internacional poco habitual para un jefe de gobierno canadiense. Ahora, según coincidentes reportes de diversas fuentes, ha trasladado ese estilo a Ottawa: reuniones rápidas, foco en ejecución, obsesión por atraer capital y una impaciencia visible frente a la lentitud burocrática.
La pregunta que comienza a recorrer Bay Street y Wall Street (los centros bursátiles y financieros de Canadá y Estados Unidos, respectivamente), y también los pasillos de la administración pública canadiense es tan simple como delicada: ¿puede Canadá beneficiarse de una gestión gubernamental en tono empresarial?
Canadá: una potencia sumamente rica, con síndrome de estancamiento
El terreno sobre el que Carney construye su proyecto no es menor. Canadá sigue siendo una de las economías más sólidas del planeta: el segundo país con más extenso territorio del planeta, recursos naturales variados e inmensos —incluyendo la tercera mayor reserva de petróleo del mundo—, un sistema bancario estable que se mantuvo indemne frente a la crisis de las hipotecas que hizo tambalear al sistema financiero estadounidense en 2008, instituciones previsibles, capital humano calificado, y vecindad geográfica con el mayor (por ahora) mercado del mundo.
Sin embargo, desde hace años su economía arrastra los pies: la productividad en general aparecía debilitada, la inversión empresarial perdió impulso, el crecimiento se desaceleró y la dependencia comercial respecto de Estados Unidos comenzó a verse menos como una bendición y más como una vulnerabilidad estratégica: alrededor del 70% de las exportaciones canadienses siguen teniendo como destino a Estados Unidos.
Carney parece haber leído ese diagnóstico como lo haría un banquero frente a una empresa madura: excelentes activos, pero deficiente ejecución.
Datos significativamente alentadores
A pesar de lo dicho, la evaluación que se hace internacionalmente de la situación fiscal del país y de desarrollo a futuro es excepcionalmente buena, y envidiable para muchas otras primeras economías mundiales.
De acuerdo con lo publicado por Bloomberg, el Fondo Monetario Internacional considera a Canadá como el país con la posición fiscal más sólida entre las naciones del G7, lo que le otorga mayor margen que a sus pares para gastar en crecimiento, infraestructura e industrias estratégicas.
El FMI destacó la relativamente baja relación deuda neta/PIB de Canadá —alrededor del 43%— muy por debajo de la de muchos otros países del G7, donde los niveles de deuda se acercan o incluso superan el 100% del PIB. Esto le brinda a Ottawa mayor flexibilidad para responder a shocks económicos.
El FMI también elogió el marco tributario canadiense, especialmente medidas como la ampliación de deducciones por inversiones de capital, señalando que el país se presenta competitivo y atractivo para la inversión.
En materia de crecimiento, el FMI proyecta que la economía canadiense se expandirá 1,5% en 2026, un ritmo superior al de muchas economías avanzadas y por encima de las estimaciones del sector privado.
Por su parte, BBC señala que la actualización de los datos fiscales de Canadá correspondientes a la presente primavera (boreal) mostró un déficit presupuestario 14% menor a lo esperado, favorecido en gran medida por los mayores precios del petróleo y una resiliencia económica más sólida de lo se anticipaba, pese a las amenazas arancelarias y la incertidumbre geopolítica.
Este ahorro permitirá destinar millones de dólares para capacitar a miles de trabajadores calificados y crear el primer fondo soberano de riqueza en la historia de Canadá, el Canada Strong Fund, que invertirá en energía, infraestructura, minería, agricultura y tecnología, con un aporte inicial de capital de CAD $25 mil millones, abierto también a la inversión por parte de los ciudadanos canadienses.
La tesis Carney: capital primero, ideología después
Por eso, Carney no habla tanto en términos clásicos de izquierda o de derecha. Habla de inversión, proyectos, competitividad, corredores comerciales, infraestructura y velocidad.
En abril anunció la primera Canada Investment Summit, con la ambición de catalizar hasta CAD $1 billón (unos 730 mil millones de dólares estadounidenses) en inversión pública y privada durante cinco años. El mensaje es inequívoco: Canadá quiere volver a venderse al mundo como destino de capital serio, estable y rentable.
En paralelo, en el corto período desde su asunción como primer ministro, Carney ya viajó a India, China, Doha, Singapur y otros centros mundiales del poder económico. Firmó acuerdos, recompuso relaciones tensas, y buscó ampliar mercados en momentos en que la relación con Washington se volvió más que áspera en razón de los aranceles y presiones comerciales —eso sin mencionar los declarados deseos de Donald Trump de ver a la nación del Norte convertida en el 51 estado americano.
Carney no se presenta como un cruzado ideológico, sino como un auténtico dealmaker.
El giro energético: pragmatismo sobre principismo
Pocas áreas revelan mejor la naturaleza de este cambio que la energía.
Canadá había oscilado durante años entre aspiraciones climáticas altruistas y dificultades para concretar grandes proyectos extractivos o de transporte de combustibles tradicionales. Carney parece decidido a reconciliar ambas realidades bajo una fórmula pragmática: aprovechar los extraordinarios recursos convencionales mientras se financia la transición futura.
La reciente y acelerada aprobación de la expansión del sistema de gasoductos Westcoast de Enbridge Inc. fue interpretada como una señal contundente de ese nuevo enfoque. El proyecto agrega capacidad relevante para abastecer la ingente demanda vinculada al LNG y diversificar exportaciones.
En lenguaje de mercado: menos dogmatismo, más flujo de caja.
Un gabinete con aroma a boardroom
También cambió el perfil del equipo de trabajo de Carney.
Bloomberg describe al círculo cercano en cual se apoya el Primer Ministro como un gabinete de ex ejecutivos, banqueros, administradores de fondos y figuras acostumbradas a salas de negociación más que a la militancia partidaria o la función administrativa: nombres ligados a Goldman Sachs, grandes fondos de pensión, y poderosas corporaciones canadienses orbitan el nuevo poder.
Para el sector privado, esto suena tranquilizador. Después de años en los cuales muchos empresarios sentían que Ottawa ponía una incómoda distancia con ellos, ahora perciben allí interlocutores que hablan el idioma del retorno sobre capital, del riesgo regulatorio, y de cronogramas de ejecución.
Para otros, en cambio, la novedad genera inquietud: ¿quién representa al ciudadano común en una mesa de financistas y lideres empresariales?
El tête-à-tête con la realidad canadiense
Aquí aparece el verdadero desafío.
Una empresa puede despedir personal, deshacerse de activos, rediseñar procesos y centralizar decisiones con relativa rapidez. Un país, no tanto: normalmente, el gobierno nacional necesita previamente consultar a sus provincias, negociar con las comunidades indígenas, enfrentar litigios en los tribunales, equilibrar intereses regionales, administrar tensiones sociales, enfrentar elecciones y lidiar con sus resultados.
Canadá, además, tiene una estructura federal compleja y una cultura institucional que desconfía de los atajos. Incluso simpatizantes del giro pro-crecimiento advierten que una tal velocidad ejecutiva muy probablemente deberá enfrentar, tarde o temprano, desafíos de normas ambientales, problemas legales y judiciales, competencias provinciales, y demandas de exigencias de consultas previas a decisiones trascendentales.
En otras palabras: el Excel siempre corre más rápido que los procesos democráticos.
Lo que entusiasma a los mercados
Aun con esa tensión, los mercados lucen muy interesados en el nuevo experimento canadiense.
El panel bursátil ha subido con fuerza desde la llegada de Carney, ayudado por commodities firmes, pero también por la expectativa de una agenda más amigable a las inversiones, la producción y distribución de energía en todas sus formas, y el desarrollo de la infraestructura.
El mercado no compra perfección; compra direccionamiento. En ese sentido, la dirección actual aparece clara: destrabar proyectos, diversificar el comercio, atraer capitales, y sacudir a una economía que muchos veían adormecida.
Los desafíos
Por supuesto, todo giro de gran amplitud y a velocidad acelerada conlleva riesgos.
Si los grandes anuncios no se traducen en obras visibles, empleos concretos, mejora del ingreso real y del nivel de vida, la narrativa puede desgastarse rápido. Si el acercamiento pragmático a China, India o Medio Oriente se percibe como cierta relajación en la defensa internacional de los principios democráticos, puede haber un costo político. Si en la ciudadanía llegase a predominar la impresión de que el país se gobierna más para las corporaciones y las mesas financieras antes que para las familias, el encanto tecnocrático podría evaporarse.
La historia de la economía internacional enseña que no se trata de un riesgo aislado y, mucho menos, sin precedentes.
La apuesta de fondo
No obstante, Carney parece comprender muy bien la esencia de este momento histórico: el viejo modelo canadiense —dependencia cómoda de EE.UU., crecimiento moderado, baja ambición estratégica— se revela insuficiente.
El mundo se ha vuelto más duro, más proteccionista, y mucho más competitivo. Frente a eso, propone una respuesta a la altura de las circunstancias, privilegiando la disciplina, el capital, los proyectos y el pragmatismo.
Es una apuesta audaz. También profundamente canadiense en su forma: poco estridente, pero revolucionaria, menos épica y más gerencial.
Conclusión: el país como activo subvalorado
Tal vez esa sea la idea central del “experimento Carney”: ver a Canadá no solo como nación, sino como un activo extraordinario, con inmensas riquezas potenciales tanto en lo material como lo humano, que el mercado global ha venido subestimando, hasta ahora.
Si logra convertir recursos en productividad, estabilidad en inversión, y geografía en poder negociador, podría redefinir el papel económico del país para futuras generaciones.
Para transitar ese camino, el nuevo primer ministro hace aquello que mejor sabe hacer: entrar en una sala, mirar los números de las gráficas, y escudriñar las cartas que tiene en su mano, para convencer a los presentes de que el valor oculto no solo todavía permanece intacto, sino que, además, está listo para desbordar.
Artículos relacionados

Cuando los Imperios Cambian de Manos (Segunda Parte)
Berkshire Hathaway y Apple enfrentan el desafío más difícil de toda gran corporación: sobrevivir a sus leyendas. Por Norberto Luongo para Revista Mercado.

Cuando los Imperios cambian de manos (Primera Parte)
Berkshire Hathaway y Apple enfrentan el desafío más difícil de toda gran corporación: sobrevivir a sus leyendas. Por Norberto Luongo para Revista Mercado.

Argentina escala posiciones en materia de Propiedad Intelectual
El socio de Legales de BDO en Argentina revisa el pasaje del país de la “Lista de Vigilancia Prioritaria” a la “Lista de Vigilancia” del informe que elabora la Oficina del Representante Comercial de los EE.UU., con foco en reformas de patentes, sanciones y el impacto sobre inversiones en sectores farmacéutico y tecnológico

