Fernando Esperon analiza 30 años del Sistema de Riesgos del Trabajo en ArgentinaTreinta años de aprender a proteger
Por Fernando Esperon, Gerente General de Asociart ART

Cuando el Sistema de Riesgos del Trabajo comenzó a funcionar hace tres décadas, la pregunta central era una sola: ¿cómo reparar el daño después del accidente? El sistema heredado descargaba la responsabilidad sobre el empleador, los seguros eran opcionales e indemnizatorios, y la cobertura alcanzaba solo a una parte de los trabajadores registrados.
La creación del nuevo sistema introdujo un cambio estructural. Se estableció un esquema obligatorio e integral que no solo brindó cobertura a todos los trabajadores registrados, sino que incorporó prestaciones médicas, rehabilitación, recalificación profesional y, por primera vez, acciones concretas de prevención como parte constitutiva del sistema.
Treinta años después, la conversación es completamente distinta. Hoy hablamos de entornos laborales más seguros, de cultura preventiva, de tecnología aplicada a la gestión de riesgos y de capacitación permanente. Los resultados reflejan esa evolución: la siniestralidad laboral se redujo un 54%, los fallecimientos laborales descendieron un 79% y el sistema brinda cobertura a más de 9 millones de trabajadores en todo el país.
Pero la transformación más profunda no está en las estadísticas. Está en cómo aprendimos a pensar la seguridad laboral.
Durante años, el riesgo se abordaba de forma acotada y reactiva. Con el tiempo, se consolidó un modelo integral basado en el análisis permanente de riesgos, la incorporación de tecnología, la atención médica y la rehabilitación. Hoy, miles de organizaciones integran estas herramientas en su gestión cotidiana, no solo como una obligación, sino como una estrategia para cuidar a las personas.
Al mismo tiempo, la Argentina también cambió. La de 2026 es muy distinta a la de 1996. Sectores como la minería y la energía adquirieron mayor protagonismo, la digitalización transformó prácticamente todas las industrias y aparecieron modalidades de trabajo que hace treinta años eran impensadas.
Sin embargo, hay algo que permanece. Los principales riesgos laborales siguen siendo, en esencia, los mismos: caídas, golpes, lesiones musculares o accidentes de tránsito. Lo que cambió fue nuestra capacidad para anticiparlos. La tecnología, las simulaciones, el análisis de datos y la ergonomía permiten hoy identificar riesgos antes de que se conviertan en accidentes.
Pero la tecnología, por sí sola, no alcanza. Una verdadera cultura preventiva sigue dependiendo del compromiso de las organizaciones y de las personas que las integran.
Mirar estos treinta años también significa reconocer desafíos que todavía están pendientes. El sistema logró reducir los accidentes y los fallecimientos laborales, pero esa evolución no siempre encuentra un correlato en la litigiosidad. Es una distorsión que genera tensiones y exige seguir fortaleciendo los criterios técnicos sobre los que se apoya el sistema. En ese camino, provincias como Santa Fe y Córdoba avanzaron en mecanismos de evaluación y resolución que muestran que es posible mejorar su funcionamiento sin perder de vista el objetivo central: proteger a los trabajadores.
Al mismo tiempo, el mundo del trabajo seguirá cambiando. La automatización, la digitalización, las nuevas modalidades de empleo y la incorporación progresiva de colectivos que hoy desarrollan actividades con riesgos similares a los de los trabajadores cubiertos exigirán que el sistema continúe evolucionando. La capacidad de adaptación será, una vez más, una de sus principales fortalezas.
Treinta años después, la principal enseñanza permanece vigente: los mejores resultados se alcanzan cuando la prevención, la atención médica, la rehabilitación y la reparación dejan de pensarse por separado y forman parte de un mismo sistema de protección. Ese fue el espíritu con el que nació el Sistema de Riesgos del Trabajo y seguirá siendo el desafío hacia adelante: acompañar la transformación del mundo laboral sin perder de vista aquello que le da sentido desde su origen: cuidar a quienes trabajan.
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