Wal-Mart: Alemania rechaza su código de conducta privada

El sexo entre compañeros de trabajo no puede causar sanciones ni despidos. A los empleados no puede prohibírseles hacerse la corte o besarse. Ni siquiera en Wal-Mart. Un fallo germano hizo bajas sus acciones en Wall Street.

En efecto, un juez civil en Wuppertal hizo lugar a un recurso colectivo, presentado por personal de la cadena norteamericana Wal-Mart Stores. En febrero, los herederos de un judío liberal, Samuel Walton, intentaron imponer a sus empleados en toda Alemania un código de conducta privada que envidiaría Josef Ratzinger. Similar, claro, al aplicado –con notable sigilo- en Estados Unidos, reflejando el auge del fundamentalismo evangélico bajo George W.Bush y sus acólitos.

Pero la política de la cadena iba más allá de besos, miradas cómplices y encendidas palabras. La filial germana había abierto una “anti hot line”, para denunciar anónimamente a compañeros de labor. Los bocones voluntarios podían informar sobre relaciones íntimas, infidelidades conyugales, prácticas religiosas inconvenientes e ideas polìticas sospechosas.

La demanda fue subscripta por varios sindicatos que, al mismo tiempo, iniciaban acciones ante instancias laborales de la Federación y los estados. La compañía ha dado marcha atrás: no más código ni denuncias telefónicas anónimas. Ahora se espera un cimbronazo en la cúpula local, chivo emisario lógico. Pero, entretanto, las revelaciones perjudicaban a las acciones de gigante minorista en Nueva York.

Ocurre que el episodio alemán puso al decubierto una ofensiva contra la privacía de las personas alrededor del mundo. En verdad, la central y casi todas las subsidiarias de Wal-Mart aplican “códigos éticos” de similar tenor. Cabe preguntarse si también rigen en Argentina, donde la presencia de la cadena es escasa.

En efecto, un juez civil en Wuppertal hizo lugar a un recurso colectivo, presentado por personal de la cadena norteamericana Wal-Mart Stores. En febrero, los herederos de un judío liberal, Samuel Walton, intentaron imponer a sus empleados en toda Alemania un código de conducta privada que envidiaría Josef Ratzinger. Similar, claro, al aplicado –con notable sigilo- en Estados Unidos, reflejando el auge del fundamentalismo evangélico bajo George W.Bush y sus acólitos.

Pero la política de la cadena iba más allá de besos, miradas cómplices y encendidas palabras. La filial germana había abierto una “anti hot line”, para denunciar anónimamente a compañeros de labor. Los bocones voluntarios podían informar sobre relaciones íntimas, infidelidades conyugales, prácticas religiosas inconvenientes e ideas polìticas sospechosas.

La demanda fue subscripta por varios sindicatos que, al mismo tiempo, iniciaban acciones ante instancias laborales de la Federación y los estados. La compañía ha dado marcha atrás: no más código ni denuncias telefónicas anónimas. Ahora se espera un cimbronazo en la cúpula local, chivo emisario lógico. Pero, entretanto, las revelaciones perjudicaban a las acciones de gigante minorista en Nueva York.

Ocurre que el episodio alemán puso al decubierto una ofensiva contra la privacía de las personas alrededor del mundo. En verdad, la central y casi todas las subsidiarias de Wal-Mart aplican “códigos éticos” de similar tenor. Cabe preguntarse si también rigen en Argentina, donde la presencia de la cadena es escasa.

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