Si la prédica y la declamación de muchos empresarios era genuina, ahora deben estar muy satisfechos y ansiosos por profundizar su papel en un mercado de precios libres y libre convertibilidad de divisas. Si así no fuera, habría que concluir que la antigua retórica encubría la comodidad de contar con cotos de caza asegurados, y que los argumentos esgrimidos eran simples cortinas de humo para despistar a los desprevenidos.
El panorama, sin embargo, no está claro todavía. Hace pocos días, un corresponsal extranjero de visita en Buenos Aires reveló su sorpresa al confirmar “la existencia de tres países”. Uno, el de la City, el del entusiasta mercado bursátil, pleno de febril actividad y excitación por el arribo de nuevos capitales. El segundo, el de los sectores productivos, el ámbito de quienes desconfían de la “inflación de papeles”, no ven cómo exportar, sufren la intensa competencia externa y reclaman una estrategia de crecimiento sostenido. El tercero, el de la mayoría de la población, esperanzada, pero con crecientes dificultades para hacer frente, con magros salarios, al mayor costo de vida.
Por ahora, el vigor empresarial se ha concentrado en la privatización de empresas públicas, las mismas a las que sirvió como contratista durante años. Ahora, como propietarios, los industriales tienen la posibilidad de venderle productos de sus otras empresas y de recibir los ingresos de tarifas en ascenso.
Pero mal estaríamos si a esto se reduce toda la imaginación capitalista de nuestros empresarios.
Durante décadas, la falta de un verdadero capitalismo de riesgo en el país se justificó por la inexistencia de reglas de juego estables, y por el temor a un Estado arbitrario. Juzgada por el propio modelo de los empresarios, esa situación no existiría más. De manera que si no surge ahora un genuino capitalismo, con auténtica inversión -grande o pequeña-, y una estrategia de inserción en la economía global en la que habrá que competir, significará que no existe entre nosotros esa raza de creadores que exaltaba Joseph Schumpeter. O que subsisten trabas que no han sido explicitadas.
Cualquiera sea el caso, más vale que sepamos a qué atenernos, ya mismo.
El país está anémico de inversiones. Por eso es reconfortante ver el ingreso de capitales que vienen del exterior -¿repatriación?- y que mayoritariamente aterrizan en la Bolsa. Pero si el sistema estadístico no estuviera en ruinas, sería esencial comprobar cuánto es inversión extranjera genuina, cuánto se reinvierte, cómo se está expandiendo el capital propio.
Se avecina una reconversión de proporciones en los próximos años en el ámbito empresarial. Habrá actores que desaparecerán y otros que harán su presentación. Se conocerán alianzas, take-overs, fusiones y absorciones.
Las empresas irán al reactivado mercado de capitales a buscar recursos de largo plazo. La tradicional renuencia informativa de firmas controladas familiarmente dará paso a la transparencia que exigirán millares de accionistas. Como en otras latitudes, aparecerán los conflictos entre la alta gerencia y el directorio, y entre éste y los accionistas.
Tal vez entonces, después de estos cambios, podremos hablar de capitalismo y de empresarios capitalistas en la Argentina.
ESTATISMO EN SU NUEVA VERSION.
El debate de fondo en el mundo capitalista es qué papel debe jugar el Estado en una economía de libre mercado. Hasta hace poco la discusión estaba monopolizada por los que creen exclusivamente en las facultades del mercado libre y, en la vereda de enfrente, por los que defienden con fervor de cruzados las bondades de la intervención gubernamental. Ya no es lo mismo.
En el escenario ha aparecido el neointervencionismo, respaldado por los teóricos de la economía que piensan que el Estado debe guiar -y no reemplazar- al libre mercado. Es el Estado quien selecciona a las industrias del futuro para impulsarlas; quien canaliza inversiones que de otra manera terminarían en uso improductivo; abre mercados a la exportación -y no sólo a la importación-, y consolida el desarrollo tecnológico.
En esta aggiornada versión, el Estado no ayuda a industrias ineficientes por tiempo indefinido, y las ayudas son condicionadas a resultados prefijados, sobre todo a la existencia de un plan o programa diseñado a lo largo de varios años. Cualquiera de los cuatro dragones asiáticos son un buen ejemplo para ilustrar lo que significa este intervencionismo de nuevo cuño: libre mercado orientado y respaldado desde el Estado.
Una prueba elocuente del cambio de clima que se está produciendo en Estados Unidos, donde se registra el centro del debate, es la portada de Business Week del 6 de abril, que se atrevió a registrar las palabras prohibidas: política industrial. El interrogante planteado por el prestigioso semanario es:
¿debe tener Estados Unidos una política dirigida a generar y promover desarrollo tecnológico e industrial? La respuesta de la revista es: “Sí”. Y agrega que si alguien se siente alarmado por las palabras “política industrial”, entonces puede optarse por política tecnológica, programa de competitividad o agenda del crecimiento.
Se lo llame como se quiera, o del modo que no produzca irritación o resistencia, la tesis del semanario -verdadera biblia del mundo de los negocios- es que el gobierno debe ser un protagonista de excepción en el campo de la “economía del conocimiento”, ya que los países que prosperarán en el futuro serán aquellos capaces de generar nuevo conocimiento y transformarlo en nuevas tecnologías y productos.
Durante la década pasada, toda actividad gubernamental fue declarada enemiga del pueblo, los funcionarios públicos condenados a tareas inofensivas y la planificación condenada al desván de los trastos inútiles. La magia de la desregulación fascinó a todos los actores económicos. Pero tras una década de logros, de excesos y también de errores, el juicio dominante es que la economía desregulada -en el caso de Estados Unidos- es incapaz de mantener el liderazgo competitivo y de satisfacer demandas materiales y culturales de la sociedad. El cambio de fondo es que empresarios y economistas no miran más a la ex URSS como el modelo estatista a evitar, sino al ejemplo japonés que se debe imitar.
EL FLUJO DE LA INVERSION EXTRANJERA.
Los dos hechos son notables. Uno: en 1991, según estimaciones de ALADI (Asociación Latinoamericana de Integración), ingresaron en la región US$ 40 mil millones, tres veces el nivel del año precedente. Dos: el grueso de esta suma llegó en forma de inversiones de corto plazo, lo que crea incertidumbre. Como llegaron pueden irse, si hay una crisis de confianza en el país receptor.
El volumen del capital foráneo -o repatriado- es significativo, pero también lo es su volatilidad. En alto porcentaje esos recursos se canalizaron hacia inversiones bursátiles. Dieron pie al resurgimiento de los mercados de capital regionales, pero no se han arraigado como inversiones de largo plazo. En lo inmediato, este proceso continuará y permitirá aliviar la posición externa, y además contribuirá a neutralizar cualquier resultado adverso en la balanza comercial de los países receptores (México cerró 1991 con un déficit comercial impresionante: US$ 11.000 millones, y en aumento).
El mayor receptor fue México, con US$ 16.000 millones, que equivalen a 6% del PBI. Le siguió Brasil con US$ 11.500 millones, casi 29 veces más que la cifra ingresada en 1990. En tercer lugar quedó Argentina, con US$ 5.000 millones, 10 veces más que el año previo e igual a 7,6% del PBI.
Con relación al producto bruto, el ingreso más elevado fue el de Venezuela: 10%, o US$ 4.800 millones. En cambio, en Chile hubo disminución con relación a 1990: US$ 1.600 millones contra US$ 2.000 millones del año previo.
La principal fuente de capitales provino de Estados Unidos, con 31% del total; luego Japón, con 25%; Gran Bretaña, con 16%; Alemania, con 6%; y Francia, con 5%. El ingreso de US$ 40 mil millones durante el año pasado se redujo en parte por la transferencia regional al exterior de US$ 17 mil millones, para el pago de la deuda externa.
Durante 1992 se espera que la estrella en recepción de recursos foráneos será Brasil, mientras que México y Argentina también recibirán un importante flujo de capitales.
BRASIL: ¿POR QUE NO HUBO ESTALLIDO?.
Alrededor de 950.000 brasileños perdieron sus trabajos el año pasado, y en lo que va de 1992 la cifra supera los 300.000. Desde 1990, cuando Brasil se precipitó en la recesión, se escuchan advertencias sobre un inminente “estallido social”. En las últimas semanas se mencionaba lo ocurrido en Venezuela, donde las consecuencias del ajuste fueron menos severas, como un preludio de lo que puede ocurrir.
¿Cuál es la razón por la que todavía no se ha registrado una conmoción social? Joao Saboia, profesor de la Universidad Federal de Río de Janeiro, tiene una teoría: según una encuesta que dirigió, seis de cada diez personas despedidas han ingresado en el mercado informal, y en la mayoría de los casos trabajando de una u otra forma para sus antiguos empleadores formales.
Las empresas redujeron sus costos, no tanto en salarios, como en contribuciones tributarias y de seguridad social, que en algunos sectores equivale a 110% de los salarios pagados a los empleados en nómina.
Una vez despedidos los trabajadores, éstos siguen vinculados como proveedores de servicios. El incentivo para los cuentapropistas es repartirse con las empresas los montos que antes se abonaban a la seguridad social. Los que quedaron efectivamente sin trabajo serían 380.000 personas, 40% de los despedidos el año pasado.
Aun cuando la explicación sea válida, hay otros elementos (como la falta de credibilidad del presidente Fernando Collor y el no tener apoyo en el Congreso) que podrían colocar a Brasil en los titulares de los periódicos de todo el mundo en los próximos meses.
AGENDA 21 Y LA PRESERVACION DEL AMBIENTE.
Lo que prometía ser un encuentro para decidir cómo limpiar y mantener el planeta se ha convertido en un gigantesco debate sobre geoeconomía y en un nuevo tablero de juego internacional. Preservar la ecología de la Tierra demandará -según Naciones Unidas- una inversión anual de US$ 125 mil millones, por un período indefinido. El compromiso de los países miembros, hasta hoy, es apenas una fracción de esa cifra.
En apenas cuatro semanas se celebrará en Río de Janeiro la cumbre ecológica, con asistencia de representantes de 166 países. Los documentos previos enviados por 105 países sobre cómo ven, cada uno de ellos, la tarea de preservar el ambiente, consumen más de 15.000 páginas; y Agenda 21, un listado de tareas necesarias, elaborado por los organizadores, demanda 800 páginas.
La cuestión central es que la intención original era atacar los síntomas del daño ecológico, pero los organizadores optaron por revelar también las causas. Por tanto, no sólo se discutirá cómo limpiar y restaurar la pureza del agua, el aire y la tierra. También sobre un modelo de crecimiento económico que evite nuevos daños en el futuro.
