Mujeres que son sólo en apariencia exitosas

Un reconocido experto en relaciones públicas empresarias, Edgardo Frola (presidente de Hill & Knowlton Argentina), cuestiona un mito fabricado por los medios. Las “triunfadoras del mercado” no son buenos modelos sociales.

17 noviembre, 2004

“He leído la nota sobre ‘nuevas mimadas del mercado’, mujeres liberadas de 30 a 40 años, solteras y con recursos económicos”, señala el experto en carta a “La Nación” (17 de noviembre). “Se las pinta como el segmento más buscado, ya que compran sin problemas, viven libres, sin atarse a pañales u horarios, y son las mejores clientes que pueda tenerse”.

En apoyo de la tesis, ese artículo cita la serie norteamericana “Sex and the city” (¿por qué no “Desperate wives”?), que “vende la imagen –apunta Frola- de cuatro liberadas señoras inmaduras, sin base espiritual ni compromisos. Tristes mujeres que no debieran convertirse en ejemplos para nadie”.

El CEO local de H&K se apoya en sus doce años dirigiendo una multinacional de RRPP empresarias, donde casi 80% del personal es femenino. “He visto muchos embarazos, algunos buscados y otros sorpresivos, varios matrimonios y algunos concubinatos. También he tenido la suerte de tratar con algunas de esas ‘mujeres exitosas’ (afortunadamente, sólo dos de ellas en la compañía) y poder compararlas con el resto de las empleadas. Llegué a la conclusión de que ese eufórico éxito era un verdadero bluff”.

A criterio de Frola, “no hay nada más agradable que ver una mujer joven, empleada o ejecutiva, iniciarse como esposa, luego como madre, sobrellevar los nueve meses de carga y, después, rearmar su vida para volver al trabajo. Observarla compartir con gran esfuerzo obligaciones laborales y las de toda madre. Unirse más la pareja gracias a eso, pues obliga al hombre sensato a acercarse a las labores domésticas y cuidar la prole”.

El directivo sostiene, por ende, que el ejemplo real está en ese tipo de mujeres. “Tal vez no frecuenten ‘shoppings’ como las otras, pero son la verdaderas heroínas cotidianas”. Al cabo, la carta pide “por favor, dejemos de poner como íconos sociales a grupos minoritarios”. En realidad, las mujeres que exalta Frola “no se comprarán vestidos, botitas ni demás cosas, pero en pañales y otros enseres gastan tal vez mucho más que las liberadas”,

Por supuesto, la cuestión no es nueva en el mundo. Hace unos cuarenta años, Marshall McLuhan y Peter Drucker, desde ópticas distintas, censuraban los modelos sociales que erige el marketing. Ambos señalaban un punto: las “targets” etarias por lo común no cambian, pero sí las personas que las integran y –a medida como envejecen o ganan menos- dejan de ser “mimadas”.

Casualmente, en la misma página del diario, alguien que se acerca mucho al tipo de mujer que recomienda Frola, la juez Carmen Argibay, pone en su sitio a una campaña lanzada contra ella. En parte, por sus ideas. En parte, porque desempeña como es debido sus obligaciones en la Corte Internacional de La Haya. En parte, porque es una mujer muy distante de las “triunfadoras de mercado”.

“He leído la nota sobre ‘nuevas mimadas del mercado’, mujeres liberadas de 30 a 40 años, solteras y con recursos económicos”, señala el experto en carta a “La Nación” (17 de noviembre). “Se las pinta como el segmento más buscado, ya que compran sin problemas, viven libres, sin atarse a pañales u horarios, y son las mejores clientes que pueda tenerse”.

En apoyo de la tesis, ese artículo cita la serie norteamericana “Sex and the city” (¿por qué no “Desperate wives”?), que “vende la imagen –apunta Frola- de cuatro liberadas señoras inmaduras, sin base espiritual ni compromisos. Tristes mujeres que no debieran convertirse en ejemplos para nadie”.

El CEO local de H&K se apoya en sus doce años dirigiendo una multinacional de RRPP empresarias, donde casi 80% del personal es femenino. “He visto muchos embarazos, algunos buscados y otros sorpresivos, varios matrimonios y algunos concubinatos. También he tenido la suerte de tratar con algunas de esas ‘mujeres exitosas’ (afortunadamente, sólo dos de ellas en la compañía) y poder compararlas con el resto de las empleadas. Llegué a la conclusión de que ese eufórico éxito era un verdadero bluff”.

A criterio de Frola, “no hay nada más agradable que ver una mujer joven, empleada o ejecutiva, iniciarse como esposa, luego como madre, sobrellevar los nueve meses de carga y, después, rearmar su vida para volver al trabajo. Observarla compartir con gran esfuerzo obligaciones laborales y las de toda madre. Unirse más la pareja gracias a eso, pues obliga al hombre sensato a acercarse a las labores domésticas y cuidar la prole”.

El directivo sostiene, por ende, que el ejemplo real está en ese tipo de mujeres. “Tal vez no frecuenten ‘shoppings’ como las otras, pero son la verdaderas heroínas cotidianas”. Al cabo, la carta pide “por favor, dejemos de poner como íconos sociales a grupos minoritarios”. En realidad, las mujeres que exalta Frola “no se comprarán vestidos, botitas ni demás cosas, pero en pañales y otros enseres gastan tal vez mucho más que las liberadas”,

Por supuesto, la cuestión no es nueva en el mundo. Hace unos cuarenta años, Marshall McLuhan y Peter Drucker, desde ópticas distintas, censuraban los modelos sociales que erige el marketing. Ambos señalaban un punto: las “targets” etarias por lo común no cambian, pero sí las personas que las integran y –a medida como envejecen o ganan menos- dejan de ser “mimadas”.

Casualmente, en la misma página del diario, alguien que se acerca mucho al tipo de mujer que recomienda Frola, la juez Carmen Argibay, pone en su sitio a una campaña lanzada contra ella. En parte, por sus ideas. En parte, porque desempeña como es debido sus obligaciones en la Corte Internacional de La Haya. En parte, porque es una mujer muy distante de las “triunfadoras de mercado”.

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