domingo, 5 de abril de 2026

    Reverdecer de una vieja querella

    Por Gregorio A. Caro Figueroa (*)


    María Martínez

    En La redención de las provincias (1931), José Ortega y Gasset advirtió que, desde comienzos del siglo 20, recrudeció en algunas regiones españolas la tendencia a hablar mal de Madrid como capital del reino, culpando al Estado “madrileño” de los todos los males locales.

    Ese tipo de reproche localista y un obsesivo cultivo de la memoria rencorosa suelen ser usados como coartadas para eludir las propias responsabilidades, transfiriendo el peso de la soluciones al mismo denostado centro político y administrativo del Estado.

    El centralismo cuestionado es tan responsable histórico de los males locales, como de suministrar remedio a mismos. En el pasado, y en épocas recientes, algunas corrientes políticas equipararon sus liderazgos caciquiles con federalismo, cifrando la mejora de las provincias en “la sistemática difamación” del “puerto”, observó Juan Ãlvarez.

    Para algunos, la realización del federalismo debía resultar de un debilitamiento de Buenos Aires, más que del fortalecimiento de las provincias. Buenos Aires fue, a la vez, una ciudad y una provincia. El antagonismo de provincianos y porteños “fue anterior a las tremendas diferencias de unitarios, federales y confederales”, señaló Carlos Segreti.

    Ortega y Gasset reaccionó contra ese contagioso lugar común, afirmando que había llegado la hora de que la provincia comenzara a “afirmarse a sí misma, a tener la voluntad creadora de ser, de crecer, de mejorar, de significarse y enriquecerse”. Para ello, el hombre provinciano estaba obligado a despojarse de su provincialismo extremo, tosco y rencoroso. Estaba emplazado a explorar y desplegar las posibilidades de su comarca, “una gran tarea a realizar con ellas y sobre ellas”.

    Además de intereses, factores materiales, condicionantes geográficos, intereses políticos y particularidades culturales, estaba la dificultad, cuando no incapacidad, de abordar el tema desde la complejidad a la que aludió Pascal, quien tenía “por imposible conocer las partes sin conocer el todo, y conocer el todo sin conocer particularmente las partes”.

    Tampoco era posible resolver el enigma de la personalidad de la Argentina que señaló Alberdi, sin tener en cuenta la complejidad del problema a abordar teniendo en cuenta la “doble armonía” de nuestros rasgos locales específicos –esa “sagrada individualidad”– con los nacionales, y de ambos con los universales.

    El histórico antagonismo de localismos contrapuestos porteño–provinciano tampoco se podrá superar si la llamada identidad nacional permanece anclada en persistencias, renunciando al otro sentido de identidad, que Ricoeur define como “proyección al futuro”, expresada como fidelidad a una promesa y como realización de proyectos.

    A comienzos del siglo 20, el historiador salteño Bernardo Frías identificó el antagonismo porteños-provincianos, como uno de los que afrontaba la sociedad local. Esas tensiones habían aflorado a la superficie a partir de 1810 y recrudecieron durante la Guerra de la Independencia.

    Ese antagonismo trascendía la cuestión territorial, la que se entrelazaba con la nueva fuente de riqueza derivada de la creciente importancia comercial del puerto de Buenos Aires, de cara al Atlántico y a Europa. Situación que, al principio, no perjudicó el comercio de Salta pero que, en el largo plazo, marcó el comienzo de su declinación.

    Si el español europeo era arrogante, el porteño no quedaba atrás. Aludiendo a Buenos Aires dice Frías: “En aquel país en el que, el no nacido en los contornos de la Plaza de la Victoria era tenido por de especie inferior por los que habían nacido en su cuna dentro de un recinto sagrado”. “Buenos Aires, para Buenos Aires y los porteños”. Ese encono se reprodujo en la elección de 1815 para elegir representantes por Salta al Congreso de Tucumán, cuando se votó al grito de “¡Mueran los porteños!”.

    A tal extremo llegó el desprecio porteño por los habitantes de las “provincias de arriba”, que se decía que los porteños no tenían reparos en “cortar cabeza de los provincianos que eran como perros”. Ese odio era recíproco en los provincianos, no menos crueles que aquellos.

    José Celedonio Balbín, comerciante que acompañó a Belgrano hasta su muerte, refiere que en 1820, al llegar a una posta vio “veinte cadáveres en esqueleto tirados al pie de un árbol” al alcance de los animales. Cuando los peones que lo acompañaban intentaron cavar una zanja para sepultarlos, el encargado de la posta negó permiso para hacerlo: “No haré tal cosa; me recreo al verlos: ¡son porteños!”.

    Juan Manuel de Rosas, símbolo del revisionismo histórico federalista, no salió más allá de los antiguos estrechos límites de Buenos Aires. Para él, después de esas fronteras comenzaba “lo extranjero”. El amor a la patria significaba “menos apego al terruño que odio al extranjero. Buenos Aires llamaba provincias extranjeras a las otras; Córdoba llamaba país extranjero a Buenos Aires”, señaló Luis Franco.

    A Rosas, la ciudad de Buenos Aires “le impidió ver la Nación”. Quince años antes de que el catamarqueño Luis Franco señalara esto, Martínez Estrada afirmó que hicimos de Buenos Aires “una gran ciudad porque no supimos hacer una gran nación”.

    Unidad indispensable

    En gran medida, Buenos Aires pudo ser gran ciudad por las provincias y estas pudieron serlo por Buenos Aires, esa cara del país asomada al mundo exterior. Hay países con grandes ciudades y con importantes estados locales: aquellas no anulan a estos, ni fueron grandes a expensas de las segundas.

    Aunque esa relación no haya sido armónica, simétrica y tampoco equilibrada, abrió caminos de comunicación y complementación y sentó las bases para la organización institucional del país. Costó años, sacrificios, cruentas luchas y desencuentros llegar a reunir a porteños y provincianos bajo la misma denominación, la misma Constitución y el compartido hogar de argentinos. Las provincias y Buenos Aires, como Buenos Aires y las provincias, forman una sola nación. “Buenos Aires es el rostro de la República Argentina”.

    En 1856, Sarmiento señaló: “Ahora se estila decir Buenos Aires y las provincias. ¡Las provincias o Buenos Aires! En este empeño en desnaturalizar los hechos, cada uno en su favor, están hoy en las provincias y en Buenos Aires, para desprenderse de toda nacionalidad. ¡Mentira!” (…) “Buenos Aires es en el interior, hoy como siempre, la nacionalidad argentina, el sentimiento que nos hace propender a tener un nombre como pueblo, a ocupar un rango en el mundo como nación”.

    En opinión de Sarmiento, el sentimiento de país está menos desarrollado en los hombres de las montañas o que viven parajes aislados. Para los “patriotas campesinos” de Salta, luego llamados gauchos, la patria era más su realidad tangible y cercana que una abstracción. Era el suelo que pisaban y cultivaban, y el de su hogar. Los hombres de esos parajes aislados, cree Sarmiento, no se inquietan “por la nacionalidad, porque sus ventajas se le ocultan desde el lugar en que está agrupado”.

    “Nosotros pugnaremos siempre contra el sentimiento local (…) contra los efectos de las distancias entre los pueblos para mantener el sentimiento de adhesión que constituye la nacionalidad, por temor a que, divididos en tribus, en pueblitos, agotemos nuestra vida en las convulsiones que son su consecuencia inevitable”.

    Lo que critica Sarmiento es el provincialismo cerril, rudo, refractario a cambios. Confiesa tener “apegos locales justificados”. “Soy provinciano pero no estuve nunca dispuesto a seguir a las provincias en sus extravíos”, dirá. En otra ocasión afirmó: “Yo soy provinciano pero no abrigo esos odios de aldea, que quieren saciar algunos”. Antes y después de Caseros, esos odios y sus consecuencias costaron mucho tiempo, muchas vidas, muchas vigilias y millones de pesos malbaratados.

    En el álbum dedicado a Emilia Herrero de Toro por emigrados argentinos en Chile, Sarmiento estampó: “Bien es verdad que Buenos Aires producía antes porteños. Con el tiempo, los cuyanos se dieron maña para ser llamados argentinos, mientras que los porteños para mantenerse siempre más arriba en el gallinero comienzan a llamarse, de su nueva capital, platinos. ¡Cómo avanzamos en el camino que han dado en llamar del progreso! Vamos, dicen los mozuelos, a pasos agigantados, de Cuyano a Argentino, de Porteño a Platino y eso sin dejar de ser Argentino. El diablo los entienda”.

    En septiembre de 1855, con el título “El provinciano al argentino”, el autor de Facundo publicó una serie de artículos polémicos enfatizando en la necesidad dejar atrás ese terreno resbaladizo que era la querella porteños – provincianos, campo sembrado de prejuicios y animosidades recíprocas. En el primer artículo está su conocida frase sobre este tema.

    “Porteño en las provincias, provinciano en Buenos Aires, argentino en todas partes”, tal fue mi divisa de guerra, cuando guerreábamos, tal será la oliva de paz, ahora que la paz mece sus alas blandamente sobre nosotros”. Más adelante se definió como “un americano que ha vivido quince años en Chile”; que se definió como cuyano para no ser expulsado de Chile cuando emigró; porteño que, “para atravesar la Confederación invocó las inmunidades del diputado tucumano…”.

    Añadió que se sentía alguien “que tiene el alma y el corazón argentino”, aunque arrastra la suerte de todo emigrado que, finalmente, “no tiene patria en este mundo: en Chile porque es argentino, en la Confederación porque es porteño, en Buenos Aires porque es provinciano”.

    Todavía había porteños que separaban Buenos Aires de las provincias, como si Buenos Aires fuese un país, y las provincias fuesen otro. Lo cual era prueba que se podía ser igualmente localista en provincias como en Buenos Aires, donde aún quedaban restos de un sistema de gobierno común a porteños y provincianos, con “mazorqueros, federales, unitarios, patriotas, malvados, ignorantes, liberales y retrógrados”.
    “Hay provincialismo en todas partes, y espíritu local”. El amor local es lo que se llama provincialismo. Buenos Aires tiene amor local justificado: riquezas, comodidades, adelantos, progreso, prosperidad. Pero eso no sucede en las provincias en el que el provincialismo no nace de parecido orgullo “sino de la pequeñez del teatro y de su atraso mismo…”.

    Los que no gozan de esos beneficios, los envidian. Los que no aman la ciudad porteña, la aborrecen. “Entonces el patriotismo toma esas formas odiosas de inculpación de lugar, que son la más triste de las faces de las cualidades humanas”.

    Una razonable armonía

    Derrocado Rosas, abierta la posibilidad de abrir una nueva etapa sancionando la Constitución, cuyo Preámbulo invoca “Al pueblo de la Nación Argentina”, era necesario archivar las “vulgaridades contra los porteños”, y de estos contra los provincianos. Era menester acabar con recelos y odios recíprocos. Pero había que hacerlo no solo yendo a los hechos, sino a las causas de esos hechos, para removerlas.

    Algunos de reproches de las provincias a Buenos Aires estuvieron a la orden del día en San Nicolás: Buenos Aires era la encarnación del mal, la playa de desembarco de lo foráneo, había acaparado las rentas desde 1810, había fraccionamiento el territorio y aniquilado la prosperidad” de las provincias. Buenos Aires, escribió Sarmiento, “es el rostro de la República Argentina”.

    Era necesario dejar de dar al extranjero el espectáculo de esos “sainetes del atraso nacional”. Había que lograrlo utilizando el único término “digno de ambos que es la patria común, los intereses argentinos”. “¿No valdría la pena de ofrecer en la práctica la sencilla armonía de poderes nacionales y provinciales, cada uno obrando en su legítima esfera?”.

    Alberdi señaló que, para la Argentina, la primera necesidad para la guerra, también para la paz, era “la consolidación y amalgamación de sus poderes desmembrados y dispersos, en un solo Gobierno nacional, unido, compacto y concentrado en el punto en que residen, establecidos de hecho, por los antecedentes de su historia. Ese lugar en la Argentina es la ciudad de Buenos Aires; Ciudad–Nación que pertenece a todos los argentinos, como todos los argentinos le pertenecen a ella”. Las oleadas de argentinos del interior que, a partir de 1930, migraron a Buenos Aires resquebrajaron la contraposición de “las dos Argentinas”, junto con el antagonismo interior–puerto.
    Félix Luna comprendió que Buenos Aires y las provincias son dos fuerzas fundamentales y contrapuestas, “como el ying y el yang del ser nacional”. Son “términos de un conflicto permanente que a veces –no muchas– han encontrado la fórmula para una razonable armonía”.

    (*) Es salteño. Historiador. Redactor principal de la revista Todo es Historia. Codirector de la Biblioteca Privada “J. Armando Caro”, de Salta.