Pinta Miami 2025: arte del sur para un mundo que gira
En un hangar industrial rodeado de palmeras, la feria Pinta reafirma su lugar como enclave latinoamericano dentro del vértigo global de la Art Week. Galerías, rituales curatoriales y clima tropical para una escena que transita entre lo identitario y lo financiero.

Del 4 al 7 de diciembre, en Coconut Grove, se realizó la edición número 19 de Pinta Miami, la única feria dedicada exclusivamente al arte latinoamericano en el marco de la Miami Art Week. Con la participación de 45 galerías de 14 países y más de 16.500 visitantes, consolidó su apuesta por el Sur global como narrativa contemporánea.
El hangar y la humedad
Miami huele a mar y a promesa. En diciembre, cuando el calendario del arte global desembarca en el sur de Florida, la ciudad se convierte en escenario para la exhibición y el exceso. Dentro de ese mapa de ferias, instalaciones y cócteles curados al detalle, Pinta Miami elige otra frecuencia. No es monumental como Art Basel, ni alternativa como NADA, pero tiene una textura propia: convoca desde la especificidad latinoamericana sin caer en la postal ni en el exotismo. La sede de este año fue, otra vez,
The Hangar
, en Coconut Grove. Un galpón reciclado con aires tropicales, lejos del vértigo de Wynwood, pero no del radar de coleccionistas. Allí, el recorrido se dio como un diálogo íntimo, atravesado por nombres que no se repiten en las ferias mayores y obras que obligan a desacelerar. El arte aquí no se impone: se deja mirar.
Cartografía del Sur
La edición 2025 se organizó sobre tres ejes curatoriales:
Main Section
, con galerías establecidas;
RADAR
, que presentó proyectos individuales seleccionados por curadores invitados como Isabella Lenzi; y
NEXT
, donde se visibilizó el trabajo de artistas emergentes desde espacios independientes del sur latinoamericano. El guion curatorial no buscó grandes declaraciones, sino gestos sostenidos: una instalación textil del paraguayo Fredi Casco junto a una serie de fotografías intervenidas por la mexicana Alejandra Aragón; una video-instalación mapuche con registros rituales frente a pinturas matéricas brasileñas que parecen tierra seca. El Sur, aquí, no es un punto geográfico: es una condición crítica. Una manera de producir y ver. “Pinta es un lugar donde se puede pensar el arte latinoamericano más allá del mercado inmediato”, dijo Irene Gelfman, directora curatorial global, en una de las charlas de
Foro Pinta
. La frase quedó resonando entre los asistentes como un manifiesto susurrado en medio de la maquinaria del arte contemporáneo.
Entre el capital y la memoria
Los pasillos de Pinta no tienen la grandilocuencia del Centro de Convenciones de Miami Beach ni la parafernalia de otros eventos paralelos. Pero sí exhiben algo más difícil de montar: consistencia. Desde hace casi dos décadas, Pinta propone una plataforma donde artistas, curadores, fundaciones y galeristas del continente se cruzan en un espacio horizontal. No es solo una feria: es una zona de confluencia. Este año, la galería Ceibo (Argentina) presentó una instalación del boliviano Javier Rodríguez sobre migración andina y desplazamientos forzados, mientras que Galería de las Misiones (Uruguay) llevó una retrospectiva de la obra constructiva de José Pedro Costigliolo. En ambos casos, la propuesta no era confirmar identidades sino tensionarlas. Con más de 90% de las galerías participantes logrando ventas –según datos del equipo organizador–, Pinta también ratificó su peso comercial. Pero el capital circula aquí con otra lógica: no sólo por el valor de mercado, sino por su capacidad de legitimar escenas, archivar memorias, sostener trayectorias.
Lenguas del trópico
En los márgenes del evento formal, se multiplicaron las conversaciones: en la terraza, entre copas de vino blanco, curadores de Bogotá y coleccionistas de San Pablo discutían sobre el futuro del arte indígena en el mercado global. En un rincón, una editora chilena mostraba fotolibros de tirada mínima. Pinta respira por esos intersticios: donde no hay reflectores, pero sí circuitos que se tejen. La AMIA volvió a participar con su programa “Arte y Solidaridad”, en el que artistas como Nicola Costantino o Liliana Porter donan obras cuya venta financia proyectos comunitarios. En una feria donde la noción de comunidad aparece como contrapeso al discurso financiero, este gesto se vuelve más que simbólico. “Pinta es el espacio donde uno puede encontrarse con lo inesperado”, dijo Diego Costa Peuser, director de la feria. Es una frase que funciona como síntesis: Pinta no pretende ser la feria más grande, ni la más disruptiva, pero sí insiste en ser un territorio poroso, donde el arte latinoamericano no es vitrina ni folclore, sino lenguaje vivo. Pinta Miami celebrará su vigésima edición en diciembre de 2026. Según sus organizadores, ya se trabaja en una agenda ampliada con nuevas alianzas institucionales, mayor presencia de artistas del Caribe y proyectos de inteligencia artificial aplicados al archivo del arte latinoamericano.
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