Al igual que los cigarrillos, el whisky, el champagne, las joyas y pieles y otros productos considerados “suntuarios”, gran parte de los artículos que integran la canasta de higiene y tocador están gravados con impuestos internos. Traducido en cifras, esto quiere decir que cuando se compra un antitranspirante, una crema o un talco perfumado, 41% de su precio -prácticamente la mitad- se diluye en pompas impositivas y convierte al aseo en un eslabón más de la cadena de presión fiscal, que rodea el cuello de los habitantes de esta tierra.
Claro que en ese 41% no todo se destina al rubro de impuestos internos. Hay 14% que se lo lleva el IVA y otros 12 puntos que se reparten entre ingresos brutos, impuesto a los activos, ganancias y otras cargas fiscales. Pero lo que a esta altura hace espuma es ese 15% promedio que el consumidor debe pagar en cada producto que utiliza al bañarse, maquillarse o perfumarse, por tratarse de artículos considerados por la Ley de Impuestos Internos Nacionales como suntuarios, ya que están destinados al “cuidado, arreglo, acicalamiento, afeite, perfume, aseo o higiene del cuerpo”.
Este concepto resulta por demás arcaico y se confirma al observar cuáles son los productos considerados por esa ley para no ser gravados. Sólo los jabones de uso familiar y de afeitar, champúes no medicinales, talcos y polvos no perfumados, dentífricos y desodorantes, siempre que no se vendan en envases de aerosol, están exentos de pagar impuestos internos.
Los restantes, llámense cremas, perfumes, esmaltes para uñas o cosméticos en general, lejos de ser considerados necesarios, pagan una alícuota nominal de 29%, algo elevada si se considera que las joyas y pieles tributan una tasa de 33,3%; las bebidas alcohólicas 30% y 8,7% el champagne.
A la presión tributaria se le suma la competitividad que caracteriza al mercado de los artículos de higiene y tocador, ya que tanto la producción como la cadena de distribución se caracterizan por un alto grado de atomización. Unas 300 firmas productoras -2 extranjeras y varias que explotan licencias- ocupan a más de 11 mil personas en forma directa y a alrededor de 200 mil si se toma en cuenta la cadena de distribución.
Las ventas totales, estimadas en US$ 600 millones anuales, no alcanzaron para mantener en pie a varias firmas extranjeras, que en los últimos años se retiraron del país y vendieron sus líneas a los mayoristas. La producción anual, que equivale a 1% del P.B.I. industrial, incluye unos 8 millones de litros de champú; 24 millones de desodorantes en aerosol; 4.600 toneladas de dentífrico; 1.500 Litros de perfume; 2.000 toneladas de fijador y 500 mil litros de pintura.
Tantas toneladas juntas no permiten ver claramente la caída que este mercado viene sufriendo en la última década. La producción de jabones en 1979 era casi de 34 mil toneladas y la del año pasado no superó los 20 mil. Ese factor, sumado al de la presión fiscal, preocupa a los productores del sector.
Con toda la artillería apuntando sobre el tema, Ricardo Flores, director de Odol y presidente de la Cámara sectorial, tiene claro que para el Estado “resultaría imposible hacer desaparecer este impuesto, porque esa plata habría que sacarla de otro lado. Pero si la voracidad fiscal se redujera, se reflejaría inmediatamente en el consumo, y la recaudación fiscal seguiría siendo la misma, porque aumentarían las ventas”.
Igualmente preocupados, otros miembros de la Cámara señalan que la carga impositiva de los productos tiene otras aristas igualmente perjudiciales. Una es la proliferación de robos a los camiones que transportan estas mercaderías. “Si los venden, el premio es muy grande, ya que se comen el impuesto”. Por esa razón, comenta que una de las empresas de mayor magnitud del sector desembolsa cerca de US$ 50 millones anuales en concepto de “vigilancia”.
Otra de las consecuencias, y tal vez la más grave, es el daño directo que en algunos sectores del público consumidor ocasiona el encarecimiento de hecho de algunos productos y su consecuente reemplazo o descarte. Un desodorante en aerosol no es un artículo de lujo. Sin embargo, en el ´89 se vendieron 32 millones de unidades y al año siguiente, 25% menos, es decir, 24 millones. Como se ve, si este tema sigue así se va a confirmar el axioma de que “todo tiempo pasado fue mejor”.
