Por fin, alguien gana dinero con la energía fotovoltaica

Un emprendedor e inventor norteamericano de origen polaco, Stanford Ovshinski, obtiene ganancia un artefacto de su creación. Es un sistema para fabricar enormes láminas, capaces de generar helioenergía a costos razonables.

6 diciembre, 2006

Le insumió años de trabajo –hoy tiene 85 de edad- y millones de dólares, con una meta: construir una gigantesca máquina que, a su vez, fabrica láminas de un material capaz de generar energía solar. En suma, convertir luz en electricidad.

Ni siquiera en su propia empresa creían que pudiese tener éxito. No obstante, ahora maneja una planta productora que opera a pleno y no da abasto para satisfacer las órdenes de compra. La firma se llama Energy Conversion Devices (ECD) y es la principal fabricante norteamericana de materiales fotovoltaicos que transforman la luz solar.

La compañía es pionera en un sector industrial conocido como FV (en inglés, PV, photo-voltaic). Según proyecciones para 2006, esta actividad facturará US$ 15.000 millones y su tasa de crecimiento es muy alta. Por de pronto, los envíos mundiales de elementos FV, medidos en megavatios de generación potencial instalada, pasaron de 390 en2001 a 1.700 en 2005. Hacia 1991, no subían de treinta megavatios. Son cifras del departamento federal de energía y combustibles.

La gigantesca máquina de ECD tiene el largo de una cancha de fútbol americano, nada menos. Funciona como una inmensa prensa que, en vez de diarios, produce grandes láminas de material FV, colocables en techos de viviendas, instalaciones industriales, etc. El mero aumento de combustibles fósiles y los crecientes riesgos del “efecto invernadero” –exceso de dióxido y monóxido de carbono en la atmósfera- promueva la demanda geométrica de estos materiales.

Durante decenios, la helioenergía –desarrollada por primera vez en Estados Unidos, años 50- se orientaba a un mercado diminuto. Las empresas de ese mismo país lo dominaron hasta fines de siglo, cuando japoneses y alemanes les quitaron la delantera. En este momento, EE.UU. ocupa el tercer lugar en generación de energía solar y China se le acerca velozmente.

La compañía de Ovshinski, inventor de profesión, tiene una lista de espera de seis mese para los pedidos de FV y está construyendo tres megafábricas adicionales. Casi la mitad de la producción se exporta a Alemania, pues sus láminas son más delgadas, baratas y flexibles que las de muchos competidores. De ahí que puedan usarse directamente como membranas para techos.

En el curso del proceso, sus detractores han calificado de marginales o ridículas las ideas del inventor. Desarrollarlas le ha significado millones y, pese al auge de ventas, la firma sufre pérdidas a causa de otros proyectos poco convencionales. Entre ellos, un sistema para almacenar hidrógeno combustible en automotores.

“Eran conceptos diferentes, pero muy interesantes”, recuerda Robert Stempel, que presidía el directorio de General Motors cuando la firma le prestó atención a Ovshinski, en 1993. Al abandonar la compañía, Stempel pasó a encabezar ECD en 1995. Años después, a Casa Blanca incluía la innovación en una lista de tecnologías aptas para superar la addicción nacional a los hidrocarburos.

Los materiales FV adoptan formas diversas, pero tienen algo en común: la luz solar estimula sus estructuras moleculares y atómicas, lo cual genera electricidad. La mayoría de las empresas produce FV partiendo de costosos cristales de silicio y, después, cubre los paneles con láminas protectoras de vidrio. En los años 60, Ovshinski comenzó a trabajar con elementos más baratos, que exigen un volumen relativamente pequeño de silicio. En 1977, su labor con esos materiales le inspiró la idea de fabricar una máquina que produjese películas FV con el grosor del papel.

El objeto consistía en obtener un material FV tan barato que pudiera competir con los combustibles fósiles. Algunas empresas que financiaban sus proyectos acabaron desilusionadas, porque el inventor tardó decenios en construir aquella enorme estampadora de láminas FV. Unas pocas aprendieron a persistir. En 1999, Ovshinski formó una emprendimiento conjunto con Canon USA, subsidiaria de la homónima japonesa (cámaras y fotocopiadoras).Más tarde, Canon vendió su parte a la holandesa Bekaert, que resolvió invertir USD$ 50 millones para construir esa famosa supermáquina.

Por fin, en 2002 la criatura del persistente inventor empezó a funcionar. Poco después, los socios norteamericanos le compraron la parte a los holandeses, por seis millones. En la actualidad, el mercado FV ha crecido tanto que escasea el silencio, una excelente noticia para ECD que, merced a su proceso, emplea relativamente poco esa substancia y puede colocar todas las láminas que estampa.

Le insumió años de trabajo –hoy tiene 85 de edad- y millones de dólares, con una meta: construir una gigantesca máquina que, a su vez, fabrica láminas de un material capaz de generar energía solar. En suma, convertir luz en electricidad.

Ni siquiera en su propia empresa creían que pudiese tener éxito. No obstante, ahora maneja una planta productora que opera a pleno y no da abasto para satisfacer las órdenes de compra. La firma se llama Energy Conversion Devices (ECD) y es la principal fabricante norteamericana de materiales fotovoltaicos que transforman la luz solar.

La compañía es pionera en un sector industrial conocido como FV (en inglés, PV, photo-voltaic). Según proyecciones para 2006, esta actividad facturará US$ 15.000 millones y su tasa de crecimiento es muy alta. Por de pronto, los envíos mundiales de elementos FV, medidos en megavatios de generación potencial instalada, pasaron de 390 en2001 a 1.700 en 2005. Hacia 1991, no subían de treinta megavatios. Son cifras del departamento federal de energía y combustibles.

La gigantesca máquina de ECD tiene el largo de una cancha de fútbol americano, nada menos. Funciona como una inmensa prensa que, en vez de diarios, produce grandes láminas de material FV, colocables en techos de viviendas, instalaciones industriales, etc. El mero aumento de combustibles fósiles y los crecientes riesgos del “efecto invernadero” –exceso de dióxido y monóxido de carbono en la atmósfera- promueva la demanda geométrica de estos materiales.

Durante decenios, la helioenergía –desarrollada por primera vez en Estados Unidos, años 50- se orientaba a un mercado diminuto. Las empresas de ese mismo país lo dominaron hasta fines de siglo, cuando japoneses y alemanes les quitaron la delantera. En este momento, EE.UU. ocupa el tercer lugar en generación de energía solar y China se le acerca velozmente.

La compañía de Ovshinski, inventor de profesión, tiene una lista de espera de seis mese para los pedidos de FV y está construyendo tres megafábricas adicionales. Casi la mitad de la producción se exporta a Alemania, pues sus láminas son más delgadas, baratas y flexibles que las de muchos competidores. De ahí que puedan usarse directamente como membranas para techos.

En el curso del proceso, sus detractores han calificado de marginales o ridículas las ideas del inventor. Desarrollarlas le ha significado millones y, pese al auge de ventas, la firma sufre pérdidas a causa de otros proyectos poco convencionales. Entre ellos, un sistema para almacenar hidrógeno combustible en automotores.

“Eran conceptos diferentes, pero muy interesantes”, recuerda Robert Stempel, que presidía el directorio de General Motors cuando la firma le prestó atención a Ovshinski, en 1993. Al abandonar la compañía, Stempel pasó a encabezar ECD en 1995. Años después, a Casa Blanca incluía la innovación en una lista de tecnologías aptas para superar la addicción nacional a los hidrocarburos.

Los materiales FV adoptan formas diversas, pero tienen algo en común: la luz solar estimula sus estructuras moleculares y atómicas, lo cual genera electricidad. La mayoría de las empresas produce FV partiendo de costosos cristales de silicio y, después, cubre los paneles con láminas protectoras de vidrio. En los años 60, Ovshinski comenzó a trabajar con elementos más baratos, que exigen un volumen relativamente pequeño de silicio. En 1977, su labor con esos materiales le inspiró la idea de fabricar una máquina que produjese películas FV con el grosor del papel.

El objeto consistía en obtener un material FV tan barato que pudiera competir con los combustibles fósiles. Algunas empresas que financiaban sus proyectos acabaron desilusionadas, porque el inventor tardó decenios en construir aquella enorme estampadora de láminas FV. Unas pocas aprendieron a persistir. En 1999, Ovshinski formó una emprendimiento conjunto con Canon USA, subsidiaria de la homónima japonesa (cámaras y fotocopiadoras).Más tarde, Canon vendió su parte a la holandesa Bekaert, que resolvió invertir USD$ 50 millones para construir esa famosa supermáquina.

Por fin, en 2002 la criatura del persistente inventor empezó a funcionar. Poco después, los socios norteamericanos le compraron la parte a los holandeses, por seis millones. En la actualidad, el mercado FV ha crecido tanto que escasea el silencio, una excelente noticia para ECD que, merced a su proceso, emplea relativamente poco esa substancia y puede colocar todas las láminas que estampa.

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