SLS: el cohete heredero del shuttle que ya está llevando astronautas hacia la Luna

Artemis II despegó con éxito el 1° de abril de 2026, pero la misión sigue en curso. El Space Launch System, construido con tecnología y proveedores de la era de los transbordadores, ya entró en su primera operación tripulada de espacio profundo y quedó en el centro del regreso lunar de la NASA.

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El SLS, sigla de Space Launch System, no nació como un programa completamente nuevo. Fue la respuesta de la NASA y del Congreso de Estados Unidos al vacío que dejó el retiro del programa Space Shuttle en 2011. A partir de ese cierre, la agencia debió redefinir su estrategia de exploración tripulada más allá de la órbita baja. En ese proceso sobrevivió la cápsula Orion y tomó forma un lanzador pesado pensado para sostener el programa Artemis. 

La singularidad del SLS está en su ADN industrial. La NASA explica que cada configuración del vehículo usa una etapa central con cuatro motores RS-25 y dos propulsores laterales sólidos de cinco segmentos. Esos elementos derivan de la experiencia acumulada durante la era de los transbordadores, lo que convierte al cohete en una continuidad tecnológica del programa anterior más que en una ruptura completa. 

Esa herencia ayuda a entender por qué el SLS suele ser presentado como una pieza de la “vieja” industria espacial estadounidense. No se trata de un sistema obsoleto, sino de un vehículo concebido bajo una lógica clásica: respaldo estatal, contratistas históricos y una cadena industrial distribuida en torno de un objetivo estratégico. En esa arquitectura conviven la NASA, grandes proveedores aeroespaciales y la infraestructura heredada del ciclo del shuttle. 

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Del fin del shuttle al programa Artemis

Cuando terminaron los transbordadores, Estados Unidos perdió su capacidad propia de enviar astronautas al espacio con un sistema nacional operado por la NASA. Durante años dependió de las Soyuz rusas para llegar a la Estación Espacial Internacional, hasta que los vuelos tripulados comerciales empezaron a cubrir esa función en órbita baja. Pero la estrategia lunar siguió otro camino: la NASA reservó para Artemis un gran lanzador estatal, capaz de enviar la nave Orion hacia el entorno lunar. 

Ese contraste es central. Mientras la órbita baja pasó a apoyarse en esquemas más comerciales, la exploración profunda conservó una lógica tradicional. El SLS no fue diseñado para competir en frecuencia de lanzamientos ni en costos con los cohetes privados. Su función es otra: poner en trayectoria lunar una nave tripulada de gran porte y abrir el primer tramo de la arquitectura Artemis. La variante Block 1, utilizada en Artemis I y Artemis II, puede enviar más de 27 toneladas métricas hacia la Luna. 

La arquitectura del programa incluye, además, un aporte europeo decisivo. Orion opera junto con el European Service Module, que suministra agua, aire, electricidad, propulsión y control térmico. La ESA ya informó que el ESM-4 está listo para Artemis IV, una señal de que el programa fue concebido como una secuencia de misiones y no como un hecho aislado. 

El vuelo que cambió el estatuto del SLS

Hasta 2022, el SLS era un proyecto marcado por demoras, revisiones y sobrecostos. Artemis I cambió parte de esa percepción al validar el sistema SLS-Orion en un vuelo no tripulado alrededor de la Luna. Pero quedaba pendiente la prueba central: volar con astronautas a bordo. Esa instancia llegó el 1° de abril de 2026, cuando la NASA lanzó Artemis II desde el Centro Espacial Kennedy con Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen. 

Ese dato obliga a una precisión editorial. Artemis II no concluyó todavía. La misión sigue en desarrollo. Lo que ya ocurrió fue el lanzamiento exitoso del SLS con tripulación, un cambio fundamental para la historia del programa. La NASA define a Artemis II como un vuelo tripulado de aproximadamente diez días y lo presenta como el primer sobrevuelo lunar tripulado en más de 50 años. 

La misión avanzó además con hitos técnicos relevantes. El 2 de abril, la NASA confirmó que Orion completó la maniobra de inyección translunar tras un encendido de su motor principal de cinco minutos y 50 segundos. Con esa maniobra, la nave abandonó la órbita terrestre y quedó en trayectoria hacia la Luna. La formulación correcta, por lo tanto, no es que el SLS “ya llevó astronautas alrededor de la Luna”, sino que “ya está llevando astronautas en una misión lunar que continúa en curso”. 

Un cohete del pasado para una misión del futuro

La historia del SLS conserva una paradoja que explica buena parte de su peso simbólico. Es el vehículo elegido para abrir una nueva etapa de exploración lunar, pero fue construido con motores, conocimientos y estructuras industriales heredadas del programa anterior. Mira hacia el futuro, aunque está apoyado en la memoria material del shuttle. 

Esa combinación también explica el debate que rodea al programa. El lanzamiento de Artemis II no elimina las preguntas sobre costos, ritmo de producción o sostenibilidad presupuestaria. Pero sí modifica el eje de discusión. Ya no se trata de preguntarse si el SLS puede despegar con astronautas. Eso ya ocurrió. La cuestión ahora es si este modelo, basado en una gran herramienta estatal, podrá sostener las próximas etapas del regreso humano a la Luna en un mercado espacial cada vez más condicionado por soluciones comerciales más flexibles. Esa discusión seguirá abierta aun cuando la misión actual complete su regreso. 

En términos históricos, el SLS funciona como un puente entre dos épocas. Por un lado, prolonga la tradición de la NASA industrial y de los programas públicos de gran escala. Por otro, inaugura la fase operativa de Artemis con una misión tripulada que sigue su curso hacia la Luna. El cohete ya dejó de ser una promesa. Pero su historia, como la de Artemis II, todavía se está escribiendo. 

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