Hugo Chávez, crónica de una muerte anunciada

La continuidad del régimen dependerá de la calidad de gestión del nuevo liderazgo, en momentos en que el país atraviesa por una muy difícil situación económica. Había sido reelecto pero no hubo la formal juramentación del cargo, lo que ahora provocará interminable polémica sobre si es legítimo que el vicepresidente Maduro complete el periodo para el que fue electo Chávez o si habrá que ir a nuevas elecciones presidenciales.

Gran incógnita sobre el futuro de Venezuela
No será Gabriel García Márquez quien relate el final de la vida del gran taumaturgo, pero tal vez no haga falta mucha dosis de realismo mágico. Los últimos meses y semanas del comandante Hugo Chávez, Presidente de Venezuela, alimentarán las leyendas populares, las críticas opositoras y los amores de un pueblo que lo siguió con total lealtad. 
Le faltaba poco para llegar a los 59 años (los hubiera cumplido el próximo 28 de julio). El humilde hijo de Sabaneta, en la zona oriental del país, que hizo una carrera militar que se hizo notoria cuando comandó un golpe de estado contra el presidente Carlos Andrés Pérez de Acción Democrática, conoció la cárcel, profundizó lecturas y se lanzó, tras su liberación,  a la gran aventura política.

Algo poco conocido de la vida de Chávez es que siendo un joven oficial descubrió otra vocación que sería decisiva luego en su perfil carismático, encantador de multitudes: el teatro. Estudió escena y tal vez buena parte de los matices de su voz y de su lenguaje gestual provenían de lo aprendido en esa época.

Tras el golpe de estado abortado de 1992, el gobierno constitucional cometió un grave error: aceptó una sola condición del joven comandante rendido. Lo dejó hablar por cadena nacional explicando lo que había ocurrido. Fue un mensaje distinto, alejado de los patrones de los dos grandes partidos políticos tradicionales: los socialdemócratas de AD, y los socialcristianos de COPEI. Una voz apasionada que fustigaba a la corrupción reinante y prometía el retorno a una edad de oro donde el patriotismo y las convicciones morales debían campear.
Causó una profunda impresión, y no solo entre los pobres y faltos de educación. La cultivada clase media sintió el impacto emocional del mensaje de un militar golpista.
Fue una verdadera bomba de tiempo que explotó varios años después y que le permitió llegar a la primera magistratura de su país — en 1999- en elecciones libres, y enterrar al sistema bipartidista que había durado más de medio siglo, con su movimiento de la Quinta República y otras organizaciones aliadas.
Luego transcurrió una década a ritmo vertiginoso. Obtuvo el control total de la industria petrolera venezolana y en especial de la estatal PDVSA; cambió el nombre de su país (que pasó a llamarse República Bolivariana de Venezuela, en obvia alusión al Libertador Simón Bolívar); fue depuesto brevemente por un golpe de estado (2002) y repuesto con más poder que antes en la sede presidencial de Miraflores. Entre tanto no desperdició oportunidad de oponerse a Estados Unidos (el gran Satán) y de aproximarse al solitario gobierno de los hermanos Castro en la isla de Cuba. 
Se hizo tiempo para cambiar la constitución del país,  alterar en su favor el equilibrio de poder con el Poder Legislativo y el Judicial. En 2004, un referéndum  consagró su derecho a terminar su mandato y validar las reformas efectuadas hasta entonces.
Mientras aumentaba su cuestionamiento, en todos los frentes y latitudes, contra Estados Unidos, consolidaba lazos con el régimen cubano, a quien le prestó decisiva ayuda. El petróleo venezolano reemplazó lo que antes fue el concurso soviético para mantener a flote la economía de la isla.
En tanto, su activismo continental le permitió contar con fuertes apoyos regionales como en el caso de Ecuador y Bolivia, y en menor extensión de la Argentina. Los países del Caribe y Centroamérica –beneficiarios de una generosa política de suministro petrolero- mantuvieron un silencioso apoyo durante todos estos años.
En la región latinoamericana, en Ãfrica, en Medio oriente, e incluso en la distante Asia, Venezuela bajo su mando tuvo una presencia que no condice con el verdadero peso específico del país. Hoy su principal cliente petrolero es China, un aliado singular.
Desde junio de 2011, el infatigable activista tuvo que enfrentar y soportar un cáncer que lo obligó a por lo menos, cinco operaciones importantes y a largos tratamientos con quimioterapia incluida.
En diciembre pasado, nombró a su flamante vicepresidente Nicolás Maduro, como su sucesor. Había sido reelecto pero no hubo la formal juramentación del cargo, lo que ahora provocará interminable polémica sobre si es legítimo que Maduro complete el periodo para el que fue electo Chávez o si habrá que ir a nuevas elecciones presidenciales.
En todo caso, la continuidad del régimen dependerá de la calidad de gestión del nuevo liderazgo, en momentos en que el país atraviesa por una muy difícil situación económica que puede obligar a reducir muchos de los generosos gastos a que el gobierno de Chávez tenía acostumbradas a las masas populares. Se inicia una etapa de incertidumbre y de desenlace difícil de pronosticar.
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