miércoles, 21 de enero de 2026

Un año de vértigo autoritario en la Casa Blanca

El primer año del segundo mandato de Donald Trump dejó un patrón: presión sobre controles institucionales en Estados Unidos y una política exterior de gestos bruscos, que forzó a aliados y rivales a recalcular. Entre aranceles, inmigración y focos de tensión como Irán, la economía mostró resiliencia, pero la incertidumbre se volvió estructural.

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El primer año del nuevo ciclo de Donald Trump en la Casa Blanca reordenó prioridades y métodos. No se trató solo de decisiones puntuales —aranceles, migración, alianzas— sino de una forma de gobernar que combinó velocidad, conflicto permanente y una lectura del poder que tensiona contrapesos. El resultado fue un salto de inestabilidad para la política doméstica y un shock de previsibilidad para el sistema internacional. 

En ese marco, la pregunta relevante no es si el mundo “se acostumbró” a Trump, sino qué se normalizó: la excepción como regla. En el balance del año, la novedad no fue el giro unilateralista —presente en su primera presidencia— sino su traducción en acciones más sistemáticas y en una narrativa de “seguridad” que justificó medidas de dureza interna y externa.

La política exterior como método de presión

En el plano internacional, el gobierno hizo de la amenaza una herramienta recurrente. El caso de Groenlandia —con anuncios de aranceles elevados y referencias al envío de fuerzas— funcionó como síntesis: un mensaje dirigido a Europa, pero también a la propia audiencia doméstica, donde la “firmeza” se presenta como virtud y la negociación como demostración de fuerza. La secuencia obligó a la Unión Europea a responder en un delicado equilibrio entre disuasión y contención, para evitar una escalada sin concesiones explícitas. 

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En esa tensión se observó un cambio más profundo: la política exterior dejó de basarse en la previsibilidad de compromisos y pasó a basarse en la incertidumbre de los gestos. Para aliados, el costo no es únicamente económico —aranceles, comercio, inversión— sino institucional: un socio que modifica términos por impulso reduce el valor de cualquier acuerdo, incluso cuando se lo firma.

La UE buscó “superar el desconcierto” con un doble movimiento: mostrar cohesión y, a la vez, evitar que la escalada arrastre a otros frentes sensibles, en particular Ucrania y la seguridad europea. Ese esfuerzo incluyó advertencias diplomáticas, discusiones internas sobre autonomía estratégica y un debate sobre la capacidad real de “voluntad de poder” del bloque. 

Inmigración y seguridad: el giro doméstico

En el frente interno, el endurecimiento migratorio ocupó un lugar central. Fue notable el protagonismo del ICE como brazo operativo de una política de control y deportación con alto impacto social y político. El punto relevante para el análisis es que la migración dejó de ser un tema sectorial para convertirse en un eje organizador del poder: define prioridades presupuestarias, justifica medidas excepcionales y ordena el discurso público sobre seguridad. 

Ese giro no opera en el vacío. La conflictividad social —protestas en ciudades, activismo juvenil, articulación de nuevas figuras políticas— aparece como la respuesta más visible, pero no necesariamente la más efectiva. El “trumpismo” se consolidó, en parte, por la dificultad de sus opositores para construir mayorías estables y por la fragmentación de agendas. En el primer año, la resistencia existió; la pregunta es su capacidad de traducirse en poder institucional. 

En paralelo, el debate no se limitó a políticas públicas: se extendió a la noción de democracia y a los límites de la transición institucional. El riesgo no sería una ruptura abrupta, sino una erosión gradual de prácticas, normas y controles, que reconfigura el sistema sin necesidad de declararlo. 

Economía: resiliencia en un contexto de fricción

Un punto contraintuitivo del balance es que la economía estadounidense, pese a la fricción política y comercial, resistió. Esto no invalida el costo de la incertidumbre, pero indica que el impacto no fue inmediato en indicadores agregados. Parte de esa resiliencia se explica por un mercado laboral aún fuerte, por el impulso tecnológico —con la inteligencia artificial como vector de inversión— y por mecanismos de ajuste empresarial ante cambios regulatorios. 

Sin embargo, la lectura de mediano plazo es menos cómoda. Los aranceles, cuando se usan como herramienta de negociación permanente, introducen un impuesto implícito sobre cadenas de valor y decisiones de inversión. También elevan el margen de error de las empresas: el problema no es solo el arancel, sino su volatilidad.

A eso se suma una dimensión social: la “asequibilidad” (la capacidad de las familias de sostener consumo de bienes esenciales como vivienda, energía y alimentos) aparece como variable política. Cuando el debate público se polariza, el costo de vida se convierte en combustible: habilita discursos de protección y castigo, y reduce el espacio para políticas graduales. 

Irán y el riesgo de una guerra larga

Uno de los mayores riesgos es que Estados Unidos quede “enredado” en un conflicto prolongado con Irán. La cobertura lo sitúa en una zona gris: presión estratégica, amenazas regionales y cálculo político doméstico. El año mostró cómo un gobierno que privilegia el golpe de efecto puede elevar la temperatura sin definir un objetivo final claro. 

La historia ofrece advertencias. Las guerras largas suelen comenzar con una premisa de control y terminan dictadas por la dinámica del terreno, la reputación y la política interna. En el caso iraní, la coyuntura incluye un componente adicional: la fragilidad económica local —devaluación, tensión por precios de alimentos— y el efecto contagio en la región. El mapa de protestas y los gráficos económicos del especial apuntan a ese deterioro. 

Para los mercados, el riesgo es doble: energético (por el Golfo) y de confianza (por el efecto sobre primas de riesgo). Para Europa, es un dilema: contener la escalada sin parecer dependiente de Washington. Para América Latina, es otra señal de que la agenda global puede volverse imprevisible en semanas.

América Latina: Caracas como tablero secundario

El número también registra movimientos en Venezuela, con el secuestro del dictador Maduro y el posterior pacto con el Chavismo y la lógica de presiones cruzadas. En este escenario, la Casa Blanca opera sobre varios frentes a la vez: sanciones, mensajes a actores regionales y objetivos de seguridad. América Latina aparece como tablero secundario, pero sensible: cualquier endurecimiento en Washington se traduce en reacomodos diplomáticos y en tensiones comerciales y migratorias. 

Lo que deja el primer año

El saldo del año no se agota en una lista de medidas. Lo central fue el clima: un ejercicio del poder que transforma la incertidumbre en activo político. La pregunta que abre el segundo año no es si Trump moderará su estilo, sino si las instituciones —en Estados Unidos y fuera— encontrarán mecanismos para reducir el costo del “shock” permanente sin renunciar a la defensa de sus propios intereses.

En el corto plazo, la economía puede seguir mostrando capacidad de absorción. En el largo, la estabilidad depende menos de indicadores y más de reglas: las que se respetan cuando conviene y, sobre todo, las que se respetan cuando no conviene.

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