Se acabó la farra para las empresas de software

Durante mucho tiempo las empresas vendedoras de software tuvieron la vida fácil. Sólo se ocupaban de vender -- muy caras – sus licencias. La nueva modalidad les exige alquilar el software y retener responsabilidad y mantenimiento.

22 junio, 2004

Desde que comenzó la era de la computación corporativa las empresas vendedoras de software recibían todos los beneficios mientras el riesgo lo corrían sus clientes corporativos. La costumbre indicaba que las empresas compraban licencias de software, pagaban contra entrega y además otro 20% al año por mantenimiento (actualizaciones, protección antivirus, etc). Quedaba para las empresas la responsabilidad de ensamblar el software al resto de sus sistemas y lograr que funcionara en sintonía con todo lo demás. Una vez hecha la venta, el vendedor de software quedaba totalmente libre para pasar a ocuparse de una nueva venta.

Pero estaba escrito que tanta suerte no iban a tener indefinidamente. La nueva tendencia se llama computación “on-demand”. En lugar de comprar a perpetuidad licencias de software, los clientes corporativos alquilan el uso de sus aplicaciones y pagan mes a mes. El proveedor aloja las aplicaciones en sus servidores y bases de datos y las empresas acceden a todo eso vía internet. Ya no tendrán que integrar por su cuenta la tecnología; ésa es una responsabilidad que de ahora en adelante deberán afrontar las fabricantes.

La nueva modalidad es más barata y menos riesgosa para los clientes. En lugar de tener que hacer grandes inversiones de capital en software, consiguen capacidad de computación según un sistema de “pay-as-you-go” (pagar sobre la marcha). Si algo no funciona, siempre va a poder llamar a la proveedora del software para que se haga cargo del arreglo. También se la conoce como “computación utilitaria”. También es mucho menos compleja para el cliente porque sólo tiene que registrar a su personal en el sistema de la misma manera que cuando solicita teléfono o electricidad.

Para las empresas de software, en cambio, es todo un dolor de cabeza. Deben hacerse responsables de su software, de sus errores y complicaciones. El capítulo no se cierra con la venta y no reciben efectivo antes de demostrar que su tecnología funciona bien. Además, inevitablemente van a surgir presiones por los precios: cuanto más fácil sea para los clientes conectarse a las redes de diferentes proveedores, más feroz va a ser la competencia entre ellos.

Desde que comenzó la era de la computación corporativa las empresas vendedoras de software recibían todos los beneficios mientras el riesgo lo corrían sus clientes corporativos. La costumbre indicaba que las empresas compraban licencias de software, pagaban contra entrega y además otro 20% al año por mantenimiento (actualizaciones, protección antivirus, etc). Quedaba para las empresas la responsabilidad de ensamblar el software al resto de sus sistemas y lograr que funcionara en sintonía con todo lo demás. Una vez hecha la venta, el vendedor de software quedaba totalmente libre para pasar a ocuparse de una nueva venta.

Pero estaba escrito que tanta suerte no iban a tener indefinidamente. La nueva tendencia se llama computación “on-demand”. En lugar de comprar a perpetuidad licencias de software, los clientes corporativos alquilan el uso de sus aplicaciones y pagan mes a mes. El proveedor aloja las aplicaciones en sus servidores y bases de datos y las empresas acceden a todo eso vía internet. Ya no tendrán que integrar por su cuenta la tecnología; ésa es una responsabilidad que de ahora en adelante deberán afrontar las fabricantes.

La nueva modalidad es más barata y menos riesgosa para los clientes. En lugar de tener que hacer grandes inversiones de capital en software, consiguen capacidad de computación según un sistema de “pay-as-you-go” (pagar sobre la marcha). Si algo no funciona, siempre va a poder llamar a la proveedora del software para que se haga cargo del arreglo. También se la conoce como “computación utilitaria”. También es mucho menos compleja para el cliente porque sólo tiene que registrar a su personal en el sistema de la misma manera que cuando solicita teléfono o electricidad.

Para las empresas de software, en cambio, es todo un dolor de cabeza. Deben hacerse responsables de su software, de sus errores y complicaciones. El capítulo no se cierra con la venta y no reciben efectivo antes de demostrar que su tecnología funciona bien. Además, inevitablemente van a surgir presiones por los precios: cuanto más fácil sea para los clientes conectarse a las redes de diferentes proveedores, más feroz va a ser la competencia entre ellos.

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