Orbith, la empresa argentina que quería competir con Starlink, en problemas
Holdsat S.A., controlante de Orbith, presentó ante la CNV el balance del ejercicio cerrado el 31 de octubre de 2025. Las cifras describen un deterioro significativo que la propia compañía reconoce. La situación se inscribe en una transformación global de la industria satelital, pero el caso argentino tiene una particularidad. Orbith no es una start-up. Es una empresa con años de operación en un segmento que la tecnología desplazó. Y, a diferencia del resto del sector argentino, su evolución se puede leer en tiempo real.

Hubo un momento en que Orbith representó una rareza dentro del negocio satelital latinoamericano. Una compañía argentina, con capital privado local, construyó un operador de conectividad rural sobre infraestructura espacial. El proyecto, conducido por su CEO Pablo Mosiul, era ambicioso. Zonas aisladas conectadas, expansión regional, servicios corporativos, un satélite propio en planificación.
Los balances de 2025 muestran que la empresa atraviesa una etapa exigente.
Una particularidad poco frecuente
Antes de entrar en las cifras conviene una observación. Orbith, a través de su controlante Holdsat S.A., es la única empresa del sector satelital argentino que cotiza en oferta pública. Ingresó al régimen de la Comisión Nacional de Valores en abril de 2024, como consecuencia de la escisión de Boldt S.A. Esa condición la obliga a presentar estados financieros auditados, memorias firmadas, reportes de gobierno societario y hechos relevantes ante el organismo regulador.
Es una particularidad que conviene subrayar. El resto de los operadores satelitales argentinos —desde los proveedores tradicionales hasta las nuevas empresas espaciales— mantienen su información financiera en el ámbito privado. Sus estrategias, sus pérdidas, sus aciertos y sus reveses solo se conocen a través de comunicados de prensa, entrevistas y declaraciones corporativas. Orbith no tiene esa opción. Lo que dice debe poder cotejarse con lo que muestra. Lo que anuncia en los medios tiene un correlato obligatorio en los papeles que firma el Directorio y revisa el auditor externo.
Esa transparencia, exigida por ley, ofrece al observador algo escaso en el sector argentino: la posibilidad de contrastar el relato con los números. Lo que sigue es exactamente ese ejercicio.
Los números del ejercicio
La comparación interanual de los principales indicadores consolidados se presenta a continuación.

A esos resultados se suman dos hechos relevantes del ejercicio. La sociedad recibió un aporte de capital en efectivo por $667 millones en julio de 2025. Y registró una desvalorización de bienes de uso por $1.219 millones.
La causal del artículo 94
La Memoria reconoce que la sociedad quedó alcanzada por el artículo 94 inciso 5 de la Ley General de Sociedades, que regula la disolución por pérdida del capital social. Es una norma de 1972 y ofrece tres caminos a la asamblea de accionistas.
1. Reintegrar el capital perdido.
2. Aumentar el capital social.
3. Disolver la sociedad.
La Memoria anticipa que el Directorio someterá la situación a la Asamblea y contempla nuevos aportes de capital. No se proponen dividendos. El planteo sugiere voluntad de regularización por la vía de la capitalización.
Una distinción que importa
Conviene una precisión sobre la naturaleza del caso. Orbith no es una start-up tecnológica. No comparte cuadro con Satellogic, RKLB o cualquier compañía espacial en fase de desarrollo, donde las pérdidas operativas son parte esperada de un modelo que invierte hoy para capturar mercado mañana. Esas empresas se financian con rondas sucesivas de equity, capital de riesgo y, eventualmente, salidas a bolsa. Sus inversores conocen las reglas. Un quemado de caja sostenido durante años forma parte del contrato implícito.
Orbith es otra cosa. Es una empresa con varios años de operación comercial en un segmento técnico específico: banda Ka geoestacionaria para conectividad rural. Durante mucho tiempo ese segmento tuvo una lógica de negocio estable. Costos altos de entrada, competencia limitada, márgenes razonables sobre una base de suscriptores cautivos por ausencia de alternativas. La compañía construyó su operación sobre esa lógica.
Conviene una precisión técnica adicional. Orbith no es titular de licencias de espectro propias en Argentina. Su modelo se apoya en el arriendo de capacidad satelital de terceros —históricamente Hispasat y Arsat, entre otros operadores— y en la operación comercial sobre esa capacidad alquilada. Es un dato relevante para evaluar el conjunto de activos con que cuenta para afrontar la transición que el mercado le impone. La compañía es propietaria de su base de clientes, de sus contratos, de su red terrestre, de su know-how operativo y de sus relaciones comerciales. No es propietaria del recurso escaso y monetizable por excelencia del sector: el espectro radioeléctrico.
La tecnología cambió. La banda Ka geoestacionaria, para el mercado de conectividad rural masiva, quedó técnicamente superada por las constelaciones de baja órbita. La latencia de un satélite GEO ronda los 600 milisegundos. La de un satélite LEO, los 40. La diferencia no es de grado: es de categoría. Para video, para teletrabajo, para gaming, para cualquier aplicación moderna, son productos distintos.
Una start-up tiene la libertad estratégica de absorber pérdidas porque está construyendo un activo a futuro. Una compañía operativa madura, en un segmento desplazado tecnológicamente, enfrenta un problema diferente: no se trata de tolerar pérdidas durante el desarrollo de un producto que aún no llegó al mercado, sino de gestionar la transición de un producto cuyo mercado se contrajo.
El satélite que no fue
Hay un episodio que ilustra con precisión esa distancia entre relato y realidad. En marzo de 2024, Orbith anunció un acuerdo con la compañía estadounidense Astranis para encargar un satélite MicroGEO propio en banda Ka, denominado Orbith 1. El lanzamiento estaba previsto para 2025 como parte del Block 3 de Astranis. En ese momento, la empresa declaró que el nuevo satélite sería “un acelerador masivo para los planes de Orbith en Argentina” y que ofrecería “una ventaja competitiva masiva para expandir la cobertura en el país”. Meses después, en octubre de 2024, la posición pública de la compañía fue aún más enfática: “A finales del próximo año lanzaremos nuestro primer satélite, el Orbith 1. Será fabricado por Astranis. Esto será solo el comienzo de nuestra propia constelación”.
El proyecto tenía sentido en 2023, cuando se contrató. Tenía sentido en marzo de 2024, cuando se anunció públicamente. Para octubre de 2024 ya empezaba a tenerlo menos: Starlink había desembarcado masivamente en la Argentina y la economía de un MicroGEO Ka dedicado para conectividad rural masiva había quedado matemáticamente desafiada por la oferta LEO.
Los estados financieros del ejercicio cerrado el 31 de octubre de 2025 no registran inversiones orbitales identificables asociadas al proyecto Orbith 1. No hay activos en curso. No hay cronograma. No hay anticipos consignados. La Memoria no menciona el satélite por su nombre. La cotización pública convierte ese silencio contable en una declaración de hecho: el satélite Ka geoestacionario propio dejó de ser parte del plan de negocios.
No es un dato menor. Es la confirmación documental de que la compañía aceptó —en los hechos contables, aunque no aún en la comunicación pública— que el camino de seguir invirtiendo en infraestructura GEO Ka propia para conectividad masiva era estructuralmente inviable. Es, por elevación, la admisión de que la estrategia original quedó obsoleta entre el anuncio y la presentación del balance.
Dos caminos en el mundo
La comparación internacional ofrece dos referencias útiles, en escalas muy distintas pero ilustrativas del mismo problema.
El caso británico.
Bigblu Broadband, operador GEO con foco en banda ancha residencial rural, vendió en septiembre de 2020 su negocio satelital a Eutelsat por £38 millones. Eutelsat operó esos 50.000 suscriptores durante poco menos de tres años. En junio de 2023 vendió a su vez todo el negocio retail europeo a un operador privado y abandonó el segmento. Hoy Bigblu funciona como una empresa holding sin operación satelital directa, con un negocio residual de distribución de equipos Starlink que facturó apenas £0,4 millones el año pasado, y devolvió capital a sus accionistas tras vender los activos restantes. Un operador GEO con vocación residencial dejó de existir como tal en menos de cinco años desde la llegada masiva de la competencia LEO.
El caso estadounidense.
EchoStar es la compañía que controla Hughes Network Systems, dueño de HughesNet, durante décadas el principal operador de banda ancha satelital GEO residencial en Estados Unidos. El gigante. Entre agosto y noviembre de 2025, EchoStar anunció una serie de operaciones que reordenaron por completo su posición en el mercado. Vendió a AT&T espectro 3,45 GHz y 600 MHz por aproximadamente US$ 23.000 millones. Vendió a SpaceX licencias de espectro AWS-4, H-block y AWS-3 por un total cercano a US$ 20.000 millones, con la mitad pagada en efectivo y la otra mitad en acciones de SpaceX. La FCC aprobó ambas operaciones en mayo de 2026.
El significado de la operación excede sus magnitudes. EchoStar no solo monetizó sus activos: le vendió a Starlink el espectro que necesitaba para desplegar la próxima generación de servicio directo a celular. La compañía que durante años fue el referente del modelo GEO residencial entregó, a cambio de US$ 42.000 millones, la munición regulatoria que su principal disruptor necesitaba para consolidarse. EchoStar quedó como tenedor de acciones de SpaceX y operador residual a través de un acuerdo MVNO. Es decir: no quebró ni fue absorbida. Reconvirtió su negocio dejando de ser operador independiente para convertirse, parcialmente, en accionista del competidor que la desplazó.
Una aclaración importante al hacer esta comparación. EchoStar pudo ejecutar esa reconversión por una razón específica: era titular de licencias de espectro de enorme valor regulatorio y comercial. Esa titularidad le dio una carta de salida que pocos operadores tienen. Orbith no la tiene. Como se mencionó, la compañía argentina no es titular de licencias de espectro propias, sino arrendataria de capacidad satelital de terceros. El activo central que permitió a EchoStar negociar con SpaceX por US$ 20.000 millones —el espectro radioeléctrico— no forma parte del balance de Holdsat. Esa diferencia no es menor: define qué herramientas estratégicas están disponibles cuando un operador GEO enfrenta una transición tecnológica forzada. EchoStar pudo vender lo que el competidor necesitaba. Orbith no tiene un activo equivalente.
Los dos caminos están bien delineados. O se sale del negocio como Bigblu, vendiendo los activos operativos y devolviendo capital a los accionistas. O se ejecuta una reconversión profunda como EchoStar, monetizando licencias de espectro de alto valor regulatorio. Ningún operador GEO de envergadura, en los últimos cinco años, sobrevivió defendiendo intacto su modelo de negocio frente a Starlink.
Lo que la Memoria sugiere
La estrategia que el Directorio anuncia para Orbith no se parece a ninguno de los dos caminos anteriores. Tampoco podría. No hay disposición de activos a la vista. No hay licencias de espectro que monetizar. Hay un viraje comercial: la compañía dice que pasó a ofrecer soluciones “multi-órbita (GEO+LEO) con satélites como OneWeb y Starlink”. Reporta que su crecimiento corporativo en dólares creció gracias a clientes con ARPU tres veces superior al residencial. Documenta contratos institucionales como el de Salta, anunciado en octubre de 2025, que despliega 218 sitios para escuelas y organismos públicos provinciales con tecnología LEO de tercera generación. “Con esta implementación Orbith consolida su rol como socio estratégico en la transformación digital de Argentina”, anunció la compañía en ese momento. El propio anuncio confirma el cambio de paradigma: ya no se trata de infraestructura GEO propia, sino de integración multi-órbita sobre redes de terceros.
Es un viraje razonable en su lógica comercial. Pero exige más capital, más tiempo y más disciplina financiera que el negocio original. Y compite, en el mercado corporativo institucional, con operadores globales mucho más grandes. La pregunta es si una compañía con el patrimonio neto erosionado al nivel que muestra el balance, sin activos espectrales propios y financiada con aportes incrementales de los accionistas existentes, puede sostener una transición de este orden sin acceder a operaciones patrimoniales estructurales como las que ejecutaron Bigblu o EchoStar.
El contexto sectorial
En Argentina, Starlink superó los 200.000 usuarios. Su plan residencial básico cuesta $38.000 mensuales. El kit Mini se ofrece a $142.500. La asimetría de costos contra cualquier operador GEO residencial local es estructural.
El patrón global se repite. En Reino Unido, Bigblu salió. En Estados Unidos, EchoStar le vendió su espectro a SpaceX por US$ 20.000 millones. En Australia, varios proveedores GEO se reorientaron al corporativo. En Estados Unidos también, Viasat compró Inmarsat por US$ 7.300 millones para concentrarse en aviación, marítimo y defensa. Nadie sobrevive intacto en el segmento residencial GEO contra Starlink.
Lo que viene
La Asamblea de Holdsat deberá pronunciarse sobre la causal del artículo 94. El Directorio ya anticipó su orientación. Los accionistas controlantes, que reúnen el 92,26% del capital, tienen los votos para decidir el camino.
Lo relevante no es la decisión societaria —razonablemente, será la capitalización—, sino la consistencia entre el camino elegido y la realidad del mercado. La industria ofrece dos modelos probados. Salir, como Bigblu. Reconvertir el activo central a cambio de participación en el nuevo paradigma, como EchoStar. La Memoria de Holdsat sugiere un tercer camino, intermedio: sostener la operación con aportes incrementales mientras se desplaza al segmento corporativo. Es un camino más exigente y, por la ausencia de activos espectrales monetizables, con menos cartas de salida. Los próximos ejercicios dirán si esa transición es suficiente.
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