sábado, 11 de abril de 2026

    Signo de este tiempo

    La década de los ´90 marcó un antes y un después con respecto a la historia del empleo en la Argentina. Un país que tradicionalmente había sido receptor de mano de obra del resto del mundo, vivió en pocos años un marcado incremento de la tasa de desocupación, que pasó de lo que técnicamente se considera pleno empleo (5% de desempleo promedio en los años ´80) a una estabilidad en torno de 13% o 14% para los últimos años de la década, con un pico de 18,4% en mayo de 1995.


    A la vez, el problema del empleo no se agota en la imposibilidad de dos millones de personas de conseguir trabajo, sino que además creció notablemente el empleo en negro y la precariedad laboral, con lo cual las consecuencias del funcionamiento del mercado de trabajo se trasladaron a los principales indicadores sociales y se tradujeron en evasión del sistema previsional y de salud, y carencias en la cobertura social de una gran parte de la población.


    Esos cambios no tuvieron un efecto neutro en términos regionales: más bien se verifica que hubo zonas menos afectadas por el desempleo (como Posadas o Río Gallegos) y otras, en especial los grandes conglomerados urbanos (como el Gran Buenos Aires o el Gran Rosario) y algunas ciudades más pequeñas (como Catamarca o Jujuy), cuyas tasas se mantuvieron por encima de 16%.


    Esta realidad, no obstante, no es exclusiva de la Argentina. A partir de los años ´80 este fenómeno se diseminó en todo el mundo a partir de la emergencia de dinámicas estructurales intensivas en el uso de nuevas tecnologías y ahorradoras de trabajo.


    Sin embargo, otro rasgo estructural fue que no todos los tipos de trabajo tuvieron las mismas consecuencias. En particular, las tendencias más generales apuntaron a una nueva división del trabajo, con una clara separación entre trabajo calificado y no calificado, y una nueva gama de remuneraciones asociada a esa clasificación.


    Esas tendencias reflejan un nuevo tipo de incertidumbre, vinculada con el nuevo paradigma tecnoeconómico, que modifica la tradicional percepción acerca de la relación entre crecimiento del producto y crecimiento del empleo. Tal como lo demuestra la experiencia argentina de los años 1991-94, el crecimiento no necesariamente resuelve los problemas de empleo, e incluso puede profundizarlos.


    Como ejemplo vale destacar el caso de América latina, que durante los años ´90 vivió un proceso ­aunque con matices­ de apertura del comercio exterior, desregulación de la actividad económica y privatización de las empresas públicas, que redundó en una recuperación de las tasas de crecimiento con respecto a la década anterior. Sin embargo, entre 1991 y 1999, el promedio de desempleo urbano para la región pasó de 5,8% a 8,7%, con marcadas diferencias entre países como México (2,6%) y Bolivia (4,5%), y otros como Colombia (19,8%), Venezuela (15,4%) y la Argentina (14,3%).


    En la Argentina, esas transformaciones estructurales, en un contexto de notable ausencia de políticas activas para revertir sus efectos más destructivos, generaron no sólo un aumento de la tasa de desempleo, sino también un incremento del trabajo en negro y una marcada precariedad de las relaciones laborales. En la actualidad, los principales indicadores reflejan esta situación:

    • hay dos millones de desocupados (13,8% de la población económicamente
      activa);
    • algo más de 40% de trabajo en negro;
    • del total de los ocupados, 40% está sobreocupado. En total, hay
      3,4 millones de personas que trabajan más de las 48 semanales que prevé
      la legislación laboral;
    • entre los sobreocupados hay 1,2 millón de personas que trabajan
      más de 61 horas semanales;
    • la mayoría de los sobreocupados no cobra horas extras;
    • el promedio de horas trabajadas en el país es de 55 por semana.
      Un promedio muy superior al de países como Venezuela (42), Estados
      Unidos y Gran Bretaña (38), y Francia (35).

    El debate sobre
    la flexibilidad

    En los
    últimos años, con una coyuntura adversa que acentuó
    los problemas de competitividad de la economía argentina (caída
    en el precio de los commodities, revaluación del dólar
    y crisis brasileña), tomaron fuerzas las iniciativas destinadas
    a flexibilizar el mercado de trabajo, con dos argumentos básicos.
    Por un lado, como una respuesta para adaptar la situación del mercado
    de trabajo a la flexibilización que tuvo lugar en la estructura
    productiva. Por otro, un argumento vinculado con la disminución
    de costos: dada la rigidez cambiaria que impone la convertibilidad, el
    único camino para recuperar competitividad es a través de
    la reducción de costos y salarios.

    Sin embargo,
    esa visión, que formó parte de las recurrentes recomendaciones
    de los organismos internacionales, generó debate y resistencias.
    Los principales argumentos en su contra se vinculan, por un lado, con
    cuestiones de corto plazo, como el efecto recesivo que podría tener
    puesto que generaría una caída de los salarios y, por lo
    tanto, una contracción del mercado interno.

    Por otro
    lado, y en el marco de una discusión más amplia, se plantea
    un debate acerca del tipo de inserción del país en el mercado
    mundial y sus consecuencias dinámicas en términos del bienestar
    de la población.