En el contexto de las vacaciones de verano en Argentina, la disminución de rutinas escolares otorga mayor protagonismo a las pantallas en la vida cotidiana de niños y niñas. Laura Krochik, especialista en crianza y vínculos, sostiene que la clave no reside en prohibir o habilitar dispositivos sin límites, sino en acompañar los procesos de uso de la tecnología.
De acuerdo con Krochik, el debate debe centrarse en cómo, cuándo y para qué se utiliza la tecnología, y en el rol que ocupa dentro del vínculo entre adultos y menores. La especialista resalta que la crianza digital implica un acompañamiento activo, basado en el diálogo y la confianza. “Acompañar no es vigilar”, expresa Krochik, y advierte sobre los riesgos de confundir supervisión con control: “Muchas veces los adultos confundimos acompañar con vigilar. Revisar sin avisar, controlar en silencio o imponer reglas sin diálogo suele generar distancia, uso oculto o conflictos innecesarios”.
La presencia adulta genuina es fundamental para construir hábitos digitales saludables. Acompañar supone interesarse por el contenido, el contexto y las emociones que surgen en el uso de dispositivos, así como ofrecer espacios de conversación abiertos y frecuentes. El ejemplo de los adultos resulta determinante, ya que los niños observan las conductas y perciben la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.
Krochik señala que demonizar las pantallas puede generar culpa o desconexión y que la tecnología constituye también un espacio de socialización, juego y aprendizaje. La integración equilibrada de la tecnología con otras experiencias, como el juego libre, el movimiento y el descanso, es presentada como un eje para una crianza saludable.
“La tecnología llegó para quedarse. El desafío no es resistirla, sino humanizar su uso. Y eso no se logra solo con controles parentales, sino con adultos disponibles, conscientes y dispuestos a vincularse, también —y sobre todo— cuando no hay escuela que ordene desde afuera”, concluye Laura Krochik.












