Leonardo Wagner plantea reglas claras para ordenar la transición industrial argentina en 2026

En una columna de opinión, el directivo de Parque Industrial La Bernalesa propone una política industrial centrada en productividad, previsibilidad y evaluación permanente, con foco en infraestructura y crédito accesible para extender a más sectores la disciplina de mercado que hoy rige en agroindustria, energía y minería

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La discusión sobre la industria argentina en 2026 volvió a ubicarse en el centro del debate público, con el rol del Estado, la política industrial y la inserción internacional como ejes. En una columna de opinión, Leonardo Wagner sostiene que el desafío es sostener capacidades productivas sin repetir esquemas que mostraron límites estructurales, y plantea la necesidad de revisar instrumentos, prioridades y objetivos desde el “realismo productivo”.

Para Wagner, el debate ya no pasa por definir si el país necesita industria, sino por precisar su forma y sus condiciones de funcionamiento. “Argentina no discute hoy si necesita industria. Discute qué tipo de industria, bajo qué reglas y con qué horizonte”, afirma. En esa línea, describe la convivencia de “dos realidades industriales” y “dos regímenes productivos distintos”, con impactos diferentes sobre competitividad, inversión y generación de divisas.

Por un lado, ubica a sectores “plenamente integrados al mundo” como la agroindustria, la energía, la minería y sus cadenas de valor asociadas. En ese grupo, identifica operaciones con precios internacionales, disciplina competitiva y estándares tecnológicos globales. También señala que se trata de actividades que conocen sus costos económicos reales, exportan, invierten y generan divisas sin depender de protecciones permanentes.

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En contraste, menciona una parte relevante de la industria que se desarrolló bajo esquemas de fuerte intervención estatal, protección comercial y regulaciones defensivas. Ese entramado, plantea, permitió sostener empleo y actividad durante largos períodos, pero también derivó en baja productividad, escalas ineficientes y dependencia estructural del apoyo público. En su diagnóstico, ese esquema “alimentó fuertemente la economía marginal, conformando un círculo viciado de difícil solución”.

Desde esa caracterización, propone correr la discusión de los extremos. “Una politica industrial moderna no elige entre proteger o abrir, sino entre sostener costos ocultos (tales como protección comercial, subsidios, regulaciones defensivas, distorciones macroeconómicas, etc.) o revelar productividad”, sostiene. También plantea que “las transformaciones productivas exitosas no se construyen con rupturas abruptas ni con protecciones eternas, sino con reglas claras, previsibilidad y evaluación permanente”.

El eje, insiste, no es “Estado versus mercado”, sino “productividad versus costos ocultos”. El desafío pendiente sería extender al resto de la industria las reglas bajo las cuales operan los sectores más competitivos. Para eso, ubica definiciones estratégicas de largo plazo, con medidas que considera inamovibles en el tiempo: mejorar infraestructura —rutas, puertos, vías navegables y redes de energía— e implementar un sistema de crédito accesible.

Wagner plantea que el reordenamiento del tejido industrial requiere “arbitraje del Estado”, entendido como un rol estratégico y no como intervención permanente. “El Estado coordina y evalúa. El Mercado debe disciplinar y asignar”, resume. En ese marco, sostiene que el problema no se explica por el costo de salarios, sino por una “exigua productividad sistémica”, y propone generalizar el régimen de incentivos “con gradualismo, inteligencia y responsabilidad social”.

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