Cómo impactan las vacaciones de invierno en la salud de quienes cuidan
Dra. Laura MAFFEI (M.N. 62441), endocrinóloga de amplia trayectoria y referente en estrés. Es directora de Maffei Centro Médico e Investigación Clínica Aplicada y autora del libro Alicia en el país del estrés.

Hay un cortisol que no distingue entre un lunes de trabajo y un sábado sin escuela. Qué pasa en el cuerpo cuando el estrés se sostiene y por qué cuidar al adulto también es cuidar a toda la familia.
Todos los años, cuando llega julio, aparecen recomendaciones para “disfrutar las vacaciones de invierno”, con planes para hacer con los chicos, actividades, salidas, recetas para el frío. Pero para muchas madres, padres y cuidadores, las vacaciones no significan necesariamente descanso. La escuela se detiene, pero el
trabajo sigue, las tareas de la casa siguen, y las preocupaciones laborales o económicas también. Y, además, aparece una nueva demanda que involucra organizar qué hacer con los chicos, sostener rutinas, contener, acompañar y llegar al final del día aún con algo de energía. En especial cuando se trata de niños de hasta 12 años.
El cortisol no sabe que es feriado
Desde la endocrinología sabemos que el estrés es una reacción vital para lograr la mejor adaptación a los desafíos cotidianos. Es un mecanismo primitivo y poderoso que nos mantiene activos. El problema no es sentirlo, sino que la señal de alarma quede activada demasiado tiempo. Y eso es exactamente lo que puede suceder en los adultos que atraviesan las vacaciones de invierno con chicos a cargo sin una red de contención.
Cuando el cortisol se mantiene elevado de manera sostenida, el organismo empieza a manifestar señales que muchas veces se interpretan como “cansancio normal de la época”, tal como irritabilidad, dificultad para dormir aunque el cuerpo esté agotado, menor tolerancia a la frustración, dolores musculares
difusos, digestión alterada y una sensación de que la energía nunca alcanza. No es falta de voluntad ni “estar bajoneado”: es una desregulación hormonal, con causa, consecuencias y, sobre todo, con manejo posible.
El termostato emocional de la familia
Hay algo que la investigación en psiconeuroendocrinología ve con claridad creciente, el hecho de que los niños son altamente permeables al estado emocional de los adultos que los rodean. Según investigaciones de la Dra. Sonia Lupien, fundadora del Centre d’Études sur le Stress Humain de la Université de Montréal, los niños pueden ser especialmente sensibles al estrés de sus padres.
En un estudio publicado en Biological Psychiatry, Lupien y su equipo observaron que los niveles de cortisol en la infancia se relacionaban con factores del entorno familiar, como el nivel socioeconómico y el estado depresivo materno. No hace falta que los padres lo expresen en palabras, ya que el tono de voz, la tensión
corporal, la velocidad de los movimientos y la calidad de la atención son señales que los niños decodifican con una precisión que subestimamos.
Dicho de otro modo, el estado hormonal del adulto que cuida es, en gran medida, el termostato emocional de toda la familia durante las vacaciones. Un padre o una madre con el cortisol elevado, aunque tenga la mejor intención, no puede ofrecer la misma calidad de presencia que uno que ha logrado bajar su nivel de activación. No porque no quiera, sino porque el sistema nervioso, cuando está en alerta, prioriza la supervivencia sobre la conexión.
Las señales que el cuerpo manda y solemos ignorar
Reconocer en el propio cuerpo las señales de aumento de estrés es el primer paso para intervenir, así como un corazón acelerado sin razón aparente, tensión en los hombros que no cede, una sensación de ansiedad que aparece incluso en momentos de calma, o una irritabilidad que sorprende al propio adulto que la experimenta. Detectar a tiempo estas alertas puede ayudar a evitar que el estrés se cronifique y derive en cuadros más complejos.
El sueño también es un indicador clave. El invierno altera el ritmo circadiano por la reducción de horas de luz, lo que puede afectar la producción de melatonina y desajustar el reloj biológico. Si a eso se le suma una semana de vacaciones con rutinas desorganizadas —horarios cambiados, menor actividad física,
alimentación más irregular—, el sistema hormonal puede recibir señales contradictorias y responder con más fatiga, más irritabilidad y menos capacidad de disfrute.
Cuidar al que cuida: una decisión de salud familiar
La propuesta, desde mi especialidad, no es agregar una tarea más a la lista, sino entender que cuidar el bienestar del adulto es la condición para que las vacaciones sean disfrutables para toda la familia.
Algunas claves concretas para regular el estrés durante este período incluyen sostener horarios de sueño relativamente estables, incluso en vacaciones, porque la regularidad del ritmo circadiano es uno de los reguladores más potentes del cortisol. Mantener alguna forma de actividad física porque el movimiento es una de las herramientas más eficaces para metabolizar el cortisol circulante.
Permitirse momentos de desconexión genuina del trabajo y de las pantallas, no porque sea un ideal romántico, sino porque el sistema nervioso necesita períodos de baja activación para recuperar su equilibrio.
Para madres, padres o cuidadores que además tienen que seguir trabajando durante el receso, también puede ser útil organizar turnos de cuidado con la pareja o con otros integrantes de la familia, cuando sea posible, para que cada adulto tenga al menos un momento propio durante el día. Ese espacio puede ser
una caminata, una práctica breve de mindfulness, ejercicios de respiración o simplemente una hora diaria de cuidado personal. No se trata de desaparecer de la dinámica familiar, sino de generar pequeñas pausas reales para que el cuerpo pueda bajar la activación.
Y también, algo que suele olvidarse, es aceptar que no todo tiene que estar planificado. La improvisación, el tiempo sin estructura, el aburrimiento compartido con los hijos son experiencias que tienen valor hormonal real. El cerebro en descanso activo —sin agenda y sin notificaciones— produce más oxitocina, la hormona vinculada al bienestar y la conexión. Y esa oxitocina es la que permite que un adulto esté realmente presente, y no solo físicamente disponible.
Julio como oportunidad de reset
El estrés va a estar presente en estas vacaciones porque es parte de nuestra naturaleza. La diferencia está en cómo aprendemos a gestionarlo. Entender que el organismo del adulto que cuida es también un organismo que necesita cuidado —que tiene señales propias, límites y una biología que responde a lo que
se le pide— es quizás el aprendizaje más valioso que este julio puede dejar.
Porque los chicos no necesitan actividades perfectas ni agendas llenas, necesitan adultos que puedan estar. Y para estar, hay que haber podido descansar.
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