Sirat: la política del extravío
En Sirat, el cineasta gallego Oliver Laxe vuelve a practicar un gesto que atraviesa toda su filmografía: desplazar el centro. No se trata solo de filmar lejos de Europa, sino de mirar a Europa desde un lugar donde sus certezas ya no funcionan. El resultado es una película que evita la consigna, pero no la política; rehúye la tesis explícita, pero construye una lectura inquietante sobre el presente.

El punto de partida es mínimo: un padre recorre el desierto marroquí buscando a su hija, desaparecida en el circuito de raves ilegales. La premisa podría conducir a un relato de suspenso o a un drama psicológico clásico. Laxe elige otra cosa. Sirat no narra una búsqueda: narra un extravío.
La rave como síntoma
Las raves que aparecen en la película no son celebraciones hedonistas ni postales generacionales. Funcionan como un síntoma. Jóvenes europeos atraviesan fronteras para internarse en el desierto, no para descubrir algo nuevo, sino para suspender el sentido. Música electrónica, trance, repetición: una comunidad intensa y efímera, sin pasado ni futuro.
No hay aquí épica de la contracultura ni romanticismo libertario. Laxe filma estos encuentros como rituales agotados, más cercanos a la anestesia que a la rebelión. La política emerge en negativo: una generación que no discute el mundo que hereda, simplemente intenta desaparecer por momentos.
Marruecos, sin exotismo
Uno de los gestos más precisos del film es su forma de situar Marruecos. No hay exotización ni subrayado cultural. El país aparece como territorio funcional, como frontera material y simbólica de Europa. Un espacio donde los europeos pueden perderse por elección, mientras otros habitan ese mismo espacio por historia.
El desierto no es paisaje: es prueba. Allí no operan las categorías del confort occidental ni las promesas de la movilidad permanente. Todo cuesta. Todo tarda. Todo se desgasta. En ese desgaste, el film encuentra su densidad política.
El padre y el viejo lenguaje
El personaje del padre introduce una dimensión generacional clave. Representa una Europa que todavía cree en el trayecto, en la perseverancia, en la continuidad. No juzga a los jóvenes, pero tampoco logra comprenderlos. Su obstinación es ética antes que emocional: seguir buscando aunque no haya garantías.
La distancia entre ese padre y la comunidad rave no es solo narrativa; es histórica. Dos formas de entender el tiempo chocan sin estridencias. Una piensa en términos de proceso; la otra, de instante. La película no resuelve ese conflicto. Lo expone.
Comunidades que no se tocan
Sirat contrapone dos modos de lo colectivo. Por un lado, la comunidad rave: horizontal, intensa, momentánea. Por otro, las comunidades locales que aparecen en el recorrido: silenciosas, persistentes, regidas por reglas no negociables. Ninguna es idealizada. Pero la comparación es elocuente.
Laxe sugiere que la cultura contemporánea confunde intensidad con pertenencia. Donde hay ruido, se cree que hay comunidad. Donde hay silencio, se presupone vacío. El film invierte esa lógica sin necesidad de explicitarla.
Una política sin consuelo
No hay clímax ni cierre tranquilizador. La película avanza con un ritmo deliberadamente áspero, sostenido más en los cuerpos que en los diálogos. El cansancio se acumula. La narración se vuelve porosa. El espectador también debe atravesar su propio desgaste.
En tiempos de discursos rápidos y soluciones inmediatas, Sirat propone otra cosa: la experiencia de no entender del todo. Esa negativa a ofrecer respuestas claras es, en sí misma, una posición política. El film se niega a traducir el desorden contemporáneo en moraleja.
Un espejo incómodo
Sirat no acusa a Europa, pero la observa desde un ángulo poco complaciente. Muestra una civilización que exporta jóvenes en busca de trance y deposita en sus márgenes aquello que no quiere integrar. El desierto no aparece como amenaza externa, sino como espejo interno.
Laxe filma ese espejo sin subrayados, con una puesta en escena austera y una confianza radical en la potencia del tiempo y del espacio. El resultado es una película que incomoda porque no ofrece refugio interpretativo. Obliga a mirar.
En ese gesto, Sirat se inscribe en una tradición de cine político que no necesita consignas para ser incisivo. Un cine que entiende que, a veces, lo más perturbador no es lo que se dice, sino lo que queda sin nombre.
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