viernes, 3 de abril de 2026

    Enfrentamientos en la formación de la República

    Por Alfonso Santiago*


    María Martínez

    La polémica entre ellos se inicia con la dedicatoria hecha por Sarmiento a Juan Bautista Alberdi de su obra Campaña en el Ejército Grande, fechada el 12 de noviembre de 1852, en la que el sanjuanino dirigía su crítica contra Urquiza. Ella será respondida por Alberdi desde Quillota en enero de 1853, dando origen así al conocido contrapunto. La polémica entre estos dos próceres se prolongó por varios años y quedó registrada en dos obras escritas por sus propios protagonistas: Las Cartas Quillotanas de Alberdi y Las ciento y una de Sarmiento. Esas obras recogen las cartas y artículos en la que ambos polemistas contraponen fuertemente sus puntos de vista. Mientras Sarmiento las escribió principalmente desde Buenos Aires, Alberdi lo hizo desde Chile donde había llegado en 1844.

    Entre otros muchos, he seleccionado tres temas que fueron objeto del fuerte debate entre ambos autores: la postura acerca del General Urquiza, la originalidad de la constitución de 1853 y el juicio sobre el Facundo, la célebre obra de Sarmiento.

    La opinión sobre Urquiza, por entonces reciente vencedor de Rosas en la batalla de Caseros del 3 de febrero de 1852, líder de la organización constitucional y primer Presidente constitucional (1854-1860), fue muy distinta por parte de ambos contendientes. Sarmiento, a pesar de su activa participación en el Ejército Grande vencedor en Caseros, veía en Urquiza un mero reemplazante de Rosas en su estilo cuadillesco y una nueva amenaza para una futura y sólida organización constitucional. A pesar de su inicial adhesión a Urquiza, a quien llegó a llamar “la Gloria más alta de la Confederación”, mantenía hacia él una actitud de recelo que terminó manifestándose en su opción por el bando porteño cuando surgió el fuerte conflicto entre la Confederación y Buenos Aires. Este enfrentamiento se extendió entre la revolución del 11 de septiembre de 1853 y la batalla de Cepeda y el posterior Pacto de San José de Flores del 11 de noviembre de 1859, que puso término a la secesión porteña y abrió la instancia de la reforma constitucional de 1860.
    Por su parte, Alberdi fue un abierto partidario de la figura de Urquiza en quien veía el fundador del nuevo orden constitucional argentino. Alberdi fue uno de los consejeros principales de Urquiza e inspirador fundamental de la constitución de 1853 a través de Las bases, obra escritas en dos meses, entre marzo y mayo de 1852. Esa obra fue inmediatamente enviada a Urquiza desde Chile y en su segunda edición ya contenía un proyecto de texto constitucional. Las ideas expuestas en la obra de Alberdi inspiraron y guiaron decisivamente el trabajo de la Convención Constituyente reunida sin la participación de Buenos Aires en Santa Fe a fines de 1852 y que sancionó la nueva constitución el 1 de mayo de 1853. Luego Urquiza encargó a Alberdi trascendentes misiones diplomáticas en Europa desarrolladas entre 1856 y 1861. Esas tareas cesaron abruptamente tras la caída del Gobierno de Derqui, luego de la derrota de las fuerzas de la Confederación en la batalla de Pavón.


    Alfonso Santiago

    Sarmiento consideró que la postura favorable de Alberdi hacia Urquiza era meramente acomodaticia y que no respondía a convicciones profundas. Como antes había intentado acercarse a Rosas, ahora lo hacía con Urquiza. Sarmiento consideraba a la etapa de Urquiza como algo meramente transitorio que debía ser rápidamente superado para dar lugar a un estilo político nuevo y distinto. Por su parte, Alberdi afirmaba que Urquiza era un hombre providencial que merecía todo su apoyo intelectual y político.

    Otro punto de conflicto fue la postura de ambos debatientes acerca de la constitución de 1853. Alberdi veía en ella una creación original, inspirada en la constitución estadounidense pero adaptada a las necesidades propias del país. Allí estaba su genialidad y aporte. En la sanción de la constitución argentina no había imitación sino inspiración, no había adopción sino una lúcida adaptación del modelo estadounidense a las necesidades propias de nuestro país. Sarmiento, por su parte, en sus comentarios acerca de la Constitución de 1853 vio en ella una copia no muy buena del modelo estadounidense. Descartaba una genialidad adaptativa, que en todo caso resultaba negativa. De allí se deducía que lo mejor forma de hacer operativo el texto constitucional era seguir fielmente la jurisprudencia y la práctica estadounidense, renunciando a cualquier intento de originalidad nacional. Esta visión era fuertemente resistida por Alberdi quien mostraba, entre otros aspectos, las diferencias existentes entre ambas constituciones en relación al régimen federal y la clara influencia del modelo presidencialista chileno a la hora del diseño de nuestro Poder Ejecutivo.

    Mientras Alberdi rescataba y destacaba la originalidad de la fórmula constitucional argentina en la que él había realizado un valioso aporte. Por su parte, Sarmiento consideraba que no era conveniente ninguna originalidad, sino seguir fielmente el modelo estadounidense. Las propuestas de reforma propuestas por la provincia de Buenos Aires en la Convención Constituyente de 1860 responderán a la postura de Sarmiento, acentuando el poder de las provincias y limitando el poder del Gobierno federal, acercando de ese modo aún más nuestro modelo al de EE.UU.

    Por su parte, Alberdi criticará duramente la obra Facundo de Sarmiento. Considera que el sanjuanino es un autor con pocas luces y condiciones, con pulsiones de agresividad y polémica que no logra controlar, un periodista más que un pensador profundo, poco original y que expresa ideas de otros sin mayor análisis ni rigor. Por otra parte, no comparte el rechazo absoluto de Sarmiento por el gaucho, por su estilo de vida y sus valores. Alberdi, sin dejar de ver las limitaciones de la cultura gauchesca, tiene una postura más abierta y positiva de cara a su posible transformación: “¿Diréis que con los gauchos es imposible tener libertad perfecta? pues no hay otro remedio que tenerla imperfecta»; “si tenemos derecho para suprimir al caudillo, ellos le invocarán mañana para suprimirnos a nosotros”; “tal principio llevará a suprimir toda la nación argentina hispano-colonial, y a suplantarla de un golpe por una nación argentina anglo-republicana (…) la única que estaría exenta de caudillaje”.

    La polémica entre el tucumano y el sanjuanino, en sus términos y modo de expresión, fue dura y frontal. Sarmiento se refiere a Alberdi y su obra en términos claramente despectivos. Lo llamaba “templador de pianos”, en relación al gusto de Alberdi por la música y compositor de minués; afeminado, en alusión a su carácter; “planfletitos de Quillota”, en referencia a sus cartas escritas desde Chile. Al mencionar el modo en que el tucumano analiza su obra, dirá: “En la olla podrida que ha hecho usted de Argirópolis, Facundo, La Campaña, etc., etc., condimentados sus trozos con la vistosa salsa de su dialéctica saturada de arsénico, necesito poner orden para responder y restablecer cada cosa en su lugar”. Alberdi es más sutil pero también hiriente en muchas de sus expresiones. Sabiendo el rechazo que le produce a Sarmiento el término caudillo, dirá que el sanjuanino con su estilo confrontativo es un “caudillo de la prensa”: “En los países de caudillaje, hay caudillos en todos los terrenos. Los tiene la prensa lo mismo que la política. La tiranía, la violencia, está en todos, porque en todos falta el hábito de someterse a la regla”; “La prensa sudamericana tiene sus gauchos malos. Y no por ser rivales de los caudillos de sable, dejan de serlo los de pluma”; “el caudillo de pluma es planta que da el suelo desierto y la ciudad pequeña; producto natural de la América despoblada.”; Por diez años ha sido usted un soldado de la prensa; un escritor de guerra, de combate. En sus manos la pluma fue una espada, no una antorcha”; “Si los gauchos en el gobierno son obstáculos para la organización de estos países, ¿los gauchos de la prensa podrán ser auxiliares y agentes de orden y de gobierno regular?”.  

    Más allá de esta fuerte confrontación ocurrida en el comienzo de la década de 1850, la vida mantuvo separadas las trayectorias vitales de Alberdi y Sarmiento durante muchos años. Recién cuando en 1878 Alberdi regresa al país poniendo fin a cuarenta años de ausencia, se produce el reencuentro entre ambos, cuando el sanjuanino era ministro del Interior del Presidente Nicolás Avellaneda. Al parecer un abrazo entre ellos dio en parte por superadas las claras diferencias del pasado.

    Luces y sombras, razones y pasiones, encuentros y desencuentros de dos grandes hombres que signaron con sus aportes la segunda parte del siglo 19 de nuestra historia.

    *Abogado y Doctor en Derecho por la UBA. Profesor Titular de Derecho Constitucional de la Universidad Austral. Profesor en la Diplomatura en Cultura Argentina del Instituto de Cultura del CUDES. Miembro Titular de la Academia de Derecho y Ciencias Sociales de Buenos Aires y director de Instituto de Derecho Constitucional. Miembro correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de Madrid. Autor de libros y trabajos en el ámbito de su especialidad.