Crisis global sí, pero no de globalización
La distinción, importante, la hace Robert Armstrong en el Financial Times.

Es necesario aclarar qué tipo de crisis es la que está generando el coronavirus, dice Armstrong. Tiene la potencialidad de generar daño humano y económico a nivel mundial. Pero no es el resultado de una falla en la organización de la economía mundial o de la forma en que las personas, los bienes o el dinero se mueven por el mundo. O sea que es una crisis global pero no una crisis de globalización. La distinción es importante porque si los políticos y los empresarios sacan una conclusión equivocada de esta crisis, el mundo estará menos preparado para la próxima. Cuando el Covid-19 todavía parecía un problema chino y no mundial, Wilbur Ross, secretario de comercio de Estados Unidos, dijo que el virus, lamentable como era, ayudaría a acelerar el retorno de puestos de trabajo a Estados Unidos. Cuando la economía del mundo se interpreta como un juego de suma cero, la pérdida de un país es la ganancia de otro. Para Peter Navarro, asesor comercial de Donald Trump, el virus demuestra “que no podemos depender de otros países, ni siquiera de los aliados, para aprovisionarnos de los productos que necesitamos”. La mejor respuesta a cualquier peligro, según su visión, es levantar el puente levadizo de la economía. Lo que más sorprende es que no es solamente la administración Trump la que hace esta interpretación. El virus ha revelado los costos escondidos y la fragilidad de las cadenas de suministro globales generando una reacción en contra de la globalización. Por ahora esa reacción se ve solo en políticos y expertos. Las empresas siguen viendo las ventajas de una economía global y los consumidores se siguen beneficiando. En cuanto a impacto, el coronavirus se equipara con el terremoto del Fukushima, el accidente nuclear de Chernóbil y la guerra comercial entre Estados Unidos y China. Lo que tienen en común es que muestran los peligros de las cadenas de suministro demasiado concentradas, no de las internacionales. Fukushima demostró hasta qué punto la cadena de suministro de microchips dependía de Japón. Luego los grandes clientes advirtieron los riesgos y viraron hacia Taiwán. Lo que no hicieron fue recurrir a la producción doméstica de chips. Eso habría sido un error. Los microchips son el ejemplo perfecto de cómo la especialización local, desparramada por el mundo, crea mejores productos de lo que es posible en un determinado lugar. Los mejores equipos para fabricar chips provienen de Holanda; los mejores diseños de chips, de Estados Unidos; las mejores fundiciones están en Taiwán. Tampoco deberían aceptar las empresas la tesis de Navarro, que todos los peligros vienen de afuera. Lo demuestra una y otra vez la vulnerabilidad a los huracanes e inundaciones que tiene Estados Unidos. La próxima crisis podría comenzar en cualquier parte.
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