“Un robot no hará daño a un ser humano… Un robot debe obedecer las órdenes… Un robot debe proteger su propia existencia… siempre que no entren en conflicto con las leyes anteriores”. Durante años, las tres leyes de la robótica de Isaac Asimov funcionaron como un elegante mecanismo literario para producir paradojas éticas. Hasta que el propio autor añadió una cláusula superior, la Ley Cero: “Un robot no debe dañar a la humanidad, o, por inacción, permitir que la humanidad sufra daño”. De golpe, lo individual quedó subordinado a una abstracción: “la humanidad” como entidad a proteger, aunque para hacerlo sea necesario sacrificar personas concretas.
Leídas hoy, en plena expansión de sistemas de inteligencia artificial y modelos algorítmicos que toman decisiones de alto impacto, esas leyes dejan de ser un juego para sonar extrañamente contemporáneas. La pregunta ya no es sólo qué pueden hacer las máquinas, sino quién define qué es “daño”, qué entendemos por “humanidad” y qué nivel de intervención estamos dispuestos a delegar en sistemas opacos que procesan datos a una escala que escapa a la intuición humana.
Ahí es donde Fundación entra en escena. Si la saga robótica trabaja el problema ético a escala de individuos y máquinas, la serie de Apple TV+ basada en la otra gran creación de Asimov desplaza el foco hacia lo civilizatorio. La psicohistoria de Hari Seldon es, en algún sentido, una versión extrema de nuestros modelos predictivos: un sistema que pretende anticipar el comportamiento de billones de personas a partir de ecuaciones y estadísticas, y que se arroga el derecho de intervenir sobre el futuro en nombre de “la humanidad”.
Creada por David S. Goyer y Josh Friedman, Fundación imagina un Imperio Galáctico que domina la galaxia desde Trántor, gobernado por una dinastía de clones del emperador Cleon: Brother Dawn, Brother Day y Brother Dusk. Este dispositivo de clones —invención de la serie, no de Asimov— vuelve visible la obsesión por la continuidad del poder: el Imperio se replica a sí mismo para evitar la incertidumbre de la sucesión. Es, también, una metáfora de sistemas que se repiten sin margen para la desviación.
Sobre este escenario aparece Hari Seldon (Jared Harris), matemático que ha desarrollado la psicohistoria: una ciencia capaz de predecir con alto grado de probabilidad la evolución de sociedades enteras. Sus modelos anuncian la caída inevitable del Imperio y una era de barbarie de milenios. Para reducirla, diseña un plan que incluye la creación de la Fundación, oficialmente dedicada a preservar el conocimiento humano. En la práctica, se trata de un instrumento para intervenir en puntos clave de la historia —las famosas “Crisis Seldon”— y reencauzar el curso de los acontecimientos.
La primera temporada se centra en la puesta en marcha de ese plan: el juicio a Seldon, su exilio forzado, la instalación de la Fundación en el planeta Terminus y las primeras fricciones con el Imperio. Allí la serie toma distancia de la estructura episódica de las novelas y construye protagonistas continuos: Gaal Dornick (Lou Llobell), joven matemática reclutada por Seldon; Salvor Hardin (Leah Harvey), guardiana de Terminus reimaginada como figura de acción; y los distintos Cleon, que permiten explorar la psicología del poder absoluto a través de las variaciones de un mismo rostro.
La segunda temporada expande el tablero. El Imperio exhibe fisuras internas, la Fundación consolida su influencia y la idea de futuro predicho comienza a encontrar resistencias. La psicohistoria, presentada al principio como una especie de ley científica infalible, muestra sus límites: aparecen fanatismos, disidencias y actores imprevisibles. Es el reverso incómodo de toda fantasía de gobernar con datos: el modelo no es el territorio.
La tercera temporada, estrenada en 2025, incorpora una figura largamente esperada por los lectores: el Mulo, mutante con capacidades psíquicas capaz de alterar la voluntad ajena. Dramáticamente, encarna la anomalía radical, ese elemento que ningún modelo estadístico puede procesar. Si Seldon representa la promesa de orden racional sobre el caos, el Mulo es la irrupción de lo irreductible: un individuo que desestabiliza toda arquitectura matemática del futuro.
Desde lo formal, Fundación se inscribe en la tradición de la ópera espacial de alto presupuesto: planetas diseñados con detalle, arquitectura monumental, batallas y rituales imperiales, todo sostenido por la música grandilocuente de Bear McCreary. No es Asimov ilustrado al pie de la letra: la serie introduce cambios de género y origen en varios personajes, suma escenas de acción y complejiza la intriga palaciega. Pero mantiene, de fondo, la pregunta que recorre la obra del autor: ¿qué sucede cuando se intenta someter la libertad y el azar a un sistema lógico perfecto?
Si las leyes de la robótica intentaban asegurar que los robots protegieran a los humanos —o a la humanidad, en el caso de la Ley Cero—, la psicohistoria de Fundación plantea un problema inverso: la tentación de que sean algunos pocos quienes decidan, en nombre de esa humanidad abstracta, qué futuros son aceptables. En tiempos de algoritmos que recomiendan, clasifican, predicen y a veces deciden, la serie funciona como advertencia discreta: delegar el caos humano en modelos matemáticos no nos exime de responsabilidad; sólo oculta quién está realmente moviendo las piezas.












