Desde la Psicología del Trabajo, las vacaciones cumplen una función reguladora clave: permiten que el sistema psicoemocional salga del modo exigencia y recupere recursos que se desgastan durante el año. No se trata solo de frenar, sino de restablecer el equilibrio entre activación y recuperación.
Cuando no se logra desconectar, el organismo continúa en estado de alerta. El estrés sostenido impacta en el sueño, el sistema inmune, la regulación emocional y la capacidad cognitiva. Por eso muchas personas vuelven de vacaciones igual o más cansadas: el cuerpo descansa, pero la mente sigue trabajando.
Desconectar de verdad habilita procesos de reparación psíquica: mejora la atención, la memoria, la creatividad y la capacidad de disfrute. También permite una reconexión emocional con uno mismo y con los vínculos, aspectos que suelen quedar relegados en contextos de alta exigencia.
El descanso mental no es pasividad. Es una intervención preventiva en salud. Vacacionar sin desconectar sostiene el desgaste; vacacionar desconectando permite volver con mayor claridad, estabilidad emocional y una relación más sana con el trabajo.
¿Por qué no logramos desconectar?
La dificultad para desconectar no se explica solo por la tecnología o la cantidad de tareas. El problema central está en cómo se configura hoy el vínculo subjetivo con el trabajo.
En muchos casos, el trabajo se transforma en un escenario de autoexigencia permanente, validación personal y control. Aparecen entonces causas recurrentes:
- Presión por el rendimiento y la productividad constante
- Internalización de expectativas altas (propias y ajenas)
- Difuminación de los límites entre tiempo laboral y personal
- Dificultad para delegar o soltar responsabilidades
No es solo un problema externo. Muchas personas sostienen la conexión como una forma de sentirse necesarias, seguras o en control.
Las consecuencias de no cortar
El impacto de la no desconexión es progresivo y acumulativo.
- A corto plazo: cansancio mental, irritabilidad, dificultad para relajarse, problemas vinculares y baja performance.
- A mediano plazo: trastornos del sueño, menor concentración, baja tolerancia a la frustración y pérdida de motivación.
- A largo plazo: estrés crónico, desgaste profesional y una relación cada vez más dolorosa con el trabajo, además de la agudización de patologías de base.
No desconectar no es falta de voluntad para descansar. Es un indicador de un sistema interno que no logra salir del “modo exigencia”. Un síntoma que pide ser leído y trabajado, porque cuando se lo ignora, la persona suele entrar en loops cada vez más desconectados o destructivos.
Cómo lograr un descanso mental real
Desde el Método Tarasiewicz® que implementamos con pacientes que traen estas problematicas partimos de una premisa clara: desconectar no es fácil. Para muchas personas no es inmediato ni placentero al principio.
Descansar no es solo apagar dispositivos o cambiar de lugar. Es desarmar un modo de funcionamiento interno que estuvo activo durante meses o incluso años.
Muchos llegan a las vacaciones con el sistema nervioso dominado por estados dopaminérgicos: logro, control, rendimiento, validación permanente. Ese funcionamiento sostiene resultados, pero también actúa como defensa. Cuando baja, no siempre aparece calma; a veces emergen cansancio acumulado, vacío, angustia o desorientación. Eso no es un error del descanso, es parte del proceso.
El descanso mental real implica bajar progresivamente esos estados dopaminérgicos y habilitar otros circuitos neuroemocionales, especialmente los asociados a la oxitocina: la hormona del vínculo, del apego, de la calma y la seguridad. La oxitocina no se activa con productividad ni exigencia, sino con presencia, cuerpo y vínculos reales.
Diez acciones realistas para prepararte psicoemocionalmente antes de las vacaciones
- Aceptar que al principio puede incomodar
- Cuando se frena, aparece lo que el año laboral ayudó a tapar. No hay que correr a llenarlo de estímulos.
- Bajar la autoexigencia interna
- Las vacaciones no son para compensar ni optimizar pendientes. Descansar es permitirse no rendir.
- Entender que “un trabajo es solo un trabajo”
- Cuando se vuelve la fuente absoluta de sentido, suele transformarse en una carrera defensiva con el ego. Diferenciar rol, identidad laboral y ser es clave.
- Aceptar que descansar también se aprende
- Muchas personas no saben descansar porque nunca lo entrenaron. Y todo aprendizaje lleva tiempo.
- Poner límites mentales, no solo digitales
- Leer no es lo mismo que accionar. No todo requiere respuesta inmediata.
- Reducir la hiperestimulación de forma consciente
- Menos pantallas, menos multitarea, menos ruido. No de golpe, con registro interno.
- Cambiar el tipo de estímulos
- Salir de la lógica de decisión constante. Actividades simples o corporales ayudan a bajar.
- Priorizar vínculos reales
- El contacto humano genuino regula el sistema nervioso más que cualquier técnica.
- Recuperar la atención en lo simple
- Lo cotidiano, lo pequeño, lo no productivo. Ahí aparece una calma diferente.
- Volver al cuerpo como ancla
- Dormir, caminar, respirar, abrazar, estar en la naturaleza.
Un descanso mental verdadero no apaga el sistema: lo reconfigura. Implica pasar de la lógica dopaminérgica del hacer constante a una lógica más oxitocínica del estar, del vínculo y del sentido.
Cuando eso ocurre, la persona no solo vuelve con más energía. Vuelve con otra relación con el trabajo, con la vida y consigo misma.











