La Argentina casi nunca miró al Pacífico. Aun en presencia de fenómenos de excepcional crecimiento, como el de los llamados tigres de la región, y de la conversión capitalista de la gigantesca China, el país no mostró particular interés por estrechar los lazos comerciales con el Lejano Oriente.
Sin embargo, el panorama empezó a cambiar en los últimos diez años. Impulsados por la globalización y la necesidad de encontrar nuevos mercados, los exportadores argentinos están dando sus primeros pasos en la región.
Pero, a pesar del gran potencial que ofrecen esos mercados para un país productor de alimentos, el comercio con el Lejano Oriente continúa siendo modesto. En 1999, el intercambio con China, Taiwán y Corea del Sur apenas sumó US$ 2.560 millones, y con un fuerte balance negativo de US$ 1.088 millones para la Argentina, que básicamente les vende commodities (semillas, aceites y cueros) y les compra productos de alto valor agregado (aparatos electrónicos, relojes, autos y textiles).
Son, por cierto, muy escasas las empresas argentinas que están instaladas con filiales u oficinas en China, mientras que en los casos de Corea del Sur y Taiwán ninguna firma local se decidió todavía a convertirse en la pionera.
En sentido inverso, la relación no parece mucho más brillante. En las últimas dos décadas los inmigrantes provenientes de China, Taiwán y Corea se convirtieron en una de las mayores colectividades de extranjeros de la Argentina. Los casi 100.000 orientales que vinieron aquí para hacer la América sólo son superados en número por los que cruzaron las fronteras desde las naciones vecinas. Sin embargo, con la excepción de algunas compañías de electrodomésticos coreanas encabezadas por Samsung y Daewoo las inversiones concretadas por firmas asiáticas en la Argentina siguen siendo exiguas: no llegan a superar los US$ 150 millones.
Frente a este panorama, la visión más negativa es que la Argentina está dejando pasar la oportunidad de poner un pie en mercados que ofrecen vastas posibilidades de negocios. Aunque, como en el proverbio del vaso medio lleno o medio vacío, los más optimistas prefieren destacar que, para las empresas locales, en China, Taiwán y Corea todavía está todo por hacerse.
Saltar la Muralla
El mercado chino, con 1.250 millones de potenciales consumidores, es quizá, la pieza más codiciada del universo global. A pesar de que hace sólo ocho años el gobierno empezó a hablar de economía de mercado socialista, el mundo de los negocios chino ya es hipercompetitivo y los empresarios argentinos que se asoman a él descubren que sus colegas de Japón, Estados Unidos y Europa les llevan una gran ventaja.
Desde 1980, el PBI chino viene incrementándose a un promedio de 10% anual (en 20 años se multiplicó por 117) y, a pesar de que el ingreso per cápita continúa siendo relativamente bajo (US$ 860 anuales), se calcula que, para el 2015, China será la primera economía del mundo.
Los motores del crecimiento son el alto desarrollo del sector manufacturero, apoyado en una abundante mano de obra, y el comercio exterior. El año pasado, las exportaciones sumaron US$ 194.000 millones, lo que representó un aumento de 6,1% con respecto al año anterior. Las importaciones llegaron a US$ 165.000 millones, 18,2% más que en 1998. Japón, Taiwán y Corea del Sur son los mayores proveedores de China, mientras que entre los compradores de sus productos se destaca Estados Unidos.
Frente a estas cifras, el intercambio entre la Argentina y China exhibe una relevancia muy menor, a pesar de que registró un incremento significativo en los últimos cuatro años, al pasar de US$ 953,5 millones en 1994 a US$ 1.839 millones en 1999. Tradicionalmente el intercambio con China fue favorable para la Argentina, pero la tendencia comenzó a revertirse a partir de 1991. En 1998, la balanza comercial mostró un saldo negativo de casi US$ 493 millones, mientras que el año pasado el déficit llegó a poco más de US$ 485 millones.
Según cifras del Indec, en 1999 las exportaciones argentinas a China alcanzaron los US$ 508 millones, lo que representa un aumento de 211% con respecto a los US$ 163,2 millones de 1993. Las ventas están muy concentradas en semillas oleaginosas, alimentos para animales, grasas y aceites, que suman cerca de 75% del total exportado.
Por su parte, las importaciones argentinas procedentes de China llegaron a US$ 993,5 millones, lo que representó un incremento de 36,3% con respecto a 1993. Entre los principales productos que compra la Argentina figuran las máquinas y aparatos eléctricos, juguetes, productos químicos orgánicos y calzado.
“La Argentina y China tienen economías complementarias y el potencial del comercio es enorme”, asegura Aníbal Magadan, secretario de la Cámara de Comercio e Industria Argentina-China, la entidad que reúne a firmas de ambos países. “En rubros como tabaco, madera, minería, carne y agro-alimentos en general, hay muchas oportunidades de negocios para las empresas locales, principalmente porque entre los más de 1.200 millones de habitantes chinos, hay 200 millones con un muy buen poder adquisitivo, que modificaron su dieta y están interesados por la carne y el vino.”
Sin embargo, Magadan reconoce que una empresa argentina encontrará varios obstáculos a la hora de intentar el abordaje del mercado chino. “Para encarar cualquier negociación, hay que trabajar con las instituciones oficiales. Y a los problemas culturales se suma la barrera de la valorización del peso argentino”.
Diez pioneros
Apenas una decena de firmas argentinas se aventuró a instalarse con una filial en China. En la breve lista se destacan la metalúrgica Impsa, que construyó grúas portuarias en Shangai, la alimentaria Arcor, que está invirtiendo US$ 600.000 en el lanzamiento de una nueva línea de golosinas para el mercado oriental, Ciccone Calcográfica, integrante de un consorcio que ganó la licitación para imprimir los nuevos pasaportes chinos, y Norton, que está levantando una bodega en la ciudad de Chang Li, a 250 kilómetros de Beijing.
Pero el proyecto más ambicioso es el de Siderca. La firma del grupo Techint inició en 1978 la exportación de tubos de acero para la industria petrolera y diez años atrás puso en marcha una filial técnico-comercial en Beijing. “China tiene una importancia estratégica para Siderca: es uno de los tres principales compradores de la compañía. De hecho, hoy somos el mayor exportador argentino a ese mercado. En 1999, nuestras ventas a ese país alcanzaron US$ 40 millones”, explica Alfredo Indaco, director de Exportaciones de la compañía.
Cuando hace 22 años Siderca comenzó a operar con China, las compras de tubos de acero para la industria petrolera estaban concentradas en Min Metals, un consorcio estatal encargado de distribuir los productos. Sin embargo, los cambios que se fueron introduciendo en la economía china le permitieron a Siderca establecer relaciones en forma directa con los clientes finales. “La próxima etapa es integrar un mayor nivel de servicios, desde el puerto hasta el pozo petrolero, incluyendo la entrega just-in-time y la utilización de Internet para la consulta de pedidos y facturación”, se entusiasma Indaco.
Para potenciar las ventas de los tubos de Siderca y de las socias y controladas internacionales del grupo Techint (la italiana Dalmine, la mexicana Tamsa y la japonesa NKK), la empresa planea abrir el año próximo nuevas oficinas regionales y también tiene en carpeta un proyecto para montar un centro de distribución en la zona franca del puerto de Tianging, al noreste de Beijing. “En el mercado chino nos encontramos no sólo con los tradicionales rivales internacionales, sino también con la industria siderúrgica local, que es muy fuerte y, como todo el país, está en un proceso de continuo desarrollo”, explica Indaco.
El ejecutivo de Siderca, que visita China tres o cuatro veces al año, reconoce que el intercambio bilateral exige grandes esfuerzos que van más allá de las casi 30 horas de viaje en avión. “Los chinos son negociadores hábiles, y muy duros. Mi primer consejo para cualquier argentino que quiera cerrar una operación en el país es que se arme de mucha paciencia y esté dispuesto a mantener largas negociaciones. A diferencia de los mercados occidentales, donde alcanza con tener un buen producto, en China las relaciones personales son muy importantes y rinden sus frutos”, asegura Indaco.
Exportaciones on-line
Otro de los que se atrevió a probar suerte en las antípodas, aunque sin contar con el respaldo de un gigante como Techint, es Dante Quinterno, hijo del creador de las historietas de Patoruzú. Su empresa, Internet Argentina, acaba de cerrar un acuerdo con Radio Internacional de China (RIC), el multimedio estatal de la República Popular, para inaugurar el primer puente virtual destinado a validar las operaciones de e-commerce de productos agroindustriales entre compañías de ambos países.
Quinterno confía en que el proyecto permitirá duplicar las exportaciones locales de productos agroindustriales. “Hoy, la Argentina exporta a China US$ 510 millones, fundamentalmente en granos y aceites, y creemos que en el mediano plazo se puede duplicar la cifra, a través de esta herramienta que permitirá a los productores locales colocar sus cosechas o agruparse para satisfacer los grandes volúmenes que requiere el mercado chino”, vaticina.
Fundada en 1941, Radio Internacional de China es la empresa de capital estatal que prácticamente monopoliza las operaciones de radio, televisión e Internet en el país. Es, además, uno de los tres mayores multimedios del mundo. “Hace bastante tiempo veníamos asesorándolos en Internet y, desde hace cuatro años, viajamos cada tres meses a Beijing. Trabajar en este país es una tarea de largo aliento. El toco y me voy no funciona; se necesitan dos o tres años de conversaciones para cerrar un negocio”, advierte Quinterno.
El mercado de las telecomunicaciones es uno de los que ofrece mayor potencial de crecimiento en China. En la actualidad, de los 1.250 millones de habitantes, apenas 39 millones tienen teléfono celular y 17 millones son usuarios de Internet, aunque para el 2002 se espera que esta última cifra se quintuplique. “La transición del socialismo al capitalismo en China fue mucho más ordenada que en la Unión Soviética. Pero las compañías privatizadas requieren asesoramiento tecnológico, software y logística, con lo que se abre un mercado impresionante para la Argentina”, señala Quinterno.
