Cuando los Imperios Cambian de Manos (Primera Parte)
Berkshire Hathaway y Apple enfrentan el desafío más difícil de toda gran corporación: sobrevivir a sus leyendas. Por Norberto Luongo para Revista Mercado.

Hay momentos en el mundo corporativo que trascienden las finanzas y adquieren una dimensión casi histórica. En esos casos, no se trata solamente de balances, capitalización bursátil o resultados trimestrales, sino de episodios que, literalmente, marcan el fin de una era.
Eso es exactamente lo que comenzó a ocurrir este año con dos compañías que, cada una a su manera, definieron el capitalismo estadounidense contemporáneo: Berkshire Hathaway y Apple.
Durante décadas, Warren Buffett y Tim Cook representaron dos modelos de liderazgo corporativo distintos, pero ambos exitosos en una manera literalmente extraordinaria.
Buffett construyó un conglomerado que terminó convirtiéndose en una especie de catedral del capitalismo racional, una institución admirada no solamente por sus resultados financieros sino también por la cultura que creó alrededor de la paciencia, la disciplina y el largo plazo.
Cook, por su parte, tomó la empresa más icónica del siglo XXI tras la muerte de Steve Jobs y logró algo que durante años pareció imposible: no sólo preservar el legado de Apple, sino expandirlo hasta transformar a la compañía en uno de los imperios corporativos más poderosos de la historia moderna.
Ahora ambas empresas se enfrentan a la misma pregunta.
¿Qué ocurre cuando la figura que durante años pareció inseparable de la identidad misma de la compañía deja el escenario?
La cuestión es particularmente fascinante porque Berkshire Hathaway y Apple representan casos casi opuestos. Berkshire fue construida alrededor de la personalidad intelectual de Buffett. Apple, en cambio, aprendió precisamente bajo Tim Cook a institucionalizarse más allá del carisma de Steve Jobs.
Sin embargo, ambas llegan hoy al mismo punto crítico: la sucesión. En ambos casos, además, el momento histórico torna todavía más complejo al desafío.
Berkshire enfrenta un mundo de valuaciones extremas y tensiones geopolíticas, sentada sobre una montaña de efectivo cercana a los 400 mil millones de dólares esperando oportunidades. Apple, mientras tanto, debe navegar la mayor transición tecnológica desde el smartphone: la revolución de la inteligencia artificial.
Los hombres que llegan para tomar las riendas —Greg Abel reemplazando a Buffett y John Ternus a Tim Cook— no son outsiders ni figuras revolucionarias. Son herederos cuidadosamente preparados dentro de culturas corporativas obsesionadas con la continuidad.
Pero precisamente allí reside la dificultad.
Porque suceder a una leyenda no consiste solamente en administrar una empresa. Consiste en convencer al mercado, a los empleados y a los inversores de que el futuro todavía puede ser extraordinario, incluso cuando el fundador del mito ha hecho mutis por el foro.
Parte II: Apple después de Tim Cook
El hombre que heredó una imposibilidad
Cuando Steve Jobs eligió a Tim Cook como su sucesor en 2011 (el año de su fallecimiento), buena parte del mercado reaccionó con escepticismo.
Jobs era el visionario; Cook, “el hombre de la cadena de suministro”.
La comparación parecía injusta desde el principio: ¿cómo podía un ejecutivo operacional reemplazar al que había sido, por lejos, el fundador más carismático y revolucionario de la historia moderna de la tecnología?
Sin embargo, quince años después, la historia corporativa terminó produciendo una de las ironías más extraordinarias del capitalismo contemporáneo.
Tim Cook no sólo logró sostener Apple después de Steve Jobs. Convirtió a Apple en una empresa muchísimo más grande aún.
Cuando Cook asumió como CEO, Apple valía aproximadamente 350 mil millones de dólares. Hoy la compañía ronda los 4 billones. Una inversión de 1.000 dólares en acciones de Apple al comienzo de su gestión se habría transformado hoy en más de 20.000 dólares.
Es difícil encontrar precedentes comparables en la historia corporativa moderna.
Sin embargo, el logro de Cook suele ser subestimado.
Tal vez porque no tenía el magnetismo teatral de Jobs, y porque Apple siguió vendiendo productos creados originalmente durante la era Jobs.
O quizás porque el trabajo de Cook fue mucho más silencioso.
Pero precisamente allí estuvo su genialidad.
De compañía tecnológica a imperio global
Steve Jobs convirtió a Apple en una empresa revolucionaria. Tim Cook la convirtió en un imperio.
Lo hizo expandiendo sistemáticamente el ecosistema alrededor del iPhone. Bajo su liderazgo nacieron o crecieron enormemente Apple Watch, AirPods, Apple Pay y, sobre todo, el gigantesco negocio de servicios.
Ese fue quizás el cambio más importante de toda su gestión.
Cook entendió antes que muchos que el verdadero valor estratégico de Apple no consistía solamente en vender hardware premium. Consistía en construir un ecosistema cerrado, elegante y extremadamente rentable alrededor de cientos de millones de usuarios.
El App Store, iCloud, Apple Music, Apple TV+, Apple Pay, publicidad y suscripciones terminaron convirtiéndose en un negocio que hoy genera más de 100 mil millones de dólares anuales.
En otras palabras, Cook transformó a Apple desde una compañía de productos hacia una plataforma económica global.
Pero además, lo hizo mientras navegaba algunos de los períodos más complejos y desestabilizantes de la economía mundial reciente: tensiones entre Estados Unidos y China, pandemia, disrupciones logísticas, inflación y guerras comerciales.
Aquello que Wall Street inicialmente consideraba un perfil “aburrido” —su obsesión por las operaciones y la cadena de suministro— terminó siendo exactamente lo que Apple necesitaba para convertirse en la máquina corporativa más eficiente del planeta.
La transformación cultural silenciosa
Pero quizás el cambio más profundo de la era Cook fue el menos visible.
Steve Jobs había construido Apple alrededor del producto; Cook la reconstruyó alrededor de la institución.
Bajo Jobs, Apple parecía depender del genio de una sola persona. Bajo Cook, Apple aprendió a funcionar como un sistema.
Eso explica por qué la sucesión actual se percibe mucho menos traumática que la transición Jobs-Cook: John Ternus no llega como un salvador externo.
Llega como producto natural de una estructura corporativa cuidadosamente preparada durante años.
Y eso, precisamente, es uno de los mayores legados de Tim Cook.
Apple también se convirtió en una empresa de medios
Existe además otro aspecto del legado de Cook que suele pasar relativamente desapercibido.
Durante años Apple fue vista exclusivamente como una compañía de hardware, pero bajo Cook también se convirtió en una potencia mediática.
Apple Music, Apple TV+ y toda la estrategia de contenido transformaron gradualmente a Apple en uno de los actores más importantes del entretenimiento global.
Apple Music no fue solamente una respuesta a Spotify. Fue un mecanismo para mantener a los usuarios dentro del ecosistema Apple mucho después de comprar el dispositivo.
Apple TV+, por su parte, adoptó una estrategia muy distinta a la de Netflix. En lugar de inundar el mercado con volumen, Apple apostó por una lógica más cercana a HBO: pocos contenidos, gran calidad y fuerte prestigio cultural.
Series como “Ted Lasso” y “Severance” ayudaron a consolidar la imagen de Apple como actor relevante en Hollywood. Incluso logró algo sin precedentes históricos y cargado de fuerte simbolismo: convertirse en la primera plataforma de streaming en ganar el Oscar a Mejor Película con CODA.
Todo esto demuestra algo muy importante sobre Cook.
A diferencia de la caricatura simplista que durante años lo describió como “el hombre de operaciones”, Tim Cook entendió profundamente cómo expandir el poder cultural y económico de Apple mucho más allá del hardware.
El elogio más calificado posible
En lo que fue la última reunión anual de accionistas de Berkshire Hathaway con Warren Buffett al mando (mayo de 2025), el legendario inversor realizó un inusual reconocimiento, elogiando públicamente a Tim Cook, quien se encontraba entre el público.
Aunque reduciendo significativamente su posición en la compañía durante el último año, Apple continuaba siendo la mayor participación accionaria de Berkshire, valuada en aproximadamente 75 mil millones de dólares.
“Me siento algo avergonzado de decir que Tim Cook le ha hecho ganar a Berkshire mucho más dinero del que yo jamás hice”, dijo Buffett ante la audiencia, en referencia al extraordinario aumento del 680% en las acciones de Apple desde que Berkshire comenzó a adquirirlas a principios de 2016: en 2024, la participación de Berkshire en Apple llegó a valer 174.000 millones de dólares, luego de haber sido adquirida por aproximadamente 40.000 millones a lo largo de varios años.
Buffett también recordó al fallecido Steve Jobs, atribuyéndole la creación de Apple, pero no se privó de agregar que fue Cook quien convirtió a la empresa en lo que es hoy.
“Nadie excepto Steve podría haber creado Apple, pero nadie excepto Tim podría haberla desarrollado de la manera en que él lo hizo”, afirmó.
“Steve eligió a Tim para sucederlo, y realmente tomó la decisión correcta”, concluyó Buffett.
Como si hiciera falta más después de semejantes palabras, en la reunión de accionistas de Berkshire de este año (2026), Buffett pidió a Cook que subiera al escenario para recibir una ovación especial.
¿Acaso alguien podría siquiera soñar con una mejor despedida que esta?
John Ternus y el futuro de Apple
John Ternus no es una figura particularmente conocida para el gran público, y eso, curiosamente, vuelve a recordar la transición Jobs-Cook, cuando muy pocos inversores realmente sabían quién era Cook.
Ternus, por su parte, llega con un perfil técnico mucho más cercano al producto que Cook.
Ingeniero mecánico de formación, pasó más de 25 años dentro de Apple y participó en el desarrollo de múltiples generaciones de iPhone, iPad, Mac, AirPods y Apple Watch. Dentro de la compañía, tiene reputación de ejecutivo extremadamente colaborativo, diplomático y eficaz para ejecutar proyectos complejos.
Su perfil parece diseñado exactamente para el momento actual: Apple necesita volver a parecer una compañía capaz de imaginar el próximo gran dispositivo de la era digital, y Ternus es, ante todo, un hombre de hardware.
Sus principales desafíos son varios.
El primero es convertir a Apple nuevamente en un actor relevante en inteligencia artificial.
El segundo es definir qué viene después del iPhone.
El tercero consiste en demostrar que Apple todavía puede lanzar una nueva categoría de productos verdaderamente transformadora.
Las gafas inteligentes, los dispositivos impulsados por IA y una nueva generación de interfaces conversacionales aparecen como posibles respuestas, pero ninguna está garantizada.
Es entonces allí donde aparece la pregunta más difícil.
¿Puede Apple seguir siendo Apple en una era donde el centro de gravedad tecnológico ya no parece estar en el diseño de hardware premium, sino en modelos fundacionales de inteligencia artificial?
El riesgo de convertirse en una empresa demasiado cómoda
Existe además otro desafío más silencioso.
Tim Cook convirtió Apple en una empresa extraordinariamente eficiente, rentable y disciplinada.
Pero precisamente ese éxito también puede haber vuelto a Apple más conservadora; por eso, algunos analistas sostienen que la compañía necesita volver a asumir riesgos mayores. El problema es que resulta difícil comportarse como una startup rebelde cuando se administra una empresa de cuatro billones de dólares que recompra cerca de 100 mil millones anuales en acciones y funciona como un gigantesco generador de flujo de caja.
El próximo CEO deberá decidir cuánto está dispuesto Apple a sacudirse esa comodidad.
Porque la historia de la tecnología suele castigar con brutalidad a las compañías dominantes que llegan demasiado tarde a una transición de plataforma.
Es eso exactamente lo que convierte este momento en uno de los más delicados de toda la historia moderna de Apple.
Epílogo: La paradoja de las grandes sucesiones
Existe una paradoja fascinante en toda gran transición corporativa.
Las compañías más exitosas suelen ser precisamente aquellas que terminan pareciendo inseparables de sus grandes líderes.
Pero al mismo tiempo, una empresa verdaderamente extraordinaria debería ser capaz de sobrevivir incluso a sus figuras más irrepetibles.
Eso es lo que Berkshire Hathaway y Apple están intentando demostrar ahora.
En ambos casos, además, los sucesores fueron preparados durante años dentro de culturas corporativas obsesionadas con la permanencia. Greg Abel y John Ternus no representan revoluciones, sino continuidad cuidadosamente administrada.
Sin embargo, el mundo alrededor de ambas compañías está cambiando demasiado rápido como para aceptar limitarse solamente a preservar el pasado.
Berkshire enfrenta un capitalismo cada vez más incierto, más tecnológico y más volátil que aquel que Buffett dominó durante décadas.
Apple enfrenta quizás la mayor transición tecnológica desde el nacimiento mismo del smartphone.
Esto significa que tanto Abel como Ternus deberán resolver el mismo dilema.
¿Cómo preservar la esencia de una compañía legendaria sin quedar prisioneros de su propia historia?
Porque el verdadero problema de suceder a una auténtica leyenda no consiste solamente en administrar su legado.
Consiste en demostrar que todavía es posible construir algo nuevo y maravilloso después de que ella haya descendido de su pedestal.
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