Crudos: ¿seguirá el alza? ¿tendrá consecuencias geopolìticas?

Casi todos esperan US$ 120/130 por el WTI en corto plazo. Además, la Agencia Internacional de Energía teme que la demanda china e india se acentúe. Pero las petroleras ya no se ven tan felices con tejanos en 107/110 y Brent en 105/8.

28 marzo, 2008

Un nuevo informe sobre perpectivas difundido por la AIEC convalida la impresión reinante en el negocio: los crudos referenciales (Brent, tejanos intermedios) rozaran los US$ 110/115 en cualquier momento. En ambos casos, quedarán diez dólares por encima del récord histórico a dólares constantes, o sea deflacionados, que oscila entre US$ 102 y 108 el barril.

“El veloz crecimiento de los productos brutos internos chino (11,5% anual) e indio (9%) ha elevado sus necesidades de hidrocarburos mayormente importados”, señala el documento. Esta entidad es una especie de “lobby” de economías centrales. “El ritmo expansivo presiona sobre esa demanda e, indirectamente, afecta las importaciones de los países desarrollados no petroleros”.

Si esos gobiernos se aferran a sus actuales políticas de combustibles fósiles (no de “energía”, que es otra cosa), “los requerimientos globales de hidrocarburos habrán subido más de 50% sobre los actuales hacia 2030”, en un contexto de agotamiento más marcado. En cuanto al mercado, los futuros petroleros han saltado casi 75% y tocaron máximos de US$ 111 hace pocos días. Pero, como parte de este alza refleja el derrumbe del dólar, cada día más socios de la OPEP presionan para substituirlo por una canasta euro-dólar-yen.

Para la AIEC, empero, esta onda alcista no ha perjudicado el crecimiento de los PBI centrales al grado de los años 70, una conclusión asaz debatible. Pero sí lo hace con los PBI de grandes economías en desarrollo, esencialmente China, India y Vietnam. En otro plano, las aerolíneas comerciales norteamericanas también descuentan un aumento de combustibles refinados, todavía mucho más baratos que en la Eurozona.

Los costos geopolíticos son de sobra conocidos. No hacía falta el reciente descubrimiento de grandes reservas en Brasil y Malvinas para subrayarlos. Por ejemplo, Rusia, Irán y Venezuela podrán seguir riéndose de las casi ingenuas presiones estadounidenses en el plano militar, diplomático o nuclear. Ni hablar si la crisis pakistaní desemboca, como hace 28 años en Tehrán, en un régimen fundamentalista.

El presidente saliente de Rusia, Vladyímir Putin, felizmente un laico, logró que la Dumá suspendiese la participación de Moscú en el tratado europeo sobre fuerzas convencionales. Al margen de la reacción estadounidense, los aliados europeos –salvo Francia, Noruega y Gran Bretaña- dependen del gas natural ruso.

En tan complejo tablero, la situación de las grandes petroleras privadas es ambigua. Por un lado, el alza de precios ya no les reporta tantas utilidades, pues también aumentan los costos de extracción, refinamiento y, cuando la encaran, exploración. Por el otro, la actual bonanza en hidrocarburos parece beneficiar más a empresas estatales o paraestatales, como indica el caso brasileño.

Ahora bien ¿qué efectos tiene el nuevo mapa mundial de hidrocabrusos en Argentina? Tradicionalmente considerada “país con petróleo, pero no país petrolero”, la república –hoy- podría ir modificando esa idea, así como lo hizo Brasil, que importaba crudos hasta no hace mnchos años.

Esto tiene una nada desdeñable carga geopolítica: las reservas submarinas brasileñas, como las malvinenses, están en aguas profundas. Vale decir, más allá de la plataforma continental, en mares difíciles. Observado la cuadrilla marcada por áreas donde operan Brasil (socio clave del Mercosur) y Gran Bretaña vía Malvinas, es fácil notar que cualquier plan argentino de cateo o exploración tocará áreas británicas antes que brasileñas.

Por supuesto, no litigios con Brasil. Por el contrario, Gran Bretaña –inducida probablemente por Estados Unidos- planteó a fines de 2007 potenciales reivindicaciones sobre la faja oceánica hasta los mil metros de profundidad. Al sur del paralelo 40, ello significa elevar de 200 –plataforma epicontinental- a 375 millas la eventual zona soberana y, en especial, económica.

Londres plantea dos cosas: extender esa faja mucho más allá de lo que permite el derecho internacional en aguas abiertas y transgredir el tratado antártico. Fruto del año geofísico internacional de 1959, el primer acuerdo (1960) ya desconocía el ejercicio de toda soberanía más allá del círculo polar (60º sur). Ahora, la nueva postura británica irrumpe en esa zona vía proyección de la zona alrededor de Malvinas, Georgias, Sándwich, etc.

Pero todo esto tiene una motivación tan ajena a la región como cercana al extremo norte del planeta. En efecto, a mediados de 2000 nadie menos que Rusia amplió hacia el noroeste –rozando el polo- su área económica exclusiva. Primero, para explorar vastas reservas submarinas de gas natural. Segundo, para refirmar el “status” cerrado del océano glacial ártico. Esto puso nervioso a Estados Unidos, por lo cual Washington impulsó a Gran Bretaña y sus pretensiones antárticas.

Un nuevo informe sobre perpectivas difundido por la AIEC convalida la impresión reinante en el negocio: los crudos referenciales (Brent, tejanos intermedios) rozaran los US$ 110/115 en cualquier momento. En ambos casos, quedarán diez dólares por encima del récord histórico a dólares constantes, o sea deflacionados, que oscila entre US$ 102 y 108 el barril.

“El veloz crecimiento de los productos brutos internos chino (11,5% anual) e indio (9%) ha elevado sus necesidades de hidrocarburos mayormente importados”, señala el documento. Esta entidad es una especie de “lobby” de economías centrales. “El ritmo expansivo presiona sobre esa demanda e, indirectamente, afecta las importaciones de los países desarrollados no petroleros”.

Si esos gobiernos se aferran a sus actuales políticas de combustibles fósiles (no de “energía”, que es otra cosa), “los requerimientos globales de hidrocarburos habrán subido más de 50% sobre los actuales hacia 2030”, en un contexto de agotamiento más marcado. En cuanto al mercado, los futuros petroleros han saltado casi 75% y tocaron máximos de US$ 111 hace pocos días. Pero, como parte de este alza refleja el derrumbe del dólar, cada día más socios de la OPEP presionan para substituirlo por una canasta euro-dólar-yen.

Para la AIEC, empero, esta onda alcista no ha perjudicado el crecimiento de los PBI centrales al grado de los años 70, una conclusión asaz debatible. Pero sí lo hace con los PBI de grandes economías en desarrollo, esencialmente China, India y Vietnam. En otro plano, las aerolíneas comerciales norteamericanas también descuentan un aumento de combustibles refinados, todavía mucho más baratos que en la Eurozona.

Los costos geopolíticos son de sobra conocidos. No hacía falta el reciente descubrimiento de grandes reservas en Brasil y Malvinas para subrayarlos. Por ejemplo, Rusia, Irán y Venezuela podrán seguir riéndose de las casi ingenuas presiones estadounidenses en el plano militar, diplomático o nuclear. Ni hablar si la crisis pakistaní desemboca, como hace 28 años en Tehrán, en un régimen fundamentalista.

El presidente saliente de Rusia, Vladyímir Putin, felizmente un laico, logró que la Dumá suspendiese la participación de Moscú en el tratado europeo sobre fuerzas convencionales. Al margen de la reacción estadounidense, los aliados europeos –salvo Francia, Noruega y Gran Bretaña- dependen del gas natural ruso.

En tan complejo tablero, la situación de las grandes petroleras privadas es ambigua. Por un lado, el alza de precios ya no les reporta tantas utilidades, pues también aumentan los costos de extracción, refinamiento y, cuando la encaran, exploración. Por el otro, la actual bonanza en hidrocarburos parece beneficiar más a empresas estatales o paraestatales, como indica el caso brasileño.

Ahora bien ¿qué efectos tiene el nuevo mapa mundial de hidrocabrusos en Argentina? Tradicionalmente considerada “país con petróleo, pero no país petrolero”, la república –hoy- podría ir modificando esa idea, así como lo hizo Brasil, que importaba crudos hasta no hace mnchos años.

Esto tiene una nada desdeñable carga geopolítica: las reservas submarinas brasileñas, como las malvinenses, están en aguas profundas. Vale decir, más allá de la plataforma continental, en mares difíciles. Observado la cuadrilla marcada por áreas donde operan Brasil (socio clave del Mercosur) y Gran Bretaña vía Malvinas, es fácil notar que cualquier plan argentino de cateo o exploración tocará áreas británicas antes que brasileñas.

Por supuesto, no litigios con Brasil. Por el contrario, Gran Bretaña –inducida probablemente por Estados Unidos- planteó a fines de 2007 potenciales reivindicaciones sobre la faja oceánica hasta los mil metros de profundidad. Al sur del paralelo 40, ello significa elevar de 200 –plataforma epicontinental- a 375 millas la eventual zona soberana y, en especial, económica.

Londres plantea dos cosas: extender esa faja mucho más allá de lo que permite el derecho internacional en aguas abiertas y transgredir el tratado antártico. Fruto del año geofísico internacional de 1959, el primer acuerdo (1960) ya desconocía el ejercicio de toda soberanía más allá del círculo polar (60º sur). Ahora, la nueva postura británica irrumpe en esa zona vía proyección de la zona alrededor de Malvinas, Georgias, Sándwich, etc.

Pero todo esto tiene una motivación tan ajena a la región como cercana al extremo norte del planeta. En efecto, a mediados de 2000 nadie menos que Rusia amplió hacia el noroeste –rozando el polo- su área económica exclusiva. Primero, para explorar vastas reservas submarinas de gas natural. Segundo, para refirmar el “status” cerrado del océano glacial ártico. Esto puso nervioso a Estados Unidos, por lo cual Washington impulsó a Gran Bretaña y sus pretensiones antárticas.

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