viernes, 3 de abril de 2026

    ¿Hacia un diálogo de sordos?

    Con el cariz que van tomando las sesiones preparatorias, lo prudente es no esperar demasiado de la Conferencia sobre Ambiente y Desarrollo que las Naciones Unidas organizan para junio en Río de Janeiro. Las posiciones comienzan a tornarse irreductibles. El debate ecológico amenaza con reeditar la esterilidad del diálogo Norte-Sur de dos décadas atrás.

    Los documentos del Banco Mundial y del GATT que intentan arrojar luz sobre los distintos temas incluidos en la agenda de la cumbre pueden echar más leña al fuego. Aunque se quiera evitar, el centro de la discusión pasará inevitablemente por estos argumentos:

    La asignación de responsabilidades en el deterioro del medio ambiente. Las naciones más prósperas insistirán en la necesidad de preservar las grandes reservas forestales de la humanidad, como la selva amazónica. Los países pobres sostendrán que el mayor grado de polución y deterioro de ecosistemas proviene de las economías prósperas y la utilización excesiva de combustibles de origen fósil.

    La credibilidad que debe asignarse a las teorías -y datos- sobre el progresivo calentamiento del planeta, daños en la capa de ozono, avances de los mares sobre las costas, y creciente escasez del agua potable.

    La vinculación entre la estrategia industrial y comercial de las naciones prósperas con la situación imperante en los países pobres. En ese sentido, se reactualizará el contenido del memorando de Lawrence Summers -economista jefe del Banco Mundial- sobre la conveniencia de desplazar “industrias sucias” al llamado Tercer Mundo.

    Cuando se analizan las líneas que han quedado trazadas, se advierte la posibilidad de insólitas alianzas. Genuinos ecologistas pueden terminar haciendo el juego a los intereses más proteccionistas de las naciones de avanzada. La amenaza -y su concreción- de sanciones comerciales establecidas contra quienes no demuestren buena conducta ecológica puede alienar aún más a las economías más débiles, que sospechan estar frente a una conjura que les impide crecer.

    Es difícil desmentir el argumento de quienes plantean que a este grupo de naciones se le exige que cumplan con exigencias que no fueron cumplidas en los países que hoy pretenden imponerlas.

    Aunque la soberanía no es un tema de moda, muchas naciones -Brasil, por ejemplo- perciben como una intromisión inadmisible la pretensión de otros de imponer criterios y renunciar al derecho de establecer las políticas que consideren más convenientes en la materia.

    Contener o reparar daños ambientales demanda recursos financieros que los países pobres no tienen.

    Si se les reclama la adopción de ciertas normas, los países más prósperos (que moralmente son responsables del mayor porcentaje de polución planetaria) deberían establecer mecanismos, a través de fondos y tecnología, que permitan a cuatro quintas partes de la población mundial buscar el crecimiento económico sin agravar el deterioro ambiental.

    EL ESFUERZO DEL GATT.

    Ha sido el GATT quien primero advirtió la íntima connivencia entre comercio mundial y ecología. La inquietud del organismo es garantizar a los grupos ecologistas que la libertad de comercio no implica estimular o favorecer la polución planetaria.

    Muchos de los argumentos y conclusiones del documento elaborado por el GATT suministran, en verdad, municiones de todo calibre para que los países menos favorecidos defiendan sus posiciones:

    La política agrícola común de la Comunidad Europea, ferozmente proteccionista, está infligiendo un serio daño a la situación ambiental de la Tierra.

    Los países con enormes extensiones de selva y bosques (Brasil, Indonesia, entre otros) están prestando un servicio capital al resto de la humanidad: la absorción de anhídrido carbónico en gran escala. Deberían ser compensados monetariamente por ello.

    Hay una estrecha vinculación entre bienestar y mejor protección ambiental. Por lo tanto, es en beneficio de todos mejorar la situación económica y la calidad de vida de los países más pobres.

    Cada país tiene el derecho irrenunciable a fijar sus propias prioridades en materia de defensa ecológica y de preservación de los recursos naturales.

    Sería absurdo imponer barreras o sanciones comerciales en beneficio de empresas que cumplan ciertos estándares de calidad ecológica, so pretexto de preservar su competitividad. Del mismo modo que lo sería proteger a empresas que pagan más impuestos o que invierten más en investigación y desarrollo. Esas empresas, sin necesidad de protección alguna, serán líderes naturales del mercado.

    El documento del GATT no deja de fustigar la política agrícola de los europeos y estadounidenses, a la que exhibe como uno de los mayores responsables de la degradación ambiental. Como ejemplo, cita que países como la Argentina y Australia utilizan menos de 10% de la cantidad de fertilizantes químicos por hectárea que usan los europeos.

    ONDA VERDE PARA EMPRESARIOS.

    Durante años, catástrofres como las de Bhopal, Three Mile Island, Chernobyl y Alaska abonaron la tesis de que las grandes industrias estaban destruyendo irresponsablemente el planeta. Hoy, sin embargo, la ola verde ha llegado al mundo de los negocios. Grandes contaminadores se han convertido en paladines de la preservación ambiental. Por un lado, defienden sus propios intereses: según una encuesta realizada por el Michael Peters Group, 77% de los consumidores estadounidenses eligen productos guiándose por la buena reputación del fabricante en temas ambientales. Por otra parte, parecen haber comprendido que el desarrollo económico no debe comprometer el futuro del planeta y sus habitantes.

    Los empresarios hablan hoy del “desarrollo sostenible”, es decir, la imperiosa necesidad de combinar el crecimiento económico con la protección ambiental.

    Uno de los principales promotores de este concepto es el Business Council For Sustainable Development (Consejo Empresario para el Desarrollo Sostenible), integrado por representantes de 48 empresas, entre ellas Volkswagen, 3M, Ciba-Geigy, Nissan, Nippon Steel, Mitsubishi, Dow Chemical, Shell, Du Pont y, en la Argentina, el Grupo Zorraquín.

    El Business Council afirma que, luego de las revoluciones agrícola, industrial e informática, el mundo se encuentra en el umbral de la revolución del medio ambiente.

    “Los empresarios somos los expertos de la eficiencia económica y por eso debemos tomar la vanguardia en la revolución ambiental”, dijo Stephan Schmidheiny, presidente del Business Council, durante una reciente visita a la Argentina. Estos fueron algunos de los conceptos esenciales de su exposición:

    Los subsidios agrícolas, estimados en US$ 200.000 millones a nivel mundial, son nocivos porque fomentan explotaciones demasiado intensivas y contaminantes.

    También los subsidios al petróleo representan una gran fuente de depredación ecológica, en la medida en que contribuyen a la dilapidación y uso ineficiente de recursos energéticos.

    La protección ambiental será un tema central en la agenda del GATT después de la ronda Uruguay.

    Por razones de seguridad, la energía nuclear sólo es conveniente en países altamente desarrollados.

    La Argentina no debería convertirse en receptor de desechos nucleares ni construir un basurero nuclear en Gastre, Chubut. Estos proyectos requieren de enormes inversiones y muchísima seguridad.

    La Patagonia no parece el lugar adecuado.

    El mundo industrializado deberá asistir financiera y técnicamente a los países en desarrollo para que ellos también puedan utilizar tecnologías limpias.