Pretendió ser el juicio a una década, a la codicia e inmoralidad de la ingeniería financiera que revolucionó a Estados Unidos y al mundo industrializado durante los años de Ronald Reagan.
Pero jueces y acusadores, al actuar de modo singular, convirtieron el caso en un verdadero test sobre la moralidad del propio sistema judicial, y de los intentos del gobierno y la sociedad por encontrar un chivo expiatorio a una situación que no gusta.
La polémica no termina con la sentencia excepcionalmente dura y de doble intención a 10 años de presidio para el cerebro de Drexel Burnham Lambert.
Una oleada de opiniones contundentes, comenzando con la de uno de los últimos Premios Nobel de Economía, y siguiendo con las de académicos, analistas y expertos de Wall Street, advierte que no sólo es imprudente formular un juicio negativo categórico sobre los “junk bonds” o bonos basura (así llamados por no estar respaldados por activos importantes y ser, por lo tanto, de alto riesgo y, consecuentemente, de altísimo rendimiento), sino que los indicios disponibles permiten asegurar que han tenido un efecto benéfico sobre la economía de EE.UU.; que han renovado y exigido más al nivel gerencial; que han reestructurado el mundo empresarial y permitido la
expansión y la actuación de los empresarios más imaginativos, que de otra manera hubieran visto bloqueadas sus posibilidades de acceder al crédito.
Durante cuatro años, el financista más exitoso de la década del ´80, el más creativo e imaginativo, el inventor de los “bonos basura”, el que conmovió el poder atrincherado de gerentes acostumbrados a no rendir cuentas; el que consiguió recursos para financiar oleadas de adquisiciones y expansiones; el que persuadió a los inversionistas a correr grandes riesgos para obtener grandes beneficios, fue sistemáticamente denigrado por la prensa, el gobierno y muchos de los enemigos y resentidos que dejó su fulgurante paso.
TRAS UN CASTIGO EJEMPLAR.
Desde el principio, los acusadores tomaron un camino oblicuo. La fiscalía decidió que el caso se encuadraba en las previsiones de RICO (Racketeer Influenced & Corrupt Organizations Act), un mecanismo legal diseñado para combatir la “mafia”, pero que en este caso tenía la ventaja de disponer severas penas.
Resultaba evidente que la intención era ofrecer un castigo ejemplar para el responsable de tanta locura e inmoralidad, de la fiebre especulativa que asoló al país durante la década anterior.
Milken era la personificación de la culpa por la actual recesión, desempleo, el inmenso agujero de la quiebra del sistema de ahorro y préstamo para la vivienda (saving loans) y la inestabilidad de todo el sistema financiero. Milken no es, obviamente, un santo. Pero tampoco se ajusta al papel de perfecto
chivo expiatorio. De las 98 imputaciones que le hicieron sus acusadores, solamente se le pudo probar un delito menor. Al cabo de cuatro años de acoso, en abril de 1990, el financista dio el paso para terminar la pesadilla: se declaró culpable de seis delitos menores realmente ambiguas cuestiones técnicas en las que se había incurrido en inmoralidad y falta de ética, pero donde el delito era difícil, si no imposible de probar .
Su esperanza era abreviar el proceso y tener una condena menor, aun teniendo que pagar una multa o compensación por US$ 600 millones.
Tanto los que valoran el supuesto papel positivo de Milken en la transformación del mundo empresarial estadounidense, como quienes lo condenan en duros términos, esperaban una sentencia de prisión de dos a tres años, excarcelable, y acaso trabajo comunitario obligado.
A finales de noviembre de 1990, la jueza Kimba Wood dio a conocer su sentencia, que es extraordinaria en más de un sentido.
*Impuso a Milken una pena de 10 años de cárcel, no excarcelable hasta dentro de 6, y luego 3 años de servicio comunitario obligado, a tiempo completo.
*La jueza recordó que a quienes colaboran con la justicia se le pueden reducir las penas. Es el mecanismo recogido por RICO: a todo “mafioso” que delate o declare contra alguno de sus colegas se le condonan parcialmente las penas.
*Está claro que la jueza y la acusación creen que hay mucho que Milken sabe y no ha contado, y quieren oírlo. En rigor, no se lo ha condenado o no sólo por los delitos menores que confesó, sino por la presunción de lo que sabe.
*En el ámbito jurídico incluso entre los acusadores hay consenso en admitir que la pena impuesta está fuera de toda proporción con los delitos admitidos por Milken o probados por la jueza.
*La magistrada invoca dos curiosas razones para justificar la pena impuesta:
*a) es un alerta claro para todos los delincuentes de guante blanco.
*b) el acusado cometió delitos menores porque buscaba transgredir la ley de manera tal que estas violaciones no fueran detectadas. Ambos razonamientos jurídicos son de dudosa validez.
JUICIO A LOS “BONOS BASURA”.
Básicamente, Milken no cometió delitos: inventó los bonos basura, de alto riesgo y poco respaldo, pero que a cambio pagaban altas tasas, y encontró los inversionistas dispuestos a apostar.
Una investigación sobre el rendimiento de los “junk bonds” de Drexel (la casa en la que operaba Milken) arroja este resultado: entre 1977 y 1987, el rendimiento anual de estos títulos fue, de promedio, 11,7%. Lo que los sitúa en una mejor posición que los bonos de largo plazo emitidos por el Tesoro de EE.UU., que tuvieron en el mismo lapso un rendimiento anual promedio de 9,6%. Es cierto que muchos de los bonos emitidos no fueron pagados a su vencimiento o debieron ser refinanciados, o las empresas que los emitieron quebraron. Aun así, Drexel Burnham no encabeza las pérdidas. La firma de Milken tuvo el cuarto lugar de mejores resultados (precedida por Morgan
Stanley, Shearson Lehman y Donaldson Lufkin), con lo cual se revela que empresas de enorme prestigio tuvieron más quebrantos en materia de bonos que el propio inventor del mecanismo financiero (entre ellos, First Boston, Goldman Sachs, Merrill Lynch, Prudential Bache, Bear Stearns, Paine Webber y L. F. Rothschild)
EL PRECURSOR.
En 1958 se editó un libro: “Corporate Bond Quality and Investor Experience”. El autor, el economista W. Braddock Hickman, tuvo poco estímulo. Se vendieron únicamente 934 ejemplares. El trabajo habría estado condenado a los anaqueles si no hubiera mediado una circunstancia: Michael Milken tenía una de las copias de esta investigación sobre los bonos corporativos emitidos en EE.UU. entre 1900 y 1943. Una frase cautivó a Milken y se convirtió en el eje de su creación: “Los inversionistas obtienen mejores retornos en emisiones de baja calidad crediticia que en las de alta calidad”. En descargo de Hickman, hay que convenir que en otro pasaje del libro advertía sobre las
intensas alzas y bajas de estos títulos en el pasado, especialmente sobre las pronunciadas bajas que seguían a la excesiva oferta de valores. Ni Milken ni muchos de los inversionistas parecen haber llegado a esa página.

