miércoles, 21 de enero de 2026

    El cambio no es el de antes

    Hace casi tres años, al presentar una nueva etapa de MERCADO, con rediseño de contenidos y de estilo gráfico, decíamos: “Nada es permanente, excepto el cambio”. Tal vez nunca tuvo tanta vigencia la frase. El proceso de cambio es vertiginoso, avasallante, y trae mayor incertidumbre porque es menos previsible que antes.

    Según recuerda Charles Handy (en La edad de la insensatez), George Bernard Shaw sostenía que todo tipo de progreso depende de los hombres insensatos. La tesis era que los hombres razonables se adaptaban al mundo, mientras que los insensatos procuraban adaptar el mundo a sus necesidades.

    Siempre que ocurre un cambio importante debe buscarse, detrás de él, a un ser humano insensato.

    Por su parte, Handy cree que estamos viviendo la era del cambio discontinuo, el que no respeta un patrón de comportamiento. Y que para entenderlo, se requiere de un pensamiento discontinuo.

    En verdad, antes el cambio era bastante más previsible. Proyectar el presente permitía confirmar muchas de las expectativas que se tenían en el progreso, en el avance lineal. Era posible planificar la carrera profesional sin correr el riesgo que hay hoy de que la misma profesión desaparezca de una vez, o que el caudal de conocimientos exigidos en la posición sea tan diferente que no quede más remedio que un reentrenamiento integral y a fondo.

    Hasta ahora, la experiencia era importante para conseguir empleo o para manejarse criteriosamente.

    Pero, ¿de qué sirven los antecedentes cuando la situación ha cambiado de modo tan sustantivo que obliga a diseñar nuevos cursos de acción?

    El mensaje es revolucionario: hay que aceptar el proceso de educación permanente, cuestionar todo lo sabido, y aún más: poner bajo la lupa crítica la autoridad de los expertos tradicionales.

    Sin embargo, mirar hacia adelante conduce, muchas veces, a la confusión si se concentra la atención únicamente en las novedades tecnológicas. Ese enfoque impide ver las necesidades del consumidor y la realidad económica. La tecnología no es el único requisito para que se produzca el cambio.

    La sorpresa está a la vuelta de la esquina. En octubre -hace poco más de un mes- nació la primera empresa del siglo XXI: la fusión entre Bell Atlantic y TCI. A nadie escapa el significado de una operación que involucra US$ 33 mil millones entre una gran operadora telefónica y la mayor compañía de televisión por cable de Estados Unidos. Después de este movimiento, todos los actores

    deberán reevaluar su estrategia competitiva.

    Esta televisión interactiva, esta nueva generación de multimedios que se avecina, prenuncia que los cambios serán totales. Desde la perspectiva del consumidor, de los medios, de los anunciantes y de las agencias de publicidad.

    (Acerca del cambio discontinuo, consultar La edad de la insensatez. Futurología de la administración. Por Charles Handy. Editado por Limusa/Noriega Editores. 230 páginas. Ver capítulo I, “El argumento”.)