viernes, 3 de abril de 2026

    Los tres puntos esenciales

    La “Iniciativa Bush” tiene tres aspectos para analizar: inversión, deuda y comercio. Conviene ver cada uno de ellos y el contexto en el que se insertan:

    1) Inversión. EE.UU. integrará un fondo para estimular inversiones privadas en la región, aportando U$S 100 millones anuales. La cifra en sí no es relevante: es igual al promedio anual de ayuda militar que Washington facilitó a El Salvador durante toda la década pasada.

    Es la misma cifra que España, un país europeo mediano, aportará también anualmente para financiar proyectos de desarrollo científico y tecnológico en el subcontinente, a través del Fondo Quinto Centenario del BID.

    El aporte de EE.UU. se pretende que crezca con colaboraciones similares -de U$S 100 millones- por parte de Japón y de la CEE. A pesar de la frialdad con que estos actores respondieron a la formulación del plan, seguramente no habrá dificultades en disponer de estos recursos. En todo caso, U$S 300 millones anuales para inversión en toda Latinoamérica tienen un valor simbólico y demostrativo.

    Los activos de ciudadanos latinoamericanos depositados en bancos de EE.UU. pueden equivaler a la mitad de la deuda externa total con la banca comercial -U$S 150 mil millones, quinientas veces más que el fondo propuesto- y hay que inspirar confianza a parte de esos recursos para que retornen como inversión productiva.

    2) Deuda externa. Bush propone continuar con el Plan Brady (según la CEPAL habría que triplicar los recursos asignados, de U$S 30 a 90 mil millones) e incorpora una novedad: condonación sustancial de la deuda directa latinoamericana con el gobierno de EE.UU. Esa deuda es de U$S 12 mil millones, y la reducción prevista sería de 50%, o U$S 6 mil millones (1,5% del total de la deuda regional). La condonación que pueda hacer EE.UU. favorecerá a países pequeños (del Caribe y América Central), pero no a los grandes deudores como México, Brasil o Argentina. La iniciativa respalda un mayor uso

    del “swap” o conversión de deudas en activos de los países latinoamericanos, e incluso se propicia el “swap” ecológico, o sea condonación de deuda a cambio de preservar bosques y selvas.

    PRIMER COMPRADOR.

    3) Comercio. Esta es la clave de la propuesta. EE.UU. ofrece menores aranceles y eliminación de trabas para el ingreso de mayor cantidad de productos latinoamericanos -y vender más a la región, naturalmente- a cambio de mayor apertura de las economías regionales. La zanahoria es que al final del proceso habría una zona continental de libre comercio, desde Alaska hasta Tierra del Fuego, algo realmente improbable en el futuro previsible, habida cuenta de las diferencias de tamaño y estructura entre las economías de los distintos países del continente (especialmente cuando se las compara con la de EE.UU.).

    El gobierno de Bush necesita reducir o eliminar el déficit comercial y es poco lo que puede expandir sus exportaciones en Europa, Japón y el sudeste asiático. En cambio las perspectivas de vender a América Latina son excelentes (el ritmo de crecimiento de las importaciones regionales fue 10 veces menor que el de las exportaciones durante la década pasada) y EE.UU. podría recuperar el nivel real de ventas de los años ´70. Más de un millón de empleos se perdieron en EE.UU. por el descenso de las ventas a la región, tras la crisis de la deuda externa, a partir de 1982.

    Para ello se precisan dos cosas: solucionar el problema de la deuda externa (que el ingreso del comercio externo latinoamericano no se vaya en pago de intereses); y ampliar las importaciones estadounidenses desde América Latina, en detrimento de la balanza comercial de otros países fuera de la región, hoy con saldos positivos. Menor déficit comercial de EE.UU. significará menor déficit fiscal, menos deuda externa (una cuarta parte del presupuesto federal se destina a pago de intereses) y el medio de evitar una recesión interna.

    Las exportaciones totales latinoamericanas aumentaron 42,4% durante la década de los ´80. Las compras de Estados Unidos en la región aumentaron 70,7% durante el mismo período. Hacia el final de la década, EE.UU. recibía 41,2% de las ventas externas latinoamericanas (34,4% en 1980); la CEE, 20%; y Japón, 6%. Las importaciones latinoamericanas se distribuyen de este modo: Estados Unidos, 42%; la CEE, 21%; Japón, 6,5%; comercio intrarregional, 12,7%.

    Dentro de la CEE, los seis principales mercados compradores de productos latinoamericanos son, en este orden: Alemania Federal; Holanda; Italia; Gran Bretaña; Francia y España. A su vez, los seis grandes vendedores europeos a Latinoamérica son: Alemania Federal; Francia; Italia; Gran Bretaña; Suiza y España. (En ambos casos, Alemania Federal ocupa la primera posición; Italia la tercera; y España la sexta.)

    EL FUTURO DEL GATT.

    Es curioso que EE.UU., que creó e impulsó el GATT (sigla inglesa para el Acuerdo General sobre Comercio y Aranceles), se incline hoy más por acuerdos bilaterales que por el principio general de la absoluta libertad comercial que inspiró a ese organismo. En cambio, es comprensible que cada vez con mayor frecuencia se presenten demandas contra EE.UU. en ese foro, por el proteccionismo de Washington. Lo cierto es que el GATT es un ámbito de primer orden para la obtención de objetivos favorables a América Latina. ¿Qué pretenden los países industrializados en la Ronda Uruguay, cuyas metas no pudieron lograrse en 1990 -y tal vez tampoco se logren durante 1991- ? Tienen tres objetivos:

    1) Que se acepte -por todos los miembros- la liberalización del comercio de los servicios, el sector económico de mayor y más veloz crecimiento en el mundo industrializado. En esta materia, los países latinoamericanos estarían obligados a permitir el ingreso irrestricto de servicios financieros, de seguros, de transportes, de computación, de publicidad, de consultoría. En suma, un área donde tienen todo por comprar y nada por vender.

    2) Propiciar un lento y modesto proceso de reducción de subsidios agrícolas que, según estimaciones del Banco Mundial, representan -entre costos directos e indirectos- alrededor de US$ 250 mil millones anuales a los consumidores del mundo industrializado, y que gracias a un perverso sistema de subvención -como la Política Agrícola Común de la CEE-, generan excedentes que deben liquidarse a precios de subasta, erosionando los precios del mercado internacional y reduciendo el ingreso de otros exportadores, entre ellos muchos del Tercer Mundo.

    3) Efectuar mínimas -o ninguna- concesiones en temas reclamados por los países de menor desarrollo, como la flexibilización del Acuerdo Multifibras, que impone cuotas fijas a los textiles que pueden ingresar en los mercados prósperos y que son producidos a bajo costo por muchos exportadores del Tercer Mundo.

    Obviamente, la respuesta debe ser un frente unido. Ninguna concesión puede hacerse sobre el primer punto si no va acompañada por efectivas contrapartidas en los otros dos.

    APURAR LA INTEGRACION.

    La evolución del Pacto Andino ha sido accidentada y con frecuentes retrocesos.

    Más recientemente, la voluntad integradora entre Brasil y Argentina -a la que se han sumado Uruguay y Paraguay- es la experiencia más positiva de los últimos años. El comercio de bienes de capital entre Argentina y Brasil aumentó 500% en menos de cuatro años. El comercio bilateral pasó de US$ 750 millones en 1985 a US$ 1.800 millones en 1989.

    La eventual integración del Chile democrático a este bloque del Cono Sur abriría las puertas a los mercados del Pacífico y ofrecería un mercado de 200 millones de consumidores que puede convertirse en un polo de atracción para los otros grandes bloques comerciales, o en todo caso para importantes países industrializados.

    Es menester una revitalización del Pacto Andino. Si se logra la interacción entre ambos bloques integradores, los resultados pueden multiplicarse.

    Quedarse solos tiene desventajas, pero también ofrece un costado positivo: habrá que quemar etapas en el proceso de integración regional.

    Hay otros elementos a tener en cuenta en el diseño de una futura estrategia común latinoamericana:

    1) La ecología preocupa ahora de verdad al mundo industrializado. No sólo por los daños que se infligen al ambiente en las sociedades prósperas sino también por lo que ocurre en el resto del planeta. El agrandamiento del agujero sobre la atmósfera del Polo Sur debido a la falta de ozono; la quema y tala de bosques en la Amazonia, en Indonesia o en Africa, el “efecto invernadero” con el progresivo calentamiento del planeta, la liberación de grandes dosis de metano en todas las latitudes, son problemas de toda la humanidad. Los países prósperos están interesados en detener este deterioro y a cambio de mayor cooperación y ayuda pueden obtener el decidido concurso de los países en desarrollo.

    2) La interdependencia del sistema económico mundial es cada vez más evidente.

    En sus peores años, América Latina tiene una capacidad de compra conjunta de US$ 100 mil millones. No es una cifra despreciable para países industriales, donde crece la necesidad de colocar nueva y mayor producción. Ese poder de compra, manejado coordinadamente, puede tener un enorme efecto persuasivo sobre los países ricos, si además el crecimiento del Tercer Mundo incrementa sus necesidades de importar.

    3) El acceso a la nueva tecnología es vital. Aun la producción industrial de los países más grandes y avanzados de la región queda obsoleta rápidamente al intentar acceder a los grandes mercados consumidores. Para ello será necesaria una división del trabajo pactada de común acuerdo -y no impuesta desde afuera- por los países sudamericanos que refleje el potencial de desarrollo alcanzado por cada uno de ellos, y la calidad y cantidad de los recursos humanos que poseen.

    4) En todo caso es imperioso poner la casa en orden. Eliminar el despilfarro y el gasto improductivo; reducir el déficit fiscal; controlar los niveles de inflación; modernizar el Estado; actualizar a una clase dirigente que debe exhibir mayor responsabilidad; fortalecer el ahorro interno, de donde provendrán los únicos recursos de que se dispondrá; invertir fuerte en educación, ciencia y tecnología; reactivar los mercados internos y ofrecer a la sociedad civil propuestas viables y creíbles que devuelvan la fe en que el futuro existe y en que es una meta deseable y obtenible.

    América Latina debe recuperar -o mejor dicho mejorar- su gravitación en el escenario internacional.

    Es la única manera de que su voz sea escuchada. Para ello debe actuar en forma concertada en los organismos internacionales, especialmente cuando estén en juego temas sensitivos para los países industrializados.

    Si cada crisis encierra una oportunidad, no es posible renunciar a las herramientas que, aunque pocas, están disponibles.