Nuevo gobierno con agenda densa y sin viento de cola
En un contexto global cada vez más agitado hubo dos noticias poco tranquilizadoras en el último mes.

Una la dio, el pasado viernes el presidente Trump, al licuar los contenidos del posible acuerdo comercial China-EEUU. Son decisiones más parecidas a una puja de poder que a herramientas de política económica racional, según advierte Juan José Llach, en el último Informe Económico Mensual del IAE Business School. Y agrega: No sabemos qué habría pasado sin esos aranceles, pero con ellos las exportaciones de EEUU en el último bienio crecieron 7,3%: fueron superadas por las importaciones (+9,4%) y por el déficit comercial, que saltó 18,8%. Por otro lado, en el último año, las exportaciones de China cayeron 3,2% pero las importaciones se desplomaron 5,7%. En otro orden, el jueves 7 la directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva, informó que la deuda global total, pública y privada, llegó a un récord histórico de 230% del PIB mundial. Eso es 40% por encima de la que existía en 2007, antes de la recesión. Es una bomba de tiempo, la amenaza de cuyo estallido nos acompañará bastante tiempo. En ese marco y tal como se esperaba, la Reserva Federal de los EEUU bajó en octubre, por tercera vez en el año, un cuarto de punto sus tasas de política monetaria para dejarlas entre 1,5% y 1,75%. Esta decisión habría sido impensable con una tasa de desempleo tan baja (3,6%), pero ocurre que la inflación de septiembre fue de sólo 1,3% anual, también la menor en muchos años. Desde la asunción de Trump dijimos que su política económica no necesariamente iba a acarrear una masiva mudanza de capitales desde los países emergentes hacia los grandes centros, lo que significaría valorización del dólar y caída de las materias primas. El dólar está en el mismo valor de hace tres años y las materias primas se han fortalecido. Además, el riesgo de los países emergentes ha disminuido y las bolsas han subido en casi todo el mundo, con excepción de China. Por primera vez en sesenta y ocho años un presidente peronista, Alberto Fernández, asumirá su cargo en un contexto global desfavorable y con los males crónicos de la Argentina: decadencia, inflación, bi-monetarismo, endeudamiento y ajustada situación fiscal. En 1952 Perón lanzó un programa de
shock
que incluyó acuerdos (forzosos) de precios y salarios por dos años, apertura a las inversiones extranjeras, aun en petróleo, y un congreso de productividad. Las circunstancias actuales son distintas, pero también requieren un cambio profundo respecto de las políticas populistas tradicionales para tomar un camino de desarrollo económico inclusivo y sostenible. Más allá de las ideologías, tal es la tarea. No se trata de copiar a un “país modelo” inexistente, sino de inspirarse en las mejores prácticas de los muchos países que lo han logrado.
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