Xi Jinping, la otra visita a Obama
La llegada del Papa enfervoriza a EE.UU. Pero los círculos de poder esperan el arribo del Presidente de China. Dos temas conflictivos son el espionaje cibernético de Beijing y su presencia militar en el mar cercano donde construye islas artificiales.
Es la primera visita de estado de Xi Jinping a Estados Unidos, enfrentará este clima de suspicacias y desconfianzas que reemplazan la colaboración de los últimos tiempos enre los viejos rivales.
Para colmo, China supone ahora un riesgo adicional. Su economía muestra grietas, reduce su crecimiento y sus importaciones. Como locomotora de la economía mundial ha perdido entusiastas, en especial después de las sucesivas caídas bursátiles en Shangai (que provocaron descensos en todo el mundo).
La Reserva Federal lo dijo con todas las letras: no se decidió el esperado aumento de las tasas de interés internas a la espera de una mejora en la economía mundial. Es decir, en la economía china. Hasta aquí llega ahora la interdependencia, sumando otro factor relevante para obstaculizar las relaciones mutuas.
A decir verdad, ninguna visita anterior de un primer mandatario chino fue fácil y aceitada. En 1997, Jian Zemin debió soportar las mayoritarias demostraciones en contra de lo ocurrido en 1989 en la plaza de Tiananmen. A lo que sumaba entonces la colaboración nuclear china con Irán y las permanentes amenazas a Taiwan.
Luego en 2006, fue el turno de Hu Jintao, una excursión accidentada, que los chinos creían "visita de estado", pero que la presidencia de Bush se opuso a caracterizar de esa manera. Esa indefinición, dejó cicatrices que tal vez todavía no se han cerrado.
Finalmente, en 2011, ya en la presidencia de Barack Obama, fue el turno de Hu Jintao. Como las expectativas eran bajas, las cosas anduvieron razonablemente bien, a pesar de las quejas de Washington sobre la situación en las dos Coreas, las relaciones deterioradas de Beijing conb Japón, y el eterno tema de los derechos humanos.
La historia demuestra que hay expectativas diferentes en ambas partes. Los chinos esperan gran recibimiento protocolar, poca sustancia en los temas a discutir y nada de ventilar desacuerdos en público. La oportunidad tal vez no es la mejor.
Sin embargo, puede haber una ventaja. La inmensa atención por la visita papal provocará que le presencia del Presidente chino pase a segndo plano, y si bien eso no es placentero, es mejor que terminar una visita con un fracaso diplomático.
Lo mejor que puede ocurrir es que el encuentro permita tranquilizar a los mercados financieros globales, que tanto lo necesitan. La interdependencia global es manifiesta. Nunca fue más cierto que el aleteo de una mariposa en Beijing provoca un tsunami en el Atlántico. Es posible también que haya avances en la lucha conjunta por lograr mayor ciberseguridad y perseguir y castigar a los hackers.
Lo que conversarán en privado ambos presidentes no se sabe, pero es posible que abarque el programa nuclear de Irán, el conflicto entre Rusia y Ucrania y cómo calmar la tensión en el mar de la China.
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